De la “manifa” a la Plaza

La manifestación, la manifa o la mani, como quieran llamarla, a favor de la fiesta de los toros que esta mañana se ha celebrado en Valladolid ha sido de lo más gratificante. Debo confesar que, dadas las precarias condiciones de la convocatoria –tres veinteañeros se liaron la manta a la cabeza, sin presupuesto ni apenas apoyos–, no me hacía demasiadas ilusiones con la respuesta y temí que la concentración no pasara de una algarada desordenada y en tono menor. Pues, no. A medida que se acercaban las doce del mediodía, la plaza de Zorrilla –la de la ciudad, no el coso taurino—se iba colmando de gentes llegadas por las arterias que la abocan y la marea humana se extendía como mancha de aceite, hasta que la Policía Municipal dio orden de iniciar la marcha hacia la plaza de toros. No sé bien la longitud del trayecto –¿uno y medio, quizás dos kilómetros?—pero cuantas más veces volvía la vista atrás más difícil se me hacía ver el asfalto de la calzada, al punto de que hubimos de invadir las vías laterales. No recuerdo haber asistido a otra manifestación multitudinaria más que en la que se organizó –también en Valladolid– para clamar al cielo por el asesinato de Miguel Ángel Blanco, el crimen más execrable que se ha producido en este país a lo largo de un siglo. Quiero proclamar que, en esta segunda ocasión, me emocionó –aunque a otro nivel– la respuesta de los vallisoletanos y de las gentes que acudieron desde localidades limítrofes, especialmente de Tordesillas, aprovechando la ocasión para reivindicar su Toro de la Vega. Quede constancia que ese no era el principal lema de la convocatoria, sino el de alzar la voz contra la intolerancia, la zafiedad y el insulto permanente de la pléyade antitaurina que nos asola y la contra contumaz de una buena parte de nuestra clase política y, por ende, el socavamiento de un bien cultural inmaterial, así reconocido por la legislación vigente.

No voy a entrar en la estúpida guerra de las cifras –tan habitual y tan chistosa en este tipo de concentraciones–, pero sí haré una comparanza, tomando datos oficiales, recogidos de la página digital de El Norte de Castilla. Estos son los titulares que apoyan la información gráfica: Uno, “Cuatro mil personas se manifiestan en Madrid contra el Toro de la Vega” y otro: “Entre cinco y ocho mil personas se manifiestan a favor de los toros”, ésta última información, matizada así: “alrededor de cinco mil personas, según la agencia de noticias local, y ocho mil, según fuentes de la policía local citadas por Europa Press”. Bueno, pues saquen las conclusiones oportunas. Ustedes mismos.

La diferencia principal, entre ambas concentraciones es que la primera estaba perfectamente diseñada, alimentada y financiada, trayendo cómodamente transportados, alimentados y sufragados a los antis desde los cuatro puntos cardinales de la geografía peninsular, y esta otra es obra de un grupo de chavales, a los que apoyamos como buenamente pudimos desde las redes sociales. Por cierto, como la cobardía del anonimato se ve ampara por twitter, un tipejo desahogado y desalmado, probablemente revolcado en su propia mezquindad, se ha permitido increpar mi apoyo a la manifa con un salivazo, típico del sujeto que no puede digerir su propio fracaso en el entorno social o profesional en que se desenvuelve. Un pobre hombre, sin duda. Lo cito –y soy consciente de que no debiera—porque estoy convencido de que le haré un poquito feliz, que falta le hace.

En resumen, la mañana taurina de Valladolid es de las que confortan, de las que te suben la adrenalina, aunque no sea más que un chispazo. La grande, la traca, la manifestación importante, debe ser la de Madrid, que según tengo entendido ya se está organizando por personal cualificado. Ya ven, en una capital de provincia, cuatro gatos han logrado una concentración impresionante, inesperadamente multitudinaria. Tomen nota.

De la colosal manifa, y después del manifiesto improvisado de Victorino Martín, casi sin tiempo para comer nos fuimos otra vez a la plaza de toros, donde El Cid, Manuel Escribano y Joselillo se batieron el cobre con una correosa corrida del célebre ganadero, el que marca sus toros cárdenos con la “A” coronada de Albaserrada. Correosa solo en su primera mitad, donde los Manueles sevillanos las pasaron canutas con los primeros ejemplares de su lote. Fueron estos toros los típicos victorinos rebañones, solo aptos para lidiar sobre las piernas y siempre ojo avizor. Solventaron la papeleta con dignidad, y punto. Joselillo, en cambio, se esforzó en una pelea con el tercer toro, en el que en pocas ocasiones ganó a los puntos, pero como colocó una estocada eficaz, cobrada a toma y daca, el público solicitó y obtuvo para el valeroso paisano el premio de la oreja.

La segunda parte de la corrida tuvo una partitura bien distinta. El cuarto de la tarde, de nombre Muchovino y el único cinqueño enchiquerado, fue toro para emborracharse toreo. El Cid lanceó de capa con galanura, picó bien Juan Bernal y se lució con los palos Curro Robles. A la muleta llegó con largo y humillado viaje, haciendo el avión, sobre todo por el pitón izquierdo. Manuel Jesús El Cid lo toreó a placer en las primeras series, bordando especialmente una de naturales, rematada con profundos y cadenciosos pases de pecho. Bajó un pelín el tono de la faena en su fase final, cuando el torero quiso adornarse con afarolados y molinetes, en un toro que agradecía más la muleta arrastras y el trazo suave. Menos mal que la media estocada en la cruz tuvo fulminantes efectos y el público pidió de forma mayoritaria las dos orejas del bravo, noble y encastado victorino, que mereció algo más que la rotunda ovación en el arrastre. El Cid tomó los trofeos y se aferró a ellos exultante, como a unos clavos ardientes que tanta falta le hacen para retomar su condición de figura del toreo.

El quinto toro también fue encastado y noble. Escribano, que banderilleó con soltura al primero de su lote, volvió a lucirse con los palos en éste, incluso trazó algunos muletazos estimables, sobre todo por el pitón derecho; pero el toro no tenía ni tanta nobleza, ni tanto fondo como el anterior. A ambos los mató sin grandes apuros y el público de Valladolid le despidió con cariñosas palmas.

Finalizó la corrida con un cardenito que salió al ruedo haciendo mucho ruido y acabó apagándose lentamente, agarrado al piso, como dicen en México. También se agarró al piso José Miguel Pérez, Joselillo, pero para desafiar en las distancias cortas la cuerna veleta del animal. Nada que hacer, salvo matarlo con decisión. Y eso fue lo que hizo Joselillo, enterrando el acero hasta las cintas al primer viaje. Nueva pañolada y oreja al canto. Puerta grande, pues, acompañando a El Cid.

La jornada hubiera sido completa, redonda, si los tendidos de la Plaza hubieran registrado un llenazo. No fue así, ni mucho menos. Media entrada escasa.

La fiesta de los toros no se retroalimenta solo con manifas –que son muy necesarias en este momento—, ni con manifiestos, proclamas y alegatos enardecidos –que también son de agradecer–. Hay que pasar después por taquilla. Y esa ya es otra historia.