¡Si Goya levantara la cabeza!

Tengo que reconocerlo y manifestarlo: soy un impenitente receloso de las corridas goyescas. Me parecen una fanfarria sin demasiado contenido. No me ponen. Así que la de ayer en Valladolid ya, de entrada, no me despertaba especiales apetencias, sugerencias o atractivos; antes al contrario, me parecía un contrasentido.

Las corridas goyescas –como tantas otras ocurrencias que surgieron o brotaron en la ribera del río de la Tauromaquia—fueron un invento de Eduardo Pagés, aquél aspado empresario catalán que vendió la Plaza de Valladolid a Jumillano (don Isidro) y llegó a la fiesta de los toros con tufos de poeta y autor teatral. Se sacó de la manga los espectáculos cómico-taurinos, las exclusivas a las grandes figuras y, en fin, las corridas goyescas. Las estrenó en Murcia, por estas fechas más o menos, el año 1929, un siglo después de que muriera el pintor de Fuendetodos. Pagés justificó el invento como homenaje el genio del pincel y vistió –es un decir—a Lalanda, Villalta, Niño de la Palma y Félix Rodriguez, tirando de la guardarropía de Pepe Hillo, Costillares y compañía, vistiendo de colorido el coso de la Condomina. ¡Habría que verlos! Cuentan las crónicas que el festejo fue un fracaso, pero Madrid lo proyectó y potenció más tarde como un remedo cañí, de chisperos y manolas; todo muy madrileño, por cierto.

Tanto uno como otro (el primigenio murciano y su copia de los Madriles) aquellos espectáculos goyescos tenían cierto sentido, pero en Valladolid, en pleno siglo XXI, hacer salir de goyescos –más o menos—a los toreros con el pretexto de conmemorar ciento veinticinco años de la apertura del coso del paseo de Zorrilla, no deja de ser una broma. En tal caso, los toreros deberían haber salido con el indumento parecido al que lucieron aquella célebre tarde Lagartijo, Espartero y Guerrita, y coleta natural, por ejemplo; pero, ¿qué tiene que ver Goya con el año 1890?

En fin, que en un alarde imaginativo –pero ayuno de cultura taurina—la empresa de esta Plaza propició la salida al ruedo de Enrique Ponce, con un traje super-recargado, como los de la más encopetada nobleza o gente palaciega del despotismo ilustrado, de El Fandi con unas horrendas medias negras, de espigón rosa, y de Miguel Ángel Perera con un raso azul rey, livianamente festoneado con negra cordonería. ¿Y el resto del personal de cuadrillas y de operarios de Plaza? Permítanme que obvie entrar en detalles.

Tampoco los toros de Charro de Llen –con su nuevo encaste proveniente de Daniel Ruiz—se parecerían en nada a los del marqués de Saltillo de hace siglo y cuarto. Corrida flojona, descastada y desfondada, la de mi amigo José Ignacio, el popular Charri salmantino. El ganadero achacará la flojedad y desfondamiento de los dos primeros toros a los volatines que se dieron al clavar los pitones en la arena, pero se engañaría a sí mismo. A sus toros –de bella hechura, por cierto– les faltó casi de todo.

El lote más asequible, se lo llevó El Fandi, circunstancia que aprovechó Fandila para darles fiesta a sus dos toros desde que salieron por la boca de chiqueros, ora con largas de rodillas, ora con lances de la misma guisa y pases de todas las marcas, como decían los antiguos revisteros. Ítem más, dos tercios de banderillas de los que enfandilan a las muchedumbres de todas las latitudes del orbe taurino. Y aunque su espada no fue tan rotunda como en otras ocasiones, cayeron dos orejas, dos, que le dieron el pasaporte para salir de la Plaza aupado por su puerta grande. De eso se trataba.

Ponce, tan afanoso como descorazonado por el nulo juego de su primer toro, se resarció un pelín con el cuarto, en tres tandas a derechas de templado ajuste. Ahí paró la cosa, porque el toro no permitía la más mínima licencia por el pitón izquierdo. No obstante, la eficaz estocada que puso en manos del torero el premio de la oreja. Y es que Enrique no da tregua. Aprovecha cualquier resquicio pare abrir un rayo de luz en su faenar ante los toros. Incansable Ponce. Inmisericorde, Ponce. Omnipresente Ponce. Hay Ponce para rato.

Perera se fue de vacío, como diría el topicista habitual. ¿De vacío? Pero cómo no iba a irse así, si se vació con el sobrero de la corrida, un toro que tenía el berreíto clásico de los buenos nuñez, pero salió respondón. Protestó la salida de las suertes en los pases por arriba y se metió por debajo cuando el torero le apartaba la muleta de la cara. Toro para pegarse un arrimón… ¡pero qué arrimón! Espoleado por el grito de un tontucio, dejó que los pitones acariciaran el raso del calzón, incluso le hurgaran ostensiblemente en las carnes. En todo evento que se precie, siempre encontraremos un tonto de guardia. El de la Plaza de Valladolid se hallaba, más o menos, por los altos del tendido siete. ¡Arrímate!, le gritó a Perera, y al resto de la gente del graderío le entró la risa. La libertad de expresión, por supuesto, también está vigente para los tontos, faltaría más. En su anterior toro, Miguel desistió pronto de perseguir al mulo en su viaje hacia las tablas.

La goyesca de Pucela, no nos engañemos, fue un peñazo. Y las vestimentas de los toreros y demás personal de oficio, un horror. ¡Si Goya levantara la cabeza!

 

Valladolid, feria taurina de la Virgen de San Lorenzo. Primera de abono. Ganadería: Charro de Llen. Corrida de correcta presentación, pero muy escasa de fuerza y de fondo. Inválido el primero, se apagó pronto el segundo, el tercero se rajó descaradamente, el cuarto tuvo cierta movilidad por el pitón derecho y nulo recorrido por el izquierdo, el quinto, con más motor y mejor viaje, y el sexto, que manseó, se puso pronto a la defensiva y fue devuelto  durante el tercio de banderillas, siendo sustituido por otro de Carlos Núñez, de juego bronco y en progresión descendente. Espadas: Enrique Ponce, pinchazo y estocada casi entera (silencio) y estocada (oreja), David Fandila, El Fandi, estocada eficaz (oreja) y pinchazo hondo y descabello (oreja) y Miguel Ángel Perera, bajonazo (silencio) y pinchazo y soberbia estocada (gran petición y ovación). Entrada: Media. Cuadrillas: Nada destacable. Incidencias: tarde ligeramente ventosa y nublada. Los toreros lucieron indumentaria goyesca, al parecer, por celebrarse el próximo día 20 el 125 aniversario de la inauguración de la Plaza.