Con el alma ausente

Novillada en Madrid. Feria de Otoño. Tres chavales que acuden a las Ventas cuando vuelan hacia abajo las hojas de los árboles y del calendario. Cartel atractivo, porque la terna presenta un currículo breve, pero intenso. Tres alumnos de las escuelas taurinas españolas, esos centros cívicos adoptivos de los adolescentes que sienten en su alma el cosquilleo del toreo y aprovechan para formarse en otras actividades laborales y culturales.

Dícese que los humanos nos diferenciamos del resto de los especimenes del reino animal –además del básico raciocinio—, precisamente en la cosa del alma, que según Calderón de la Barca solo es de Dios; pero ¿y si no fuera exclusiva de nosotros, los bípedos pensantes? ¡Menuda se armaría en ese otro reino, el de los animalistas, habitado principalmente por la cegazón, la ignorancia, la intolerancia y la concupiscencia!

Sea como fuere, si por ignota cuestión en el cuerpo de las reses de lidia habitara tan sublime dotación, los novillos que lucían el hierro de El Torreón, enviados por el torero César Rincón, no podían con la suya. Con su alma, digo. Y eso que el alma, sea de quien sea, es peso pluma, cosa etérea y evanescente.

Y el primero de la tarde mostró de forma palmaria su invalidez. De poco le valieron al murciano Filiberto sus apuntes de toreo exquisito, porque el animal –el novillo—se iba al suelo cada dos por tres. Hubo que esperar al cuarto, precioso de lámina, de perfectas hechuras, al que sangraron en el primer puyazo y llegó a la muleta justito de fuelle, pero el suficiente para que este Fili –como supongo que le llamarán sus íntimos—volviera a mostrar su compostura, lo que en lenguaje taurino se califica como buenas maneras, sobre todo, cuando endilgó una serie de naturales de notable temple y apreciable cadencia. Se apretó en las bernadinas finales y se le fue la mano a los bajos con la espada. Lástima, porque el concepto del toreo del espigado novillero calasparreño despierta razonables esperanzas.

También se mostraron muy puestos en su cometido y dispuestos de ánimo Alejandro Marcos y Joaquín Galdós. Ambos son triunfadores de ese espléndido campeonato que se celebra en Arnedo a finales del curso taurino. Ambos son alumnos aventajados de las Escuelas Taurinas de Salamanca y Málaga, y ambos tienen capacidad para brillar con luz propia en esta quimérica aventura que han emprendido. Ya se sabe que en Madrid el novillero es una pieza más a batir por el arriscado pelotón de los intransigentes y desorientados, pero Alejandro toreó por el pitón izquierdo con quietud y armónicos movimientos al segundo novillo, que se apagó apenas iniciada la faena y al áspero sobrero de los hijos de Dolores Benito con gran decisión, hasta conseguir sacarle una espléndida tanda de naturales. Lástima que la espada asomara en la estocada y se le hiciera de noche con el verduguillo. Y tampoco tuvo opciones Joaquín Galdós, que es una de las revelaciones de la temporada. Su primer novillo, desrazado, flojo y anodino, no daba miedo, sino pena, que es lo peor que puede dar el toro de lidia, y el sexto, también flojón, se le acostaba por el lado izquierdo.

Inciso final: las protestas por la presencia del quinto novillo de la ganadería titular demuestran, una vez, más, el peligroso listón que se ha colocado en esta Plaza para valorar la presentación del ganado en festejos llamados menores, razonablemente. El novillo protestado ruidosa y ostensiblemente –cuando los festejos se televisan saben los protestones que pueden salir en la tele— no era más que eso, un novillo… que pesaba 472 kilos, más o menos el peso de decenas de miles de toros lidiados en las corridas de ochenta años para acá. Y, además, estaba bien armado. La protesta por su falta de ¿trapío? Fue resuelta por el propio animal, yéndose al suelo aparatosamente a la salida del primer puyazo. Por fin, ¡al corral! En su lugar salió un sobrero de ganadería poco conocida que era, ni más ni menos, un toro, aunque estuviera herrado con el guarismo del 2 en la paletilla. Pocos ejemplares con la seriedad de ese colorado chorreado en verdugo han pasado por la hoja de la espada de los más encopetados diestros de épocas ya bastante lejanas. La tablilla aseguraba que pesaba 538 kilos. Dos menos que el límite de peso máximo reglamentario para Plazas de primera categoría. ¡Qué casualidad!

En las Ventas del Espíritu Santo, la cuestión del trapío del ganado en las novilladas está al límite de lo esperpéntico. Quizá porque hasta el propio santo Espíritu ha declinado su intercesión con ciertos pobladores de sus tendidos. Las cosas de la vida animal –las del toreo también–, con el alma ausente, se tambalean.  

 

Madrid, plaza de Las Ventas. Feria de Otoño. Primera de feria. Ganadería: El Torreón: Novillos de correcta presentación, nobles y muy flojos, sin apenas fondo físico para la lidia. El quinto fue devuelto y sustituido por otro de los hijos de Dolores Rufino, bronco y manso. Espadas: Filiberto (de salmón y oro), dos pinchazos y estocada Silencio) y media caída y estocada baja (División al saludar) Alejandro Marcos (de granate y oro), pinchazo, estocada y dos descabellos (Aviso y silencio) y estocada que asoma y siete descabellos (Aviso y silencio); y Joaquín Galdós (de tabaco y oro), pinchazo y buena estocada (Silencio) y pinchazo, estocada y descabello (Silencio). Entrada: Dos tercios. Cuadrillas: Roberto Ortega y Raúl Adrada colocaron soberbios pare sde banderillas, picó bien Luis Miguel >Leiro y destacó en la brega Jesús González “Suso”. Incidencias: Tarde típicamente otoñal. A partir del tercer novillo, el viento molestó a los novilleros.