La coleta

Tiempos revueltos, estos que vivimos. Tiempos eólicos, con vientos que soplan de oriente a poniente, de derecha a izquierda y viceversa. Está el país a la expectativa, sin saber, de momento, a qué atenerse, con la veleta de la vida de las gentes que lo habitan desorientada, hacia un albedrío indescifrable. La cosa política está que arde... alimentada por la yesca irreconciliable de estos con aquellos, enfrentados todos en su lucha indisimulada por la conquista del poder. El toro de España se muestra abanto y barbea las tablas, buscando la salida; una salida límpida hacia un futuro lúcido, desde un presente penumbroso. En esas estamos. Y en tal incertidumbre, aparece de nuevo una coleta masculina, coleando como jamás hubiéramos presagiado.

La coleta pendiente de la nuca varonil –excepción hecha de la de los chinos, durante la dinastía Quing- tiene, como es bien sabido, una connotación genuinamente taurina y, por tanto, española. Se deriva de aquella moña que los toreros primigenios del siglo XVIII formaban con un rebujo de pelo, dejado crecer aposta en la parte de atrás de la cabeza, que encerraban en una redecilla, para mejor proteger el occipital de los porrazos que podían ocasionar unos toros feroces, aviesos y mansurrones. Célebres fueron, por tanto, las coletas recogidas de Costillares, Pepe Hillo o Curro Guillén, hasta llegar a Paquiro, que rompió moldes en el indumento del matador y lo elevó a la máxima categoría, hasta entonces asumida por los picadores. Fue entonces cuando la moña pilosa y su red trocóse en trenza vistosa y ostensible. Los toreros decimonónicos la llevaban con orgullo, incluso de paisano. Era su toque de distinción, su quid de reconocimiento: Ahí va un torero, decían a su paso.

Hasta que llegó Belmonte y, en uno de sus arranques geniales, ordenó a su peluquero Toribio una soleada mañana madrileña: ¡Córtame eso…! Desde entonces, las coletas toreras pasaron a la historia; pero se guardó su reminiscencia en lo que llamamos castañeta, que es un añadido de pelo natural… pero postizo, prendido con un pasador, desmontable todo ello. Un sí, pero no.

Pablo Iglesias, reconocido militante de la izquierda de una vieja época, aspirante a las más altas instancias del Estado de nuestro país y líder del partido político Podemos, lleva también una frondosa coleta, anudada a la mitad y colgante por entre los omoplatos. Lo que en la mujer se ha conocido toda la vida de Dios como una cola de caballo, dicho sea sin intención peyorativa, hacia él o ella. Para este Pablo Iglesias de última generación, como para los referidos toreros de antaño, la coleta es su seña de identidad más significativa. Le quitas a Pablo Iglesias la coleta y es menos Iglesias, o menos Pablo, según la confianza de trato. ¿Sabrá este joven y ambicioso político algo de las concomitancias taurinas de tal adminículo?

Dúdolo. No hay más que echar un vistazo al documento final de su Programa Colaborativo, cuyo punto 6.7 especifica taxativamente: Prohibición de la Tauromaquia y del tráfico de especies exóticas o en peligro de extinción.

Vuelvan a releer el párrafo, porque su redacción es, en sí misma, un clamoroso contrasentido, y denota una total opacidad con respecto a lo que la Tauromaquia y el toro de lidia --su elemento básico— representan en nuestra cultura, nuestra historia y nuestras tradiciones, cuestiones todas –junto al paralelismo con el maltrato animal-- cuyo discernimiento no me pete abordar en este momento; pero sí le diré que no tiene ni idea de lo que propone ni de sus consecuencias.

Mire usted: si por un raro acaso pudiera llevar a cabo tal prohibición en todo el territorio nacional, redundaría de facto en la extinción de una especie única, patrimonio universal de nuestro país. El toro bravo no tiene sentido si no se muestra el carácter que biológicamente le diferencia de los de su especie. No es un ser vivo, semoviente y alelado, carne de zoológico, ni son las dehesas donde se cría inmensos solares arbolados pasto de urbanización. ¿Acaso es eso lo que pretende?¿Hay en el mundo un espectáculo más po-pu-lar y de-mo-crático que la corrida de toros?

Me consta, sin embargo, que ha dado marcha atrás. Un poquito, solamente. Y no, ciertamente, por los motivos que acabo de exponer. Poco antes de los recientes comicios autonómicos y municipales compareció junto al candidato de su Partido a la presidencia de la Comunidad de Madrid, José Manuel López Rodrigo, quien reconoció que, simplemente, lo que harán en Podemos es no subvencionar los toros. Y lo dice, precisamente, cuando la Comunidad, propietaria de las Ventas, se lleva todos los años alrededor de ¡un millón de euros!, que es el beneficio líquido resultante del canon que cobra por explotar la Monumental. Otro que no tiene ni idea de lo que se trae entre manos.

Me preocupa que los políticos emergentes –con independencia de su ideología—sean tan legos y tan osados en materia taurina, a la vez que me inquieta su volubilidad en función de la dispersión del voto. Quieren prohibir la Tauromaquia –con todas las letras en su Programa-- y cuando barruntan que les pueden castigar las urnas, reculan, como los mansos ante el caballo de picar, donde también se castiga.

El insigne escritor Ramón Pérez de Ayala, redactó un magistral artículo titulado Política y Toros, en el que, entre otras cuestiones trata ese vicio tan español de discutir interminablemente sobre asuntos y cosas que no admiten discusión. Política y Toros, cuando se juntan en España, se repelen, utilizando a estos –los toros-- como argumento contra el bando contrario, sobre todo si dicho bando es, digamos, conservador.

Salustiano Olózaga, aquél político progresista que, al parecer, sedujo a una púber Isabel II, ya pronunció un alegato antituarino en el Congreso, tras la muerte de Pepeteen Madrid, en 1862, aunque no se mojara en lo personal, de lo cual se valió su adversario parlamentario para espetarle: El señor Olózaga no se ha atrevido por su nombre a condenar las fiestas de toros, porque es aficionado a ellas. Y es que algunos políticos de la llamada izquierda, tienen cierta tendencia a derechizar la fiesta de los toros, probablemente porque, como decía Jean Cau:… quieren hacerla aparecer como barbarie y rito, muerte y pasado; así pues de derecha, ya que en la izquierda todo es progreso y vida. ¡Oh, santa simplicidad! ¡Oh, terror intelectual! ¡Cuántas sandeces haces decir a algunos corazones ingenuos!

La coleta de Pablo Iglesias puede que siga apareciendo sobre su espalda largo tiempo, el que permitan las gentes que apoyan su oferta política. De momento, con el tema taurino, ha desbarrado. O sea, que también bambolea su criterio, como su coleta. Ahora prohíbo, ahora no prohíbo. Sí, pero no, como la castañeta, que es coleta de pega y, en vez de proteger, ocasiona algún que otro chichón y, por tanto, quebraderos de cabeza. No me vale. En democracia, las cosas claras, sobre todo en asuntos de tan hondo calado en nuestro país.

Ocurre, sin embrago, que en regímenes de ordeno y mando las cosas funcionan de otra manera. En cualquier momento se puede oír, ¡exprópiese! Pero no es esto lo que queremos para España, ¿verdad señor Iglesias?

Por si acaso, le remito a otra frase del citado Ramón Pérez de Ayala: Si yo fuera dictador en España, prohibiría las corridas de toros; como no lo soy, no me pierdo ni una.