El Debate, versión taurina

Al igual que usted –probablemente–, yo también he visto el Debate. Lo encabezo con mayúscula por no desairar a un emporio de Comunicación audiovisual que lo adjetivó de decisivo y sacó a la calle todo el arsenal de que dispone, en lo tocante a medios técnicos y humanos, para poner en antena un magacín, un largometraje o un telemaratón capaz de generar la atención de millones de personas y de rentarle un apetitoso share, que en el fondo es de lo que se trata. Atresmedia lo habrá logrado, sin duda; para lo cual, tampoco dudó en organizar un pifostio espectacular que comenzó dos horas antes de la prevista para la salida a la arena de los cuatro protagonistas y debió terminar bien entrada la madrugada, dependiendo de la marcha del dichoso share.

Digo salida a la arena, porque aquí, el que suscribe, ayer, a eso de las ocho de la tarde, tuvo la ocurrencia de juguetear con ese diabólico utensilio casero que tiene la potestad de pasearse por los distintos canales de televisión –el bien llamado mando—y se dio de bruces con las fanfarrias que anunciaban la salida de sus respectivos puntos de partida de los susodichos intervinientes en el titulado Debate decisivo. Aquello me recordó –con perdón– la previa de la retransmisión de una corrida de toros, como las que pusimos en antena en la primera época de Vía Digital, llevando a la pantalla del televisor las ferias taurinas más importantes del mundo, y se me ocurrió colocar cámaras a la puerta de los hoteles para fisgar la salida de los toreros hacia la Plaza.

En una época no muy lejana, las empresas taurinas organizaban corridas de cuatro matadores con relativa frecuencia. Se trataba con ello de dar entrada a los toreros que reclamaba la afición del lugar y no tenían fuerza suficiente para formar terna por sí mismos. Trasladado a la escena política, algo parecido ocurre ahora con dos partidos políticos tradicionales y otros dos emergentes, por lo cual, alguien ha tenido la feliz idea de llevar a sus representantes al palenque de Atresmedia y montar un cartel de cuatro, cuando lo tradicional en anteriores tesituras era un mano a mano.

Ahí estaban, pues, los cuatro primeros espadas que, supuestamente, reclama la afición de este país, todavía llamado España. Supuestamente, porque el más preclaro de ellos, el que está ahora mismo a la cabeza del gobierno de la nación, presentó un parte facultativo, que es el artilugio que emplean algunos toreros cuando se quitan de en medio si las circunstancias se enrarecen a última hora. Y –como hacían las grandes figuras del toreo de antaño—fue él mismo quien designó al sustituto.

Tal como se presentaba el espectáculo, aquello era lo más parecido a la Corrida del Siglo, esa que se anuncia tropecientas veces a lo largo de un mismo siglo. Salía Pablo Iglesias con su peón de confianza, Errejón, se acomodaban en el automóvil y se veía que no les llegaba la camisa al cuello, ni el cinturón de seguridad al cuerpo, porque se olvidaron de colocárselo, hasta que los avisadores de telefonía les advirtieron de la flagrante infracción, penada con multa y retirada de puntos (votos). Salía Albert Rivera y se metía en un lujoso monovolumen, en cuyo interior cabía toda la cuadrilla de subalternos y algún que otro advenedizo, además del apoderado, que siempre va colocado adelante, junto al matador. Ahí van, uno tras otro, Rivera e Iglesias, sonrientes y confiados. ¿Coincidirían en algún semáforo?

Salía Soraya Sáenz de Santamaría –la que toreaba cubriendo el hueco de Rajoy, convaleciente en Doñana— no menos sonriente, junto a la gente de su confianza, muy bien maquillada y, por lo que se desprendía del gesto, muy mentalizada con su papel en la confrontación que tenía por delante. Y, en fin, salía Pedro Sánchez con su señora esposa y se sentaban en el asiento de atrás del coche, haciendo manitas de cuando en vez. Era una estampa llena de ternura a la americana.

Todos ellos, los cuatro, eran actores de urgencia que representaban un papel bien estudiado. Se veía que estaban más pendientes de la cámara de lápiz que les vigilaba que de la densidad del tráfico o de las intenciones del toro que habrían de lidiar. Una ficción, un espectáculo en el que solo faltó la emisión sonora de las conversaciones íntimas que se desarrollaban en aquél habitáculo rodante, lo cual hubiera sido el culmen –y el colmo—de la indiscreción. ¿Apuestan algo a que alguien en Atresmedia lo propuso?

El caso es que a la hora de la verdad, cuando llegó el momento de ponerse delante del toro de la acreditada ganadería del Debate Decisivo, aquél festejo envuelto en fanfarrias de todo tipo, donde no faltaron grupos de holigans que abucheaban a los contrincantes de su torero dilecto, ni la anécdota del marginado que pedía una oportunidad a las puertas de la Plaza, vino a mostrar bien a las claras las cualidades y calidades de cada cual, es decir, el concepto de la lidia, el estilo, los conocimientos, el valor, el arte, la técnica y todo lo que hay que tener para triunfar en el empeño, sin que te coja el toro.

Visto con el prisma estrictamente taurino, se diría que Soraya demostró estar más vaqueteada, más toreada –es una expresión del lenguaje común entre profesionales de este mudillo–, en definitiva, más puesta que sus compañeros de cartel. Levantaba la muleta cuando el toro de las réplicas se le venía al suelo, o bajaba la mano cuando había que someter embestidas violentas y agresivas. Cumplió sobradamente y no se notó la ausencia del titular, salvo precisamente en eso: su ausencia. Sánchez, que llegaba a este encuentro con el gravamen de una situación nada favorable en el escalafón de las encuestas, se encontró con que sus contrincantes le atacaban por todos los flancos, por la derecha y por la izquierda y se notó que le habían encargado que no dejara de sonreir en todo momento –¡dientes, dientes!, que decía la Pantoja--, pero, ¿habrá algo más falso que una sonrisa forzada? Pues bien, Sánchez desplegó con la mejor voluntad todo su repertorio y sonrió durante dos horas más que Antonio Bienvenida en toda su larga carrera taurina. Rivera fue, de los cuatro, quien más exteriorizó la inquietud y la zozobra que le provocaba una situación tan cargada de responsabilidad, que es lo mínimo que le puede ocurrir a quien debuta en la Corrida del Siglo; pero podría decirse que solventó la papeleta con dignidad, salvo cuando hizo un zafio desplante –desempolvado de la vieja tauromaquia del recurso para la galería–, al recriminar la ausencia del teórico titular del cartel que empañó las buenas maneras con que manejó los utensilios de torear, libres de resabios o revanchas. Entre tanto, Iglesias fue el típico alevín al que le puede pegar volteretas el toro de la política, pero le importan un bledo. Es bullidor, osado, insolente y verborreico. Se mete entre los cuernos como un kamikace y comete errores de bulto tremendos –dos de ellos, de una ignorancia antológica–, pero se queda tan pancho, tan fresco, vuelve a la cara del toro sonriente y mira al tendido, donde los de la solanera le aplauden a rabiar. Es el clásico jovenzuelo vivalavirgen, rompedor, trasgresor, heterodoxo, que practica una tauromaquia empírica en la cual, curiosamente, lo que peor maneja es la mano izquierda.

Las conclusiones que se derivan de este espectáculo que puso en antena una empresa de Comunicación audiovisual inducen a creer que su principal objetivo no era ofrecer a España la visión que de su organización política, social y económica tienen quienes aspiran a gobernarla, sino aprovechar la legítima ambición por acaparar el poder que tienen cada uno de ellos para montar una monumental algarada, capaz de mantener en vilo a la gente ante el televisor y acaparar la audiencia de la jornada con espacios previos y posteriores al asunto nuclear –el debate—, el que de verdad debiera interesar. Cuánta gente lo vio y donde sucedió aquello, era lo importante. Lo que dijeran los susodichos espadas, lo de menos. Por cierto, se vio claro que todos ellos conocían en buena parte por donde les iban a embestir los toros del temario a desarrollar. Llevaban, por tanto, la faena hecha de casa.

A todo esto, ¿cómo puede afectar a la fiesta de los toros el muy próximo resultado electoral? De los cuatro aspirantes de ayer, dos –adivinen cuales– no están por la labor de apoyarla, al contrario, ya la están torpedeando, a diferente escala, por mucho que ahora –en este tramo decisivo de captación del voto– se empeñen en hacer juegos malabares con las palabras y los conceptos cuando tienen que abordar tan, para ellos, espinoso tema.

Por esto, y por otras muchas cosas, el circo audiovisual del Debate decisivo se presentó como una corrida envuelta en un desmesurado boato, digno del sálvame de luxe de rigor, montada sobre un aluvión de ingredientes recargados con la picazón de la frivolidad, como guarnición del plato principal, el democrático intercambio de las ideas, que era la parte seria. Me pareció una charlotada.