El encierro y la tele

En estos días de calor senegalés la referencia del verano taurino mantiene su inveterada cita con Pamplona. Pamplona y su feria del toro son otro mundo. Otro mundo taurino. ¿Qué sería de los sanfermines sin el toro? A ver, que me digan qué señuelo puede mostrar Pamplona por estos días de julio para hipnotizar a centenares de miles de foráneos si no existiera en España el toro de lidia, ese toro que promueve una fiesta tan denostada por la nueva ola del poder político que viene envuelta en espuma de ignorancia y osadía. Porque en Pamplona, por San Fermín, la fiesta la pone el toro, el que corre por las calles cuando el sol apenas calienta la mañana. Los sanfermines son el encierro. Y la bullanga; pero sobre todo el encierro. Cada día –ocho, en total– gira en torno a esos pocos minutos en que se encuentran dos manadas de contenido bien desigual: la pequeña que forman seis morlacos bien comidos y bien armados, acompañados por una piara de bueyes gigantones bien adiestrados y la multitudinaria, variopinta y cosmopolita, de gentes que apenas caben por las calles de Santo Domingo, Mercaderes y Estafeta, hasta desembocar en la plaza de toros. Un tropel inmenso de bípedos supuestamente pensantes, contra otro chiquito de cuadrúpedos cornudos, acosados y desorientados, que pone pies en polvorosa en huída hacia adelante sobre un escenario desconocido. Insólito espectáculo. De los que subyugan y comprometen hasta el tuétano. El riesgo a la intemperie, en su máxima expresión. Esa es la esencia de la fiesta sanferminera. El resto –fundamentalmente la corrida de toros vespertina—, son aditamentos.

Pues bien, con todo y con eso, lo de a Pamplona hemos de ir con una media y un calcetín sería una milonga si no fuera por la televisión. La televisión ha hecho por Pamplona y su fiesta mil veces más que Hemingway con su misérrima novela Fiesta, muy leída, por cierto. Si no fuera por la tele y su transmisión en directo al mundo mundial, el encierro no pasaría de ser una aventura anacrónica, una españolada en blanco y rojo. Además, ¡qué bien transmite TVE el encierro, y qué bien lo comenta Javier Solano! Javier es un veterano locutor de la Casa que fue estúpidamente arrumbado por los incompetentes que en su día atracaron –en el sentido de echar amarras—en el Ente Público; pero es el mejor, es la Voz del Encierro. Quienes, más ignorantes y más osados, intentaron imitarle hicieron el ridículo.

Hace muchos años que prefiero ver el encierro en televisión –en TVE, porque otras apuestas de cacareante novedad pegaron el petardo–, ya que la fugacidad de la calle me deja in albis, como ocurre en el ciclismo.

Ahora bien, veo el encierro solo en su primera parte, en la parte digamos nuclear del evento: la carrera y su repetición. Celebro la espontaneidad y buenas maneras con que presenta el programa mi querida amiga Elena Sánchez, filotaurina y buena profesional, y me solazo con Solano. Corto y cierro. El resto es una parafernalia que trata de entretener para estirar la goma de la audiencia hasta el infinito, motivo por el cual, aquí el que suscribe hace años que se va a negro.

Y es que lo siguiente se compone de conexiones y más conexiones con puntos informativos que ofrecen opiniones de quienes andan por allí; el uno porque viene a Pamplona por primera vez, el otro, porque ha sufrido un susto tremendo, el de más allá, porque es un pastor que pastorea y arrea mandobles con la vara –llevan años entrevistando a los mismos, como es lógico–, y aquél porque tiene una pequeña anécdota que contar, y que resulta ser una chorrada. Mis respetos para los compañeros, porque están ahí para estirar la goma y lo hacen muy requetebién. ¡Qué difícil debe ser hacer de la casi nada un entretenimiento!

Ejemplo: la pertinente y obligatoria conexión con el Hospital pamplonés suele ser de coña. Perdón, digo de coña porque ¡afortunadamente! pocas veces ocurre algo grave o irreparable. He visto y he vivido momentos muy duros en Pamplona, trágicos de verdad; pero, hombre, si no hay nada que contar, repito, ¡afortunadamente!…

Sin embargo, a pesar de la gozosa novedad de que no hay novedad, ahí está el médico de guardia bien acicalado y preparado para salir en la tele y contar al mundo el notición de que se han atendido varios traumatismos, causados por torceduras, pisotones y porrazos y dos puntazos. Les digo una cosa, en el encierro que se celebra en mi pueblo, Matapozuelos, por los días de la Magdalena, también hay unos cuantos traumatismos y puntazos al cabo del día y de la noche, y nadie se echa las manos a la cabeza ni el médico o el ATS salen en la tele para contarlo.

En fin, que el encierro dispara la imaginación hasta límites insospechados. Los diarios navarros son más navarricos que nunca y llenan páginas y más páginas con fotos del toro que resbaló, del mozo que se libró o del cabestro que se fue por las pencas en plena carrera. Este año, por ejemplo, que el toro Curioso, de José Escolar, se volviera por propia iniciativa hacia los corrales ha dado la vuelta al mundo y le ha quitado protagonismo –qué curioso– al mismísimo Alexis Tsipras, que ya es quitar.

Definitivamente, los sanfermines son un desmadre, una desmesura; pero, también, una máquina de hacer dinero. Y yo me alegro de esto último, sobre todo por la parte que le toca a la Santa Casa de Misericordia, esa MECA que tan bien han sabido gobernar mis amigos Ignacio Cía, José María Marco y Eugenio Salinas.

San Fermín, el santo del capotillo al que cantan los mozos su plegaria mañanera en castellano y en euskera, es el mejor samaritano de la corte celestial. Y la tele, promocionando los encierros hasta exprimir las últimas consecuencias, por nimias que sean, su lanzadera más eficaz, con su imponente e impagable carga publicitaria. ¡Ya te digo!