El Caballero de la Blanca Casaca

Una de las cosas más gratificantes que le pueden suceder al torero es que se siga hablando de él en la corrida del día siguiente. Así ocurrió en la tarde de ayer, tercera de la feria de Otoño de Madrid, cuya Plaza de Las Ventas era un hervidero de comentarios acerca de López Simón, el torero que abrió su Puerta Grande por tercera vez en lo que va de año, pero con las carnes también recién abiertas por el pitón de un toro. Insólito, sin duda. Salir a torear con un agujero importante en el cuerpo, con una herida que no dejó de sangrar por dentro –con el peligro que debe suponer tamaña temeridad—mientras se pasaba a los toros por delante de los muslos y lo zarandeaban decenas de personas en la procesión final, está fuera de cualquier canon de toda disciplina artística. De los hombros de los costaleros que lo procesionaban, a la mesa del quirófano en un santiamén. De eso se hablaba antes y gran parte del durante de la corrida. Es el mejor termómetro de la trascendencia de su hazaña. Un caso, este López Simón. Menos mal que las circunstancias –y la severa autoridad de los cirujanos—le dejaron en la cama, bien operado, con la herida drenando y los terminales nerviosos bien controlados. Y ayer no toreó, por supuesto.

La urgencia en la sustitución propició –precipitó, más bien—la alternativa de su íntimo amigo y compañero Gonzalo Caballero. Otro que tal. ¡Vaya redaños que tiene el amigo! Ni se altera, ni se escabulle ni encuentra otro motivo más eficaz para lograr el triunfo que arrimarse al toro sin pestañear. Y mira que se lo puso difícil el de la ceremonia, un galafate próximo a cumplir la edad –seis años-- de pasar directamente al matadero, largo como un tren y alto como un autobús de dos pisos. El vellosino de marras se llamaba Cerillero I, pero les puedo asegurar que no guardaba en su cabás más que fósforos mojados. Salió el toro frío, corretón a veces, mansón las más, apretando en las entradas al caballo y saliendo de naja después. A la muleta llegó sin la menor entrega, pero… ahí está este Caballero del terno blanquísimo, parco en ademanes, equilibrado de cabeza, con un valor seco, no fingido. Auténtico. No se pude estar más centrado, ni más torero, que como este chaparrito de Madrid estuvo. Impecable su pelea sin aspavientos ante el cornudo grandullón, al que pasó de muleta con temple y armonía. No era toro de triunfo, era toro de apurar al máximo sin descomponer la figura. Y eso fue lo que hizo Gonzalo Caballero: sacar el mayor partido de un galafate ojo de perdiz que dejó buena parte de su pelambre colorada entre las lentejuelas de plata de la chupa y la taleguilla. Las bernadinas finales, de infarto. Lástima que pinchara antes de la estocada y el amorcillamiento del animal le obligara a descabellar. Descabellado, también, enviar un aviso cuando un toro está moribundo y el finiquito se anuncia inminente. El tema de los avisos, es otra cuestión que urge revisar.

El sexto fue el mejor toro de la corrida. Mejor por que fue el más bravo y el más noble, pero también el más flojo. Gonzalo mostró aquí su veta más artística, enjaretando un haz de verónicas embraguetado, suelto de brazos y ligero de muñecas. Cinco lances apretados, de mentón en la pañoleta, tripita arqueada hacia fuera, muslos tensados, cintura quebrada y zapatillas clavadas en la arena. Y en tanto, el capote moviéndose con un bamboleo sensual, magnífico. Lo mejor de la corrida llevó el broche de una media verónica con las dos rodillas en tierra. Si le llega a aguantar el toro en la faena de muleta, le forma una zapatiesta; pero el vellosino se iba al suelo en cuanto los flecos de franela barrían la arena… ¡adiós triunfo grande! Las manoletinas finales no fueron sino un broche de urgencia para evitar que el favor del público fuera declinando, y la estocada, espléndida, cobrada al segundo intento. A pesar de todo, a pesar del run-run que su querido amigo Alberto López Simón había dejado en el ambiente, este Caballero de la Blanca Casaca bien pudiera ser el epígono del de la Blanca Luna que entrara en combate con el Alonso Quijano –versión taurina-- de nuestro tiempo. Un tiempo nuevo, el de la regeneración. He aquí un elemento de gran valor –en el más amplio sentido de la palabra-- a tener en cuenta: Se llama Gonzalo; ayer en Madrid, el Caballero de la Blanca Casaca.

Del resto de la corrida merece destacarse el indomable afán de triunfo de un veterano y excelente matador de toros: Eugenio de Mora. Si del toricantano de ayer se dice que tiene la yerba en la boca, podría decirse también que el de Mora de Toledo la está regurgitando. Le sacó muletazos de gran mérito al toro reservón jugado en tercer lugar, en una labor que precisa oficio, valor, ciencia y paciencia. Y buen arte, qué caramba. Todo eso lo mostró Eugenio con creces. Un pero: se alivió con la espada. Sin embargo, echó las rodillas al suelo para iniciar la faena al quinto, un toro grandón, casi cinqueño, que fue bronco y huidizo, arreando en banderillas de tal forma, que puso en fuga a Víctor Cañas en varias ocasiones. Eugenio de Mora, sin demora, le plantó cara, domeñó la aspereza y hasta sacó muletazos de bella composición, especialmente los pases de pecho. Otro que está en período de rehabilitación.

De Uceda Leal no cabe sino repetir lo que en tantas ocasiones: sabe torear, tiene una planta deslumbrante y es un cañón con la espada. Y hasta aquí puedo leer. Su primer toro, muy terciado, fue protestado, pero se empleó bravamente, siempre y cuando no se le forzara a humillar, porque entonces claudicaba, y el cuarto hizo una exhibición de cansina y distraída nobleza. O sea, un si es no es. Nada.

Un apunte postrero: mediada la corrida irrumpieron en el callejón un grupo de varones con rasgos orientales, armados hasta los dientes con cámaras fotográficas de lo más sofisticadas. No se perdieron ripio de la corrida, ni les horripiló nada de lo que ocurría en el ruedo. Al contrario, se les veía encantados con la experiencia. Era un comando ¿chino?, a cuyo mando estaba Miguel Ángel Gil Marín. ¿Vendrán a comprar el Atlético de Madrid? ¿O acaso la Plaza de Las Ventas? Todo pudiera ser…

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de Otoño. Tercera de feria. Ganadería: Vellosino: corrida muy dispareja de presencia, con tres toros cinqueños y todos con variadas hechuras. En general, todos faltos de raza, destacando por su bronquedad el quinto y por su docilidad el sexto, aunque muy limitado de fuerza. Espadas: Uceda Leal (de tabaco y oro), estocada desprendida (Silencio) y buena estocada (Silencio), Eugenio de Mora (de salmón y oro), pinchazo, media y estocada (Aviso y silencio) y pinchazo, estocada y dos descabellos (Silencio) y Gonzalo Caballero, que sustituía a López Simón y tomaba la alternativa (de blanco y plata), pinchazo, estocada y descabello (Aviso y ovación) y pinchazo y estocada (Aplausos). Entrada: Tres cuartos. Cuadrillas: Picaron bien Agustín Romero y Pedro Iturralde, Puchi destacó en la brega y se lucieron en banderillas Diego Ramón Jiménez y Curro Robles. Incidencias: Tarde soleada, de agradable temperatura.