El despertador y el despertado

Empezó la corrida con un Juli arrollador, en plan sunami. Dicen los toreos –y con razón—que cuando por razón de antigüedad les corresponde abrir Plaza todavía el público no ha entrado en la corrida. Está el personal tomando contacto con la situación, por tal razón, le cuesta al torero una enormidad que surja la empatía del beneplácito del público a las primeras de cambio. Pero El Juli salió ayer como si aquella fuera su única corrida, la ocasión pintada para ganar honores y despertar expectativas. Despertar es el verbo. No hay duda: el primer toro es el de la modorra, el del sopor de la digestión, el del puro mal encendido. Hay que ser muy avezado para, en tal tesitura, oficiar de despertador de conciencias. Hay que ser El Juli, por ejemplo.

Altaricón, patialzado, montado de morrillo y bien puesto de cuerna, el primer toro de la tarde se encontró con el capote del torero a las primeras de cambio y el rubiales de Velilla lo envolvió en la bamba, juntas la zapatillas, erguida la figura, los brazos desmayados y las muñecas rotas. Fueron cuatro lances a guisa de delantal –mandil, le dicen en México—de una finura exquisita y un ceñimiento admirable. Media de remate. Rin-rin-rin… el despertador del toreo se adueñó de la Plaza.

De ahí para adelante, tras el puyazo preciso de Diego Ortiz, llegaron las chicuelinas ajustadas en el quite y el remate enroscado de la media verónica. Y ya todo el mundo se puso al loro con lo que ocurría en el ruedo. La faena fue larga y expresiva, con el torero alargando el brazo y el compás abierto, para dar mayor dimensión a los pases, en redondo y al natural, todo ello adobado con pases de trinchera, molinetes y naturalmente lo que los antiguos revisteros llamaban forzados de pecho. El toro, bravo, encastado y noble, fue toreado a placer por el que ya es un torero veterano, con mucho poso en el fondo de su tauromaquia, bien distinto a aquél chavalín agalludo y sorprendente, que llegó a Valladolid hace diecisiete años para estrenarse en España como matador de toros. La faena, pues, fue apretada y larga, hasta lograr la incandescencia del público, así que cuando tras la zambullida de rigor hundió la espada en parte de atrás del morrillo y aquél pilarico cornudo se derrumbó, las dos orejas fueron impepinables.

De ahí para adelante, la corrida fue sobre ruedas. Los toros lucieron bella estampa, dentro de su zancuda anatomía, y dieron un juego variado, pero, en conjunto, excelente. La mansedumbre en varas del segundo no fue óbice para que Manzanares le cogiera el tranquillo y lo toreara con su proverbial elegancia, hilvanando los muletazos con la muleta planchada. Los toros que no aceptan el castigo en varas tienen limitado su componente de bravura, pero algunos atacan después en los tercios siguientes, embistiendo sin solución de continuidad. Este del Pilar fue uno de ellos, pero solo por el pitón derecho, porque cuando la tomaba a izquierdas pegaba un cabezazo y se defendía. Estas evidencias son el lenitivo que usan los toreros para justificar también su renuncia a afrontar las dificultades, en aras de su propio lucimiento; pero, ¿qué quieren que hagan los toros? También están en su derecho de presentar problemas; para eso están los toreros, para resolverlos. A pesar de todo, la faena de José Mari, limpia y bella, fue coreada con moderado entusiasmo, pero la espada cayó delantera y el toro se tapó obstinadamente para evitar el doble descabello.

Talavante, con fractura de un dedo, dejó hueco en el cartel para que se presentara en Valladolid un joven extremeño llamado José Garrido, que hizo mucho ruido de novillero y está recién alternativado. Apoderado por El Tato, va cubriendo una buena temporada. Es muy joven y sabe torear; pero sabe  también que hay que echar orejas de toro en el esportón para que ese ruido novilleril se mantenga en el escalafón superior. Por eso se echó de rodillas para endilgar hasta tres largas cambiadas al toro menos toro de la corrida de El Pilar. Terciadito de carnes fue, en cambio, el más bravo y encastado de la corrida. Se ve a la legua que ese no es su concepto del toreo, porque cuando se empleó en un quite a la verónica se le aprecia cante jondo. También su faena a este toro la comenzó arrodillado, con un afarolado previo que a los muy veteranos aficionados recordaría la trevolera de Miguel Ortas o la parecida intrepidez de Manolo Peñaflor, el que más tarde fuera ganadero de Peñajara. Después dio muchos muletazos de correcta ejecución con el ímpetu de los toreros que tienen la hierba en la boca. Tan afanosas muestras de afán de triunfo hicieron que el público tomara partido por el joven torero. En estos casos –como en los partidos de fútbol—el considerado más débil se convierte en la propia debilidad de los espectadores. Lástima que Garrido fallara con la espada y se esfumara el tangible premio.

En este punto de la corrida entró en acción el sunami Juli. Otro excelente toro de Moisés Fraile posibilitó que la tarde entrara de nuevo en ebullición. Excelente faena, plena de dominio, temple y mando. Alboroto en los tendidos. La apoteosis estaba servida, pero… la espada, tan justiciera ella en innumerables ocasiones, se empeñó en no entrar por el hoyo de las agujas. Los pinchazos pincharon a su vez la apoteosis y Julián, pura raza de torero, se cabreó como un novillero incipiente.

En el quinto toro, flojito y noble, Manzanares se volvió a explayar en el toreo de muleta, especialmente cuando tomó al toro por el pitón derecho. Faena calcada de la anterior que esta vez remató de una estocada en la yema, pero entre el pinchazo previo y la lenta rendición del astado, la cosa quedó en premio menor, raspadito, más bien.

El premio gordo (dos orejas) le cayó a José Garrido en el último toro, un castaño bizco de cuerna, más feo que Picio, pero muy bravo y de gran movilidad. Bravísimo también el torero, espoleado por el aliento del público. Como suelen calificarse los comportamientos de toro y torero en versión aritmética, la faena –como el toro– fue de más a menos, pero no fue menor el arrimón del torero, metiéndose entre aquellas disparejas defensas, en plan pererista, lo que le valió aclamaciones sin fin. El estoconazo que hizo rodar al toro como una pelota, fue la espoleta de la traca final de la corrida.

Se lo llevaron a hombros en compañía de El Juli. Un despertador de las tardes de toros y un recién despertado al toreo compartieron también las luces de sus vestidos con las primeras de la noche que iluminaban el paseo de Zorrilla.

 

Valladolid, feria de la Virgen de San Lorenzo. Segunda de abono. Ganadería: El Pilar: corrida desigual de presencia, con cuatro toros muy en el tipo del encaste “aldeanueva”, tercero más terciado y sexto feote de cuerna y hechura. En general, de bonancible comportamiento, manseó el segundo y sobresalió el tercero, bravo, noble y con mucho fondo. Espadas: Julián López, El Juli (de azul zurita y oro), estocada trasera (dos orejas) y dos pinchazos y media (aviso y gran ovación), José María Manzanares (de negro y azabache), estocada delantera y dos descabellos (aviso y ovación) y pinchazo y estocada (aviso y oreja) y José Garrido, que sustituía a Alejandro Talavante (de frambuesa y oro), dos pinchazos hondos y dos descabellos (aviso y ovación) y estocada sin puntilla (dos orejas). Entrada: Tres cuartos. Cuadrillas: José María Soler bregó superiormente con el cuarto toro y destacó en banderillas Jesús Díez El Fini. Incidencias: Tarde veraniega, sin asomo de viento. Juli y Garrido salieron en hombros de la Plaza.