Que se sepa

Desde Bruselas, en el muy activo grupo antitaurino, insisten: hay que cerrar el grifo a las subvenciones que recibe una parte específica del vacuno que se destina a ganado de lidia. No es nueva la cuestión, pero en este caso es una carga de profundidad preocupante, porque va dirigida con la línea de flotación de un sector que está atravesando la crisis más larga –y de mayor tamaño—de su historia.

Estas cosas, las relativas a quitar el dinero a la gente del toro, no crean que son recibidas con disgusto y preocupación por los aficionados. Antes al contrario, todo lo que sea arrear estopa a lo que se conoce con el nombre genérico y peyorativo de taurinos, es bocatto di cardinali para el que se pasa por taquilla, sobre todo en lo referente a los salarios. En este mundillo, hay pocas cosas que experimenten mayor indignación que conocer lo que gana Fulano y Zutano por corrida. Me suelen preguntar con cierta frecuencia, ¿cuánto cobra este torero por corrida?, o bien ¿cuánto cobra un ganadero por vender sus toros? ¡Y yo qué sé!, suelo responder, más que nada porque, en efecto, desconozco –y me interesan muy poco– tales montantes; pero basta que los toreros de mayor renombre tengan una tarde desafortunada, para que los encolerizados espectadores les monten un pollo de tres pares, en la mayoría de los casos un pollo no fundamentado en su impericia o impotencia, sino en la carestía del boleto. Es fama que a Manolete, en sus escasas tardes de infortunio, le mostraban el feble papelito de la entrada, gritándole a voz en cuello: ¡Mira, ladrón, cinco pesetas me ha costado venir a verte! ¿Se imaginan, ahora, a algún espectador agitando sus entradas en un campo de fútbol porque el delantero centro ha fallado un gol cantado o el portero ha cantado en aquél gol? Alguien ha hecho este tipo de exhibiciones en las gradas de un circuito de motos y de Fórmula I, pongo por caso? Pues en los toros, sí.

Hay que reconocer, no obstante, que en tales tesituras son los toreros quienes ofician de diana preferida. A fuer de sinceros, los ganaderos, no tanto. Como he comentado en numerosas ocasiones, los ganaderos se van de rositas la mayoría de las veces que pegan un petardo. Ocurre, sin embargo, que esta es la hora de hacer una reflexión sobre el panorama que asoma por allá arriba, por la parte de Bruselas, donde los gerifaltes de la UE llevan años dando la barrila en su arriscado empeño por despeñar a la tauromaquia. ¿Cómo, pues? Lo tienen fácil: disparando contra la bolsa de las ayudas al ganado que repercuten al ganado de lidia.

Se acaba de producir un caso que debe preocupar hondamente a todos los aficionados: el Grupo llamado Los Verdes ha presentado una enmienda –la enésima—solicitando que se no se utilicen los créditos que legalmente autoriza la PAC (Política Agraria Común) para apoyar la cría de vacuno si los toros son destinados a las actividades de la tauromaquia.

Hay que apresurarse a aclarar dos cuestiones, una mala y otra buena. La mala es que la propuesta ha sido apoyada de forma abrumadora (438 votos a favor, contra 199 en contra y 55 abstenciones), y la buena que tal enmienda será rechazada por el Consejo de Ministros de Agricultura de la UE, ya que, al parecer, es de una inaplicabilidad palmaria, puesto que estos fondos no disciernen el tipo de actividad ganadera que cada explotación lleva a cabo.

Hay otra noticia peor: nuestros parlamentarios no nos han echado una mano, precisamente. El diario ABC pone nombres y apellidos, desvelando que los socialistas Ramón Jáuregui y Javier López, el parlamentario de Unió Democrática Ignacio Gambus, los de UPyD y Ciudadanos Beatriz Becerra, Fernando Maura y Javier Nart y, por supuesto, todos los de Podemos e IU en bloque, han apoyado la moción antitaurina. Sépanlo.

A tenor de lo arriba expresado, parece ser que Bruselas ya se ha manifestado acerca de la imposibilidad de que este asunto salga adelante. Pero la facción que va en contra de los toros ha quedado retratada. Que se sepa. Y que se sepa, también, que los partidos a que pertenecen han tenido que prestar su connivencia, aunque en el caso de la izquierda extrema se da por supuesto. Pero en el de los demás, ¿en base a qué? ¿Libertad de expresión? ¿Libertad de voto? Si así fuere, que no figuren las siglas del partido al que pertenecen. No nos vendan más burras.

Nuestros ganaderos de bravo están de capa caída. La cría del ganado de lidia es ruinosa se desgaja por antieconómica y desmesurada. La demanda es muy inferior a la oferta y esto hace que los precios se desplomen. El ganadero hace ya muchos, muchos años que dejó de ser un rico hacendado y rumboso. En la actualidad, el noventa por ciento (o más) alampan como pueden porque la ruina no sea inminente, o, como decía, mi abuela, están a tres menos cuartillo. Les diré algo que los escépticos pueden tomar a chacota: Juan Pedro Domecq echa cuentas y apenas sale comido por servido (se lo aseguro) y Victorino Martín está en eso de llevar gente a la finca por 30 euros para sufragar gastos. Quizá hagan negocio Domingo Hernández, Cuvillo o Matilla, pero el resto…

Si no fuera porque la PAC suelta un subsidio confortante, el número de hierros ganaderos de bravo que desaparecerían o se venderían a la rebatiña sería catastrófico. Catastrófico, sobre todo, porque hubieran desaparecido sin dejar rastro varios de nuestros encastes más emblemáticos. El de Concha y Sierra, por ejemplo, ha emigrado a Francia. Los que van quedando se sostienen gracias al cupo que reciben de la Unión Europea, a pesar de los cuantiosos gastos que suponen los saneamientos que desde allí se imponen.

Votar a favor de que se supriman estas ayudas económicas no solo es votar contra la Tauromaquia, sino, también, votar contra la sostenibilidad de una riqueza racial, única y nuestra y, por ende, contra la supervivencia de la dehesa mediterránea, que también es cosa de aquí. ¿No sería, pues, un atentado, precisamente ecológico?

Pues esto es lo que han apoyado algunos de nuestros representantes en Europa que militan en partidos políticos bien significativos.

Que se sepa, también.