Los Murcianos se tocan

 

Hace trece años, en la feria de San Isidro de Madrid, salió al ruedo de Las Ventas un toro excepcional. Un toro de bandera, paradigma de la bravura, la casta, el poder, el empuje, la pelea incansable en los tres tercios de la lidia. Un toro de indulto que la afición de Madrid, tan prejuiciosa ella, mandó a los garfios del desolladero, invocando estrafalarios rigores. Le dieron la vuelta al ruedo en el arrastre, es verdad, pero lo mataron, y aquí al firmante, aquella tarde le entraron ganas de llorar. Probablemente, su matador, Luis Miguel Encabo, encontraría entonces múltiples lunares a tan bravísimo comportamiento, pero quiero creer que después, en frío, habrá repasado visualmente la efeméride y hecho el oportuno examen de conciencia. Aquél toro superó con creces las virtudes del famoso Belador, indultado por Ortega Cano en el 82, un toro encastado, de gran fijeza, aunque de embestidas abruptas y cambiantes. Pero en aquél tiempo Victorino Martín estaba de moda, todavía disfrutando de los ecos de la llamada Corrida del Siglo, y la afición de Madrid, tan pacata ella, quiso elevarlo a los altares. Nada que ver tuvo Belador con Murciano, que así se llamaba el toro injustamente ajusticiado, porque en Madrid, en este momento, tal como están las cosas, hay dos hechos que se antojan imposibles: conceder el indulto a un toro y los máximos trofeos –o sea, el rabo del toro-- al torero que protagonice una actuación excepcional.

Ayer, a última hora, salió por la puerta de chiqueros un toro de encaste albaserrada de nombre Murciano, con el hierro de Adolfo Martín y no pude por menos de acordarme de aquél ejemplar excepcional. Vaya por delante: entre este Murciano de Adolfo y el Murciano de su primo Victorino media un abismo. Nada que ver. Pero no deja de ser chocante que el Murciano de hoy le correspondiera en suerte a un murciano de cuna, el torero Paco Ureña. Con la mente desovillando el recuerdo, se me ocurrió que bien podrían encontrarse ambos, toro y torero, para protagonizar una tarde para la historia de la Plaza. Si Los Extrememos se tocan es una obra teatral de Muñoz Seca que alcanzó lisonjero éxito en los escenarios españoles, ¿Por qué los murcianos que se tocan no pueden protagonizar una tarde de toros inolvidable?

Los Murcianos se tocaron, en efecto, ayer en Madrid. Primero, se tocaron a las doce de la mañana y, después se vieron las caras en el ruedo, cuando tarde grisácea y fresquita iba declinando. Y es que tengo para mí –lo he referido en múltiples ocasiones-- que también los toros han de tener suerte en el sorteo. Ayer, el Murciano de Adolfo Martín la tuvo al salir su número en la papeleta de Paco Ureña.

Negro entrepelado el toro, bien armado, con sus 545 kilos de peso bien repartidos en su lustrosa anatomía, Murciano comenzó punteando el capote del matador, tomó dos puyazos sin demasiada entrega y cortó escandalosamente por el pitón izquierdo en banderillas. En la faena de muleta tardó un mundo en definirse, aunque es bien cierto que tomaba la tela con gesto humillado, aunque el viaje, de pronto tornóse desconcertante por los rebañones que regalaba a las salidas de las suertes, en una de las cuales se echó a los lomos al torero. Pero hete aquí que este Paco Ureña ni se desconcertó ni se amilanó; antes al contrario, tomó definitivamente cartas en el asunto y asentó la suela de las zapatillas en la arena, irguió la figura, bajó la mano y desaceleró su corazón tanto, tanto, como aceleró el de los aficionados. Cuando los toreros toman la decisión de ponerse ahí y no quitarse, de imponer el ritmo de los pases y adueñarse del terreno, una de dos, o el toro los manda al hule o se entregan sin remisión. Todo depende del fondo de bravura que atesore el animal. Este Murciano de ayer tenía buen fondo y, sin duda, agradeció la arrogancia de Ureña, regalándole, una docena de embestidas templadas, de hocico por abajo y con la dimensión suficiente para que los ¡oles! del público se convirtieran en ¡ooooooles! prolongados. El faenón de Paco Ureña no fue más allá de esos doce muletazos, todos ellos ejecutados enfrontilado con el toro y algunos completamente de frente. Pero la felicidad en el toreo –como en la vida— raramente se presenta en plenitud. Ureña pinchó, y después clavó una horrorosa estocada envainada que asomaba más de la mitad del estoque por entre el pescuezo y el costillar. La magnífica estocada llegó tarde, y llegar tarde en tarde como esa, no tiene perdón de Dios. Los Murcianos se tocaron, es verdad; pero el gordo de la lotería se lo quedó la Administración de Las Ventas.

El resto de la corrida se resume en los esfuerzos ímprobos de Rafaelillo y Robleño por solventar las duras papeletas que presentaron sus primeros toros, dos verdaderos regalitos, por descastados y aviesos, y algo más confortantes las de los segundos de sus respectivos lotes, el de Rafael, un cinqueño paliabierto que apuntó cierta docilidad antes de darse a la caza y captura del torero y el de Fernando, largo y muy serio, que embistió como un tren al principio y acabó sosaina, dócil y místico en la muleta.

Por delante, jugado en tercer lugar, apareció en el ruedo un toro impresentable para un escenario de máxima categoría: un toro de cuernos de lira, exageradamente cornipaso, de los que repudian las comisiones de los pueblos para correr por las calles. Un adefesio, con mis respetos para el criador. Y es que el criador, precisamente, sabe bien que estos toros estrafalarios dan el pego en algunos sectores del tendido, aunque en esta ocasión no en el habitual. En efecto, algunos grupos de espectadores desorientados dedicaron una ovación a un toro palurdo, que parecía haber sido embarcado en las marismas de la Camarga francesa. No obstante, hay que reconocer –y anotar—que el toro embistió enrazado de salida y Ureña le sopló un haz de verónicas de admirable ajuste y excelente remate. Después el de los cuernos torcidos redujo la longitud del viaje, escatimando al menos dos trancos, lo cual enmarañó los pases y echó por tierra la palmaria decisión del torero, al que por cierto propinó una seria voltereta.

En cualquier caso, quién nos iba a decir al arrastre del quinto toro –- ¡qué plomo de tarde!...-- que el bombo de la lotería del toreo había reservado el premio gordo para el último tramo de la corrida. Se tocaron dos Murcianos. ¡Qué suerte, tú!...

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de Otoño. Cuarta de feria. Ganadería: Adolfo Martín: Corrida desigualmente presentada, con algunos toros, como el tercero, impropios de una Plaza de esta categoría; por lo demás, los “adolfos” presentaron muchas dificultades, escatimando y recortando las embestidas. El quinto humilló y se movió con una docilidad rayana en la sosería y el sexto fue, con mucho, el mejor de la corrida: toro que aguantó bien el castigo en varas y llegó al último tercio con viaje franco, siempre que lo llevaran bien toreado. Espadas: Rafael Rubio, “Rafaelillo” (de azul noche y oro), pinchazo y estoconazo contrario (Gran ovación) y pinchazo y estocada (Ovación); Fernando Robleño (de blanco y plata con remates negros), pinchazo y estocada desprendida (Silencio) y estocada caída (Silencio) y Paco Ureña (de salmón y oro), pinchazo recibiendo y estocada (Ovación) y pinchazo, estocada envainada que asoma y gran estocada (Aviso y vuelta). Entrada: Más de tres cuartos. Cuadrillas: Destacaron picando Pedro Iturralde y Francisco Javier González, en la brega Álvaro Oliver y Raúl Ruiz, y Jesús Romero con las banderillas. Incidencias: Paco Ureña fue violteado por el tercer toro, sufriendo contusiones en antebrazo y muñeca que no le impidieron continuar la lidia. Tarde gris, con amenaza de lluvia y ligero viento.