El lopezsimonismo y la reductora

El mano a mano era atractivo: dos toreros emergentes, de los que han hecho sonar la aldaba para tocar a maitines y poner en estado de atención a la torería andante, a los aficionados escépticos y a los empresarios refractarios a abandonar el sota-caballo-y rey desde hace décadas. Un gallo aferrado al más puro clasicismo y un pollo al que le crecen los espolones por momentos. Ambos, de Despeñaperros arriba, echaban un órdago a la grande en el tapete taurino más comprometido del mundo, esta plaza de toros de Las Ventas que está de dulce con ellos, para su fortuna. Está con ellos, de momento. Así lo rarificaba la ovación que les obligó a salir a la raya del tercio, desmonterados, tras el paseíllo. Después, algún gritito –poquitos y con reparos-- de los celadores de ortodoxias de nuevo cuño y protestas a la presentación de algunos toros por quienes ignoran la tipología de los encastes y solo aprecian y exigen volumen y materia córnea. Por lo demás, el mano a mano era impecable. Dos que quieren llamar la atención y consagrarse como figuras del toreo, se ven las caras en el palenque que exige mayores compromisos y entrega absoluta. Un mano a mano solo apto para corazones fuertes y paladares exquisitos. Un mano a mano de los que no pueden fallar, a menos que…

A menos que el ganado elegido para tan comprometida ocasión se empecine en empañar la magnificencia del evento. Yo habría traído una corrida de Baltasar Ibán o de Ana Romero, me dice un veterano aficionado y profesional taurino, minutos antes de que suene el clarín. Ya, ya. Habría que ver lo que opinaban los celadores impenitentes acerca de lo que salía por chiqueros cuando la tablilla no alcanzara la media tonelada de peso y los cuernos estuvieran más cerca de la daga que del florete. Con el toro, apostar a priori no es una temeridad: es una estupidez. El toro bravo es –afortunadamente—un misterio.

El misterio del Puerto de San Lorenzo se desveló en cuanto apareció el primer toro de la corrida. Abanto, de trote constante y cansino, sin asomo de casta brava y con resignada acometida, perecía tener puesta la marcha reductora., como las camionetas americanas de combate en la segunda guerra mundial que llegaron a nuestros cuarteles a precio de outlet en los años 60. La marcha reductora es una medida precautoria, una velocidad de baja intensidad, pero constante, anodina, mortecina, sin la emoción que produce el vértigo de atacar el viaje a toda pastilla. Se usa para transitar por caminos abruptos y empinados. A este que suscribe le dieron uno de esos cacharros en la mili para viajar por lo que entonces se llamaba carretera general y llegó al borde de la desesperación, hasta que me sacaron del error: Ignorante de mí, no sabía que estaba puesta la marcha reductora.

Pues con el toro bravo pasa lo mismo. Cuando llegan del campo con la reductora puesta no hay gitano, con perdón, que consiga hacer vida de ellos, aburren a las ovejas, que al parecer son los semovientes más resistentes al sopor.

La corrida del Puerto fue abanta, fría, mansa y gazapona. Ahora bien, hubo toros que, aún poniendo de manifiesto ese carácter, ofrecieron embestidas de palmaria potabilidad. A Diego Urdiales se le atragantó la embestida del tercer toro, que tuvo movilidad y más racita, como diría un cursi de callejón. Incomprensiblemente comenzó la faena doblándose con un toro que precisaba espacios, tanteos suaves y muleta acariciante. Iba y venía el del Puerto con pastueño viaje. Urdiales se perdió en un quiero y me engancha y en un quiero y me aprieta. Las cositas del querer, que diría Lola. A Diego se le fue la tarde con ese toro, porque ya está dicho que el primero se ofreció, anodino, a un toreo insulso y, después, el sobrero de Valdefresno fue un asquito de toro. Trató de redimir su infortunio con un quite --¿el del perdón?-- por chicuelinas cadenciosas en el quinto toro, pero él sabe que la tarde era trascendental para su definitiva consolidación en la elite de la torería, y resultó un fiasco. No importa, todavía tiene crédito abierto en la central bancaria de Las Ventas. ¡Ya quisieran muchos disfrutar de tan gratificantes condiciones! Pero que no se engañe: cuando triunfe definitivamente –cosa que fervientemente le deseo—probará el acíbar que se guarda en esta cazuela para los que osan alcanzar el título de grandes figuras del toreo.

Lo de López Simón es otro cantar… y otro contar. Este tío es un disparate vestido de luces. Está López Simón en el ruedo y el holocausto parece inminente. Parece ser que le dijo a García Padrós, el cirujano jefe de la enfermería de la Plaza, que era mayor de edad y no le autorizaba a meter en el bisturí hasta que acabara con los dos toros de su lote que estaban enchiquerados. Tenía una cornada importante y, en principio, se temió por el arrancamiento del abductor. Había toreado al segundo de la corrida con encomiable decisión, sin mover un músculo, y, menos aún, la suela de las zapatillas. Se las levantó del suelo el toro y le metió el pitón por el muslo hacia arriba. Cornada segura. Pero para este tipo las cornadas forman parte de su permanente vía-crucis taurino. Son monedas de cambio. El triunfo continuado lleva adosado el riesgo permanente. No paró hasta acabar con el agresor, pasando a la enfermería para que le hicieran una reparación de urgencia. Salió de allí con el rostro demudado por el dolor y cojeando visiblemente. Y en esas condiciones se enfrentó a un toro del Puerto de San Lorenzo, bien picado y bien lidiado, que tenía mucho que torear y nada que dudar, una receta que aplicó el espigado torero de Barajas hasta apabullar con su quietud al inquieto cornúpeta, conduciéndolo en varias tandas por el pitón derecho que incendiaron de entusiasmo los graderíos. Nadie –solo un simplón—osó denunciar cites y colocaciones con inoportunas observaciones. A cualquier otro, le hubieran asaeteado, pero López Simón impone respeto.

Le tengo anotadas tres tandas excelentes, largas, ceñidas y templadas, pero solo un esbozo de toreo al natural, por tal motivo, a pesar de que citó a recibir y colocó una estocada aguantando de efecto fulminante, la oreja fue un justo premio, pero estoy convencido de que de no haber tenido ya un trofeo en el esportón y, por ende, la Puerta Grande asegurada, el presidente le hubiera dado las dos. Ayer, en Madrid el lopezsimonismo se adueñó del ambiente.

El último toro se partió una pezuña por la cuartilla al tropezar con ese exagerado montoncito de arena que se deposita en el frontal de los burladeros. Y digo yo, ¿por qué esa moda, imitando a los de la Maestranza de Sevilla? Allí, no hay lugar para almacenar el albero del que se echa mano en reparaciones puntuales y de urgencia, pero en Las Ventas hay espacios para regalar. Es como lo del bombeo parabólico, del que nos ocuparemos en otra ocasión.

El lopezsimonismo contagioso salvó la tarde. Una tarde que se empeñaron en arruinar los toros salmantinos de Lorenzo Fraile. Eran toros con la marcha reductora activada, para retardar su embestida. Bien mirado, es lógico: teníamos Puerto a la vista.

 

Madrid, plaza de Las Ventas. Feria de Otoño. 2ª de feria. Ganadería: Puerto de San Lorenzo. Corrida de correcta presentación, en el tipo del encaste atanasio-lisardo, pero mansota en general, descastada y floja. Solo ofrecieron ciertas posibilidades de triunfo el tercero y el quinto; el segundo, mostró docilidad, dentro de un permanente gazapeo. El cuarto fue devuelto por inválido y sustituido por otro de Valdefresno, flojito y también gazapón. El sexto de la ganadería titular se partió una pezuña en el inicio de la faena de muleta. Espadas: Diego Urdiales (de tabaco y oro), pinchazo y estocada honda (silencio), estocada de rápido efecto (palmas) y estocada (silencio) y Alberto López Simón (de azul rey y oro), pinchazo y estocada (oreja, pasa a la enfermería), estocada citando a recibir (oreja y petición de la segunda) y pinchazo y descabello (silencio).Entrada: Más de tres cuartos. Cuadrillas: Picaron bien Ángel Rivas y Sandoval, se lució con las banderillas Vicente Osuna y en tareas de brega Domingo Siro. Incidencias: Tarde soleada, de suave temperatura, con rachas viento. López Simón pasó a la enfermería a la muerte del segundo toro, negándose a que le intervinieran los doctores en el quirófano de la Plaza. Se corrió turno y lidió los dos toros restantes de su lote en quinto y sexto lugar. Salió en hombros por la Puerta Grande y fue operado después de una cornada en el muslo izquierdo de 12 centímetros de pronóstico reservado. Hoy le sustituye en el cartel Gonzalo Caballero, que toma la alternativa.