Urdiales: la belleza de lo imperfecto

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Urdiales es riojano. De Arnedo, ese pueblo de la industria del calzado que organiza todos los años, al final de la temporada taurina, una gran feria de novilladas para ratificar a los más preclaros futuribles de la tauromaquia, premiándoles con un Zapato de Oro. Urdiales se llama Diego y es torero. Un torero que se ha ido forjando, moldeando, golpe a golpe, verso a verso, haciendo camino al andar, como reza el poema de Machado que canta primorosamente un catalán llamado Joan Manuel Serrat, a quien le encanta la fiesta de los toros.

Hacer camino –o hacer carrera—en este avispero en que se ha convertido la Tauromaquia de nuestros días es una aventura donde la alianza de valores tan cotizables como la intrepidez y la calidad, por muy acreditados que se muestren, no bastan para hacerse un hueco, para abrir brecha en la muralla que custodian no ya el privilegiado escuadrón de grandes figuras –que, ojo, tienen un puesto ganado a pulso y refrendado constantemente--, sino los adláteres que se acomodan a su alrededor, al abrigo del señorío feudal que los protege. Sobran ejemplos, algunos sangrantes, y nunca mejor empleado el término.

Diego Urdiales, pegó ayer un zambombazo en Bilbao. Tres orejas y salida en hombros por esa Puerta Grande de Vista Alegre, cuya llave guarda en su llavero particular un señor que se enseñorea en su palco presidencial, para goce de los que afeitan un huevo en lo que a concesión de premiaciones se refiere. La señorita Rottenmeier, en versión masculina, chapela incluida. Hace años que me negué a pronunciar su nombre, no sea el demonio que acabe anunciándose en los carteles de las Corridas Generales: Presidirá los festejos el muy reputado e ilustre aficionado Fulanito de Tal. Con esto quiero decir que cortar tres orejas en Bilbao es poco menos que una quimera.

Urdiales las ha cortado. Bien cortadas, vive Dios. Estaba ufano y emocionado hasta las trancas. Sabe Urdiales que puede ser un aldabonazo definitivo, el golpe de gracia que le sirva para instalarse en los carteles de mayor fuste y en los ciclos taurinos de máxima categoría. Será ya para la próxima temporada, porque de aquí al final ya está todo el pescado vendido; por tal motivo, me permito hacer ahora mismito una llamada de atención para que no se eche en saco roto un triunfo tan aplastante como merecido. Lo diré en Román Paladino: sería un pecado de lesa majestad que Diego Urdiales no acapare protagonismo en un inmediato futuro, porque los toreros buenos, cuando se sienten valorados, esperados y gozados, son más toreros, más buenos, si cabe.

En varias ocasiones he comentado que el toreo de este arnedano me recuerda en sus formas –físicamente, quiero decir—al que practicaba Andrés Vázquez en su mejor época. Los aficionados veteranos me entienden. No es que compare ambas tauromaquias, porque, a mi juicio, Diego tiene un concepto más profundo, tipo Antonio Ordóñez, naturalmente natural, tipo Antonio Bienvenida, y con chispazos de enjundia, pellizquitos, que diría Curro Romero. Algunas veces lo he comentado con su apoderado, Luis Miguel Villalpando, con quien tropiezo a menudo en la Gran Vía de Majadahonda y reconozco que le tengo que recalcar que la comparanza se refiere esencialmente a su perfil anatómico, porque le noto un pelín mohíno con la referencia, aunque sea paisano del referenciado, o precisamente por eso.

También he manifestado reiteradamente que la fiesta de los toros necesita una gran figura Despeñaperros, pero una figura cumbre, como El Viti, por ejemplo. Sería la forma de reactivar la modorra que se manifiesta en las últimas décadas en lo que a asistencia de público se refiere. Los aficionados quieren contrastes, no academinismos. La clásica sobriedad orteguiana se hizo con la vara de mando del toreo en aquellos años 30, cuando Sevilla solo tenía dos gitanitos que hacían magia con el capote… a ratos. En este momento, en lo que a soberanía geográfica se refiere, El Juli se bate el cobre en solitario. Diego Urdiales puede ser un excelente contrapunto y un refuerzo muy valioso.

Dice Urdiales que el toreo, como expresión artística, debe tener su punto de imperfección. Estoy completamente de acuerdo. El arte de torear no admite escuadra y cartabón, ni cánones que solo sirvan para habilitar la incubación del tópico. El tópico no es más que un asidero trivial para iniciar la búsqueda del truco, que es la atávica necesidad que siente el aficionado para hallar fundamentos con qué fustigar al torero.

El catálogo de tópicos que han jugado su partido en el toreo tiene una alineación secular que induce, como mínimo, a una benéfica sonrisa, como la moda en el vestir y, en general, en los comportamientos sociales. Sería prolijo –aunque balsámico—enumerarlos, pero no estimo esta la ocasión propicia.

Solo diré que me alegro profunda y sinceramente del triunfo aplastante de Diego Urdiales en Bilbao. Merece la pena verle torear congeniado con el toro, porque su arte está dotado de una inusual fuerza expresiva. Es bellamente imperfecto. Me consta que a Curro Romero le encanta. Y a mí, también.

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