Ahora viene cuando la matan

Ramón Valencia, vela armas. O sea, que está preparado e ilusionado, pero inquieto y expectante; como debían estarlo aquellos donceles de la vieja Edad Media que iban a ser armados caballeros en la torre del homenaje de la fortaleza, por lo cual, la noche antes no perdían de vista las armas de la investidura, por si acaso, por si alguien hacía con ellas cualquier barrabasada. Y la pasaban en vela. La noche, digo.

La fortaleza de Ramón Valencia es, ahora mismo, la Maestranza de Sevilla. Se ha quedado solo, no ante el peligro, sino ante la nueva expectativa que ha derivado la previsible recogida de velas del llamado G-5, tras dos años de un apartamiento tan incongruente como innecesario, pasado el cual, tabla rasa, pelillos a la mar.

Ahora viene cuando la matan. El reparto de puestos y su acoplamiento en los carteles de la próxima Feria de Abril de Sevilla para los cinco nombres –cuatro, porque Manzanares ya se redimió este año—en los quince días previstos del ciclo de primavera, a más de los dos o tres carteles del San Miguel de septiembre, la fecha de relumbrón que inicia la temporada –domingo de Resurrección– y la novedad de la repesca de la fecha del Corpus, que antaño fue corrida de tronío.

Para aquellos que desconozcan el sistema que se emplea en las contrataciones de toreros en las dos Plazas de máxima categoría –Madrid y Sevilla, exclusivamente—diré que la ronda de contactos comienza en función de las prioridades que la empresa considera inmutables, lo que en tenis se llama cabezas de serie, esto es, los nombres que tienen mayor tirón en las taquillas de Las Ventas o La Maestranza.

En el caso que nos ocupa, Ramón Valencia lo tiene muy claro: Morante, primero. Habrá quien considere a otros toreros de palmaria magnificencia con méritos bastantes para pedir la vez antes que Morante, pero se equivocan. El anterior empresario de esta Plaza de Sevilla, Diodoro Canorea, no firmaba un contrato hasta que no tenía a Curro Romero en la talega de los carteles. Cinco tardes, le llegó a contratar. Y Sevilla –su afición–, encantada; porque Sevilla, como Madrid, siempre ha tenido sus preferencias, sus toreros consentidos, como dirían en México.

Pues, bien, parece que José Antonio Morante Camacho también tiene a Sevilla y a su santuario taurino como bien patrimonial irrenunciable y ya ha entrado en conversaciones con Valencia (Ramón) para figurar como eje del abono de la próxima temporada. Acierto.

A partir de ahí, la operación de encaje de todos los que son es un verdadero jeroglífico. Hay que tener talento y talante para sopesar exigencias, esgrimir evidencias y afrontar consecuencias. En este enrevesado mundo del cuerno y el trapo, no conozco feria taurina de la envergadura y el prestigio de la sevillana en la que, de entre todos los que son, no haya elementos que se sientan agraviados. ¡Ni les cuento los que no están, que son legión!

En cualquier caso, habrá que llamar la atención sobre la trascendencia que puede tener la Feria de Abril del próximo año. Si, como se barrunta, acoge a los anteriores disidentes y se forman carteles de gran impacto, que llenen los tendidos cada tarde, la fiesta de los toros habrá comenzado una remontada tan excepcional como imprescindible, en esta época de acoso y derribo que atraviesa, con la parálisis de la Administración Pública –o su trabajo a la contra, que es peor—y de los propios estamentos taurinos, que no acaban de dar forma a esa Fundación que pretende convertirse en el Bálsamo de Fierabrás que imploraba don Quijote, quien, como es sabido, era un orate bien ingenioso.

Si Ramón Valencia logra el consenso de esta patulea de partidos y partidarios que se le echarán de bruces sobre la mesa de negociaciones y saca a la luz una feria taurina de irresistible atractivo, habrá logrado un paso de gigante para dar un gran impulso a esta Fiesta nuestra, tan masacrada, tan humillada últimamente; y también habrá callado algunas bocas que con tanta irritabilidad como sectarismo se manifestaron en su contra cuando estalló el susodicho conflicto. ¡Claro que el empresario taurino debe ofrecer los mejores carteles a la clientela!, pero si para ello debe despeñar su economía y una palmatoria cuenta de resultados sería un tipo simpático, irreflexivo, bohemio y buenagente, pero un pésimo empresario. De estos hubo –y hay—alguno circulando por el mundo.

Quienes me leen, saben que soy refractario a meterme en la camisa de once varas de los dineros que se mueven en cualquier tipo de transacciones. Solo me interesa lo que ocurre en el ruedo cuando el toro está presente. Pero, en este caso, me creo en la obligación de hacer un breve apunte sobre las especiales condiciones de gestión que tiene la Maestranza de Sevilla, con una renta del casero –el cuerpo de Maestrantes, propietarios del inmueble– extremadamente onerosa y una percepción por derechos de televisión que no suelen llegar ¡ni a la mitad! –y mira que lo sé bien—de lo que aportaban hace veinte años.

Si los toreros, las grandes figuras, desconocen –o se empeñan en desconocer—estas cosas y mantienen una inflexibilidad en sus pretensiones, Ramón Valencia, aún con Morante y Manzanares bien atados, lo tendrá difícil. Porque a la cosa del maldito parné hay que sumar otra también dura de pelar, que es la composición de ganaderías y compañeros en los carteles. Todos querrán apuntarse a las tres o cuatro ganaderías que, supuestamente, ofrecen más y mejores garantías. Error.

Lo ideal sería que en los carteles de la próxima Feria de Abril de Sevilla estuvieran todos los díscolos, pero que alguno de ellos se apuntara a ganaderías llamadas toristas, que todos sabemos cuales son. El Juli, ya lo hizo con la de Miura, aunque las circunstancias le impidieran comparecer. Y, también, que le dieran cancha a las revelaciones de la temporada anterior –Urdiales, López Simón, Fortes, etc…–, entreverando los carteles más codiciados.

Quizá sea mucho pedir, pero conozco bien a Ramón y confío en su capacidad negociadora, de empresario, no taurino, de toda la vida. Si la otra parte contratante se aviene a razones y todos, todos, todos, arriman el hombro, dejándose cada cual su parte alícuota de pretensiones, sean estas cuales fueren, las consecuencias pueden ser extraordinariamente positivas.

No obstante, los enemigos de Ramón Valencia no cejarán en sus diatribas, porque este es un mundillo donde la iniquidad no descansa. ¡Ay, los enemigos! Los enemigos comienzan a fluir en cuanto asomas la cabeza de triunfador, cualesquiera que sea el oficio que desempeñes ¿Quién no tiene enemigos? Históricamente, en España, parece que solo hubo un tipo popular, triunfador y poderoso que reconoció su absoluta carencia de tan incómoda como lesiva oposición. Se cuenta que su confesor le exhortó a que perdonara a sus enemigos, a lo que el confesante respondió: Yo no tengo enemigos; los he fusilado a todos. Era el general Ramón María Narváez, conocido como El Espadón de Loja, por su propensión al gatillo y al mandoble.

Por cierto, y a modo de digresión final: Narváez lleva un porrón de años con una calle a su nombre en pleno barrio del Retiro de Madrid ¡Como se entere Carmena!