Acertar con “la buena”

Salen a la luz los carteles de una feria taurina y de seguido alguien te pregunta: ¿cuál es la buena? No vale el encogimiento de hombros, la vaguedad o la imprecisión en la respuesta. El que interroga es, habitualmente, lego en materia taurómaca y se supone que interpela al experto: ¿Pero, dime, para ti, cual es la buena?, insisten Y uno no tiene más remedio que tirarse a la piscina del pronóstico, con las funestas consecuencias que suele acarrear para el prestigio personal semejante temeridad. Bien entendido que el asidero, el salvavidas o el taraje al que más se aferra el supuestamente entendido es la ganadería: Depende del juego del ganado, el toro es un misterio… y tal y cual. Y entonces es cuando el sujeto que inquiere frunce el ceño y toma la apariencia de inquisidor: O sea, que no sabes bien…. Y uno estalla: A mí la que más me llama la atención es ésta. La buena es ésta, ¿vale?

Lo que uno no suele tener en cuenta –craso error—es el estado de ánimo de los toreros. El estado de ánimo es fundamental en el equilibrio sicosomático de esta gente tan especial, tan admirable, y la pieza básica que abre la espita de la inspiración. Los tres toreros del cartel de la buena, cuando el cuerpo y la mente gozan de buena salud, cuando tienen el talante a favor de obra, es decir, cuando se inspiran, pueden armar un alboroto en los tendidos de la Plaza. Depende del toro, también dirán ustedes. Naturalmente; pero tengo para mí que también los toros se ponen a favor de obra –embisten—si lo que tienen delante se empeña es sacar el mejor partido a su carácter.

Ayer, en Valladolid, los toros lucían el hierro de Zalduendo, aquél legendario criador de los toricos navarros de sangre alborotada, un hierro que recuperó Fernando Domecq para marcar a los miembros de aquellas camadas de remezclados tamarones, que tan bien crió su padre Juan Pedro en las llanadas verdes y los acebuches de Jandilla. Hoy día, los zalduendos son propiedad del ganadero mexicano Alberto Bailleres, magnate taurino de primer orden, que ha decidido iniciar aventura en España, a todos los niveles. Allí estaba, con su señora esposa, su hija y su yerno, en una barrera del 8, acodado sobre la seda bordada del capote de paseo de Morante de la Puebla.

Don Alberto –emporios empresariales aparte– es un enamorado de la fiesta de los toros y un acérrimo admirador del arte del torero de la Puebla. Ayer, gozó de lo lindo en mi tierra. Ayer, sus toros embistieron, los toreros torearon a placer y su ídolo bordó una faena cuajada de chispazos geniales, encajada en una tauromaquia no premeditada, esto es, absolutamente abandonado a la inspiración. Y eso que el primer toro fue tan flojo-flojísimo que rayó la invalidez, y el público, naturalmente, protestó ruidosamente su presencia en el ruedo. No le importó a Morante. Venía pletórico, radiante. En otras ocasiones hubiera tirado por la calle de en medio, pero esta vez asentó las zapatillas y, más que torear, fue acariciando todas y cada una de las embestidas que le ofrecía aquél semoviente, noble hasta la candidez. El toro, de nombre Salud, fue más saludable de lo previsto y aceptó del mejor grado aquellas tandas de muletazos con el mentón clavado sobre la pañoleta que brotaron suaves, lentos, armoniosos, casi de toreo de salón. A la mayor parte del público se le olvidó entonces la invalidez del toro y coreó la esplendidez de la belleza, más aún, cuando Morante se perfiló en corto y avanzó despacio, despacio, despacio, con la vista clavada en el morrillo, para clavar después en el sitio preciso la espada hasta los gavilanes. La estocada fue de libro, y la ovación sincera y rotunda.

El cuarto toro fue, con diferencia, el menos agradecido de la corrida, el que no humilló jamás y llevaba los pitones por encima del estaquillador. Tampoco le importó a Morante esta circunstancia. Se acopló a las características de aquella embestida, llevó las telas de torear a la altura adecuada y descorchó el envase de sus mejores esencias. Toreó en redondo a derechas e izquierdas con empaque y profundidad, pasándose al toro con notable ceñimiento y con las zapatillas clavadas en la arena del ruedo. Ni un respingo, ni una duda, ni la más mínima picardía. Todo sincero y limpio. Al final de la coreada faena, se fue con el toro a los medios y dibujó cuatro ayudados por alto apretados, magníficos, del más puro embrujo marismeño. Quiso rematarlos con un molinete y por poco el toro –repito, el más arisco de la corrida— lo manda a la enfermería. Pero, tras aquél fugaz traspié, el torero se enrabietó, se desplantó, metió la espada por arriba y la Plaza rugió. Cuando Morante está en vena ocurren estas cosas.

En vena, también, nos inyectó Sebastián Castella su pasmosa autoridad ante la cara del toro y la nueva versión, más plástica y más abandonada a la inspiración, de su toreo. El segundo toro fue el más terciado, pero también el que ofreció mayor movilidad, circunstancia que aprovechó el torero para dar un recital de quietud, temple y mando. Está Castella en el momento culminante de su carrera y llega al público con una fuerza extraordinaria. La faena, limpia y ligadísima, no bajó en tono en ningún momento y la respuesta del graderío tampoco. El espadazo final rubricó la obra y el doble premio se juzgó inexorable. El quinto fue bravo, de gran fijeza. El explosivo comienzo de faena del francés, con sus clásicos pases cambiados y el remate por bajo con una apretada trincherilla, hizo presagiar un triunfo de clamor, sin embargo el toro fue apaciguando sus viajes, por lo cual el torero hubo de echar mano de circulares para calentar de nuevo la olla de la Plaza. No importó el pinchazo previo a la media mortal de necesidad. Tres orejas. Castella es –ya lo he dicho varias veces—un tipo feliz que tiene la virtud de hacer felices a sus muchos seguidores. Está en la cumbre.

Manzanares está físicamente mermado de facultades. Tiene un serio problema vertebral y la medicación le provoca un permanente malestar. En estas condiciones salió a torear el jueves… y se le notó. Ayer, en cambio, se le vio más compuesto, con mejor cara, más proclive a dejarse llevar por la inspiración… y también se le notó. Realizó dos faenas preciosistas, sobre todo la del tercer toro, el más cuajado del lote de zalduendos. Fue un toro bravo, encastado y noble, el de embestida más emocionante, con mucho que torear. José Mari le bordó varias tandas, sobre todo dos de naturales, de gran belleza, de calidad superlativa. Cuando la elegancia y el empaque se funden en el toreo, ahí está Manzanares… siempre que Manzanares esté en las mejores condiciones para practicarlo. Recetó un volapié soberbio, previo pinchazo y otro que tiró sin puntilla en el sexto, un toro de bellas hechuras que por poco se mata al chocar de salida contra el pilarote de la barrera, un accidente que acusó el animal durante el resto de la lidia, hasta apagarse –y rajarse– a mitad de faena. Fue palmario el esfuerzo de Manzanares y justificó su doble premio.

Todos en hombros. Todos felices, los toreros, el ganadero y el público. Caras risueñas por el paseo de Zorrilla. Indudablemente, ésta era la buena. Ahora, a la mani. A la manifestación de por la mañana. ¿Será, también, la buena?

 

 

Valladolid, feria de la Virgen de San Lorenzo. Tercera de abono. Ganadería: Zalduendo. Corrida de correcta presentación, en general brava y noble. Segundo más terciado y cuarto fuerte y de poco humillar. El sexto sufrió un golpe tremendo contra el pilarote de la barrera que mermó sus facultades. Espadas: Morante de las Puebla (de nazareno y oro), estocada impecable (Aviso y ovación) y estocada de tardío efecto (dos orejas), Sebastián Castella (de rojo y oro), estocada entera (dos orejas) y pinchazo y media en lo alto (oreja) y José María Manzanares (de negro y azabache), pinchazo y estocada sin puntilla (oreja) y volapié fulminante (oreja). Entrada: Más de tres cuartos. Cuadrillas: Destacó picando Cristóbal Cruz, en la brega Curro Javier, que también se lució en banderillas, junto a Rafael Rosa y Luís Blázquez. Incidencias: Tarde soleada y gran ambiente taurino en las calles de la ciudad. Los tres toreros salieron en hombros por la puerta grande.