Nos avasallan

Nos avasallan. Estamos rodeados y no queremos enterarnos, pero asómense a la ventana de la realidad política y social del solar en que vivimos y verán cómo acechan las huestes coaligadas del más variado pelaje ideológico, algunas sin más doctrina que el arrebato por una súbita demolición de lo establecido, para aprovechar cualquier circunstancia favorable –entrar en las instituciones, p.e.– que propicie el tiro al blanco sobre sus dos dianas predilectas: la fiesta de los toros y el partido del Gobierno. Es una cama redonda de antis, en la que se revuelcan tanto los anti-taurinos como los anti-pepé. Todo ello, protegido bajo la coraza y la celada de la Santa Democracia, que todo lo puede. Y, mientras tanto, este país se pierde entre ruindades de viejas tragedias, vendettas históricas y delirios de rumbos tan idílicos como erráticos.

La fiesta de los toros es, en efecto, una de las piezas favoritas de este singular ejercicio venatorio, una víctima de todo este cacao maravillao con que nos desayunamos a diario. Una víctima inútil e injusta, como el caballo famélico del cuadro de Zuloaga. Una víctima que no tiene quien le ponga un peto protector. Ahí tienen su imagen, macilenta, desgalichada, matalona y llena de varetazos a medio sangrar, sobre la que por arriba se ciernen  negros nubarrones y por abajo se muestra un pueblo rozagante, mientras su gente se acomoda en la montura y le pica espuelas, de vez en cuando, sin miramientos, sin compasión.

En esa gente que se acomoda tras la perilla de la silla de montar, se integran los aficionados y los profesionales, es decir, los que pagan por ver y los que cobramos por hacer o por contar, así que cada cual ha de afrontar su cuota responsabilidad en el deterioro del penco que nos transporta.

Pero no es hora ni momento de ejercer de agrimensor y establecer la parte proporcional de la carga que nos corresponde, sino de hacer una llamada de emergencia, un toque de rebato y una convocatoria formal a la movilización masiva para hacer frente al permanente acoso y vituperación que sufre la Fiesta, por la febril actividad de quienes la atacan cada vez con mayor virulencia, sin reparar en modos ni gastos. Apenas nos dejaron celebrar la recuperación de la Plaza de Ilumbe y nos asaetean las informaciones de plenos municipales en los que se pone en solfa la presencia del toro en Plazas emblemáticas o fiestas populares, así como la supresión de algunas corridas y festejos de larga tradición. Pero, ¿es que no tenemos capacidad de respuesta para apaciguar tanto atropello?

Hay que salir a la calle. No hay otro remedio. Utilicemos sus mismas armas: la acción multitudinaria, sin dar un paso atrás, sin dejarnos amedrentar por nadie, y la sonora y visual contestación a la clase política. No valen ya comunicados de Asociaciones de Profesionales taurinos ni galeradas de tuiteros más o menos indignados con la declaración de ciudades antituarinas, supresión de festejos en nuestros pueblos o capitales de provincia y demás latigazos en la feble anatomía de este rocín indefenso. Hay que dar donde más duele: en la denuncia al aire libre. Unos millares de manifestantes debidamente pancarteados por las calles de Madrid, exponiendo a voz en grito el arbitrismo de una clase política de aluvión que –¡increíble!—apoya hasta el esperpento un partido histórico y necesario que tiene la E de España en sus siglas. Un PSOE que vota –entre otras desconcertantes actitudes– a favor de que Palma de Mallorca sea ciudad antituarina y en contra de que Valladolid sea ciudad taurina, aunque su líder se ponga el disfraz camaleónico que más le convenga cuando le visitan los representantes de los llamados estamentos taurinos y prometa, prometa, prometa… Y un PP que prometió, como partido del Gobierno su decidida ayuda y lleva ¡dos años! con aquél Plan que asegura la defensa y el fomento de Tauromaquia –recuérdese: Patrimonio Cultural de nuestro país, según la sacrosanta resolución del Parlamento–, pero mira para otro lado cuando la mancillan o la destruyen. El resto, aunque menos representativo, se mueve entre lo follonero y lo ambiguo; pero no se preocupen, hay para todos.

Fuera paños calientes. Que se nos oiga en la calle. Propongo una masiva concentración –pero masiva, de verdad, no de cuatro caritas más o menos populares—que muestre el verdadero poder de convocatoria que tiene nuestra Fiesta y la respuesta a sus permanentes agresiones. No toleraremos ni una más, ni un insulto, ni una amenaza. Pero hagámoslo ya. Todos juntos, profesionales y aficionados, formamos legión. Mostremos nuestra razón y también nuestra fuerza, que todo suma.

El caballo de la Tauromaquia está al borde del desfallecimiento y no podemos permitir su persistente deterioro. Mañana será tarde. Nos avasalla