La Prueba del Seis

El drama de los novilleros es directamente proporcional al grado de incertidumbre que se cierne sobre el futuro de la Tauromaquia. Así de simple. Si no se forman nuevos valores, si no se aportan recambios de contrastado valor, si no se presta atención al relevo generacional, si no se crean nuevas expectativas, malo. Así de lógico. En los novilleros, y en los aficionados más o menos de su quinta, se halla un pedazo importante de la piedra (filosofal) en que se cimenta la pervivencia de la fiesta de los toros. Más de lo mismo año tras año, feria tras feria, produce una cansera crónica, un agotamiento paulatino de la ilusión, una entrada inapelable al estado catatónico del toreo.

Dicen los empresarios que los novilleros no llevan gente a la Plaza. Y es verdad. La misma verdad que afecta a la parálisis de expectativas cuando un cartel anuncia a los mismos, exactamente los mismos toreros y la misma ganadería del año anterior, caso de las corridas generales de Bilbao. ¡Oh, santa imaginación! ¿Pero cuánto tiempo habrán de esperar toreros como López Simón (p.e.) para entrar en carteles de máximo fuste? ¿Qué tienen que hacer, además de dejarse matar y de salir por la Puerta Grande de Madrid? ¿Quién da cuartelillo a los novilleros en las ferias, digamos, de segundo nivel?

Todos estos interrogantes coadyuvan a que esa imaginación tan poco explotada tenga un adalid bien identificado: Simón Casas. Pero, cuidado, una cosa es la imaginación y otra las ocurrencias. Parece ser que para esta próxima feria de la vendimia de Nimes el propio Casas pretende un sensacional mano a mano entre un rejoneador en la cumbre y una máxima figura del toreo: Diego Ventura, contra Julián López El Juli van a pelear por el cetro del toreo, ¿pero cada cual contra quién? Lo suyo sería que, en plena corrida, Ventura tomara la muleta y realizará un faenón y El Juli se subiera al caballo y cubriera un magistral tercio de banderillas. ¡Eso sí es imaginación!

Hablando de Simón Casas, en 1985, siendo empresario de la plaza de toros de Valencia, al controvertido productor de arte francés se le ocurrió anunciar una corrida de toros con seis toreros de los llamados de arte, una especie de maratón con seis toros, seis –creo recordar que de Manolo González—para seis toreros, seis, a saber: Curro Romero, Rafael de Paula, Antoñete, Curro Vázquez, Pepe Luis Vázquez y Luciano Núñez, éste último como pincelada localista, porque en aquél tiempo también decía su cantecito con las telas de torear. Yo vi aquella corrida y, la verdad, no me acuerdo más que de la oreja que cortó Luciano. Pero la Prueba del Seis —hasta entonces relegada a los festejos de La Oportunidad—se incluyó por vez primera en ciclos taurinos de máximo rango; es decir, que la fórmula del sexteto hace muchos años que está inventada.

La Prueba del seis ha llegado ahora a los novilleros con picadores, a los chavales que generan mayores expectativas. Seis novillos, para seis novilleros. No me vale. Precisamente, los chicos que tienen clara proyección necesitan el acicate de la rivalidad y la competencia, pelear contra dos rivales directos con, al menos, una doble ocasión para vindicarse. Ponerles de seis en seis me parece un disparate y un desperdicio.

Sin embargo, he de confesar que tenía verdadero interés por acudir a ver a Andrés Roca Rey en Santander, aunque fuera colocado en la cola de la fórmula –la Prueba– del seis. No pude ir hasta el día siguiente, y bien que lo sentí. Acabada la feria, vayan y pregunten por lo más sobresaliente, lo más destacado, lo que queda en el recuerdo, y les hablarán de este adolescente peruano que ha hecho una campaña española auténticamente sensacional. Qué bueno hubiera sido verle anunciado en todas las ferias con Posada de Maravillas, Álvaro Lorenzo y algún otro que torea mil veces mejor que algunos matadores anunciados en la cartelería de lo que resta de temporada. Y son novedad, que es un valor añadido y bien cotizado.

Pues, no. A este aspirante a fenómeno le van a ver poquito, porque ya está preparando la alternativa, que tendrá lugar –cómo no—en Nimes, donde el inefable Casas se adelanta al resto de sus colegas y se lleva a su territorio taurino más amado a los futuribles de máximo atractivo, para que sean descorchados por los gerifaltes del escalafón superior en el bimilenario y ovalado ruedo del Coliseo. En esto, como en otras muchas cuestiones de su competencia, Simón es el apóstol más hábil del toreo.

La verdad es que Andrés Roca Rey llegará a Lima (Perú) con una fuerza arrolladora, porque en todos los allás del planeta taurino los triunfos de sus nacionales en España tienen una tremenda repercusión. Así, pues, la estrategia es lógica y la rentabilidad económica está asegurada. Acá –y no digamos allá–, el camino de los novilleros es un auténtico calvario. Ven poco pitón y menos dinero. Al contrario, torear les cuesta una pasta y hasta humillantes rogativas. Son muchos a meter la cuchara en un exiguo puchero, pero muchos menos que en el escalafón de los mayores.

En puridad, faltan puestos para los novedosos y sobran para los recalcitrantes; pero la Prueba del Seis no deja de ser un remiendo para tapar compromisos, para salir del paso, para cumplir con una demanda más que justificada. Un roto para un descosido.

Nada que ver con aquella Prueba del Nueve, el método aritmético que nos enseñaban los maestros en la Escuela para comprobar la veracidad de los resultados de unas monstruosas cuentas de dividir. Divisor por el cociente más el resto, igual a dividendo. Claro que, en estos tiempos cibernéticos, onlines y digitales, estas cosas sonarán a chino a las gentes de última generación. Incluidos, por supuesto, los novilleros que son sometidos a la Prueba del Seis.