Los valientes también lloran

Los hombres, con independencia de la actividad que desempeñen o de la posición que ocupen en los grupos sociales de que forman parte, siempre han encontrado un motivo y un ratito para llorar. No es vergonzante, al contrario, es saludable. El llanto suele procurar un benéfico estado de ánimo, una sensación de alivio frente al infortunio, una corriente sentimental que conduce a lo que llamamos desahogo. Es bueno desahogarse a través del lagrimal, según recomiendan algunos preceptos terapéuticos. Las lágrimas de San Pedro o del chico Boabdil pasaron a la Historia como símbolos paradigmáticos de hechos trascendentales. El llanto no tiene por qué ser un signo de debilidad o claudicación, ni una cuestión sexista. Los hombres, bajos o altos, ineficaces o poderosos, pobres o ricos, lloran de vez en cuando. Y los valientes, también.

Echen una ojeada a la imagen que encabeza estas líneas y verán un ejemplo fehaciente del último aserto. Es una imagen que transporta el alma de un artista cabal y el cuerpo de un torero valiente. Su gesto está contraído por un llanto a medio asomar. ¿Por qué llora este hombre, si parece recoger los parabienes de un público que le aclama? ¿Qué circunstancias pueden causar este rictus agridulce en el rostro de un torero? Se puede llorar por pena, por angustia, por rabia, por impotencia o por otras muchas causas que acechan al hombre en esta puñetera vida; pero Rafaelillo, el torero de la estampa que porta montera y clavel, llora por sentirse víctima de un sinsentido, de una estampida de la lógica, que es el más incongruente de los motivos que pueda encontrar el hombre para llorar: no ha sido capaz de acabar una obra admirable.

Se había arrastrado al cuarto toro de la tarde. Una mole de 606 kilos, apretado de carnes, de gruesas pezuñas y armado con dos leños anchos de mazorca. Un toro clásico del molde de Miura que venía a redimir una corrida abocada a un nuevo fracaso del ciclo torista, tan depauperado este año en Madrid. Rafael Rubio, Rafaelillo había saludado a este segundo toro de su lote con una larga cambiada de rodillas en la raya del tercio, entre los tendidos 7 y 8, y toreado a la verónica como buenamente le dejaba aquél torpedo de pelo cárdeno bragado, que después cumplió en varas muchos mejor que sus hermanos de camada anteriores –y que los dos que faltaban por salir al ruedo--, acudiendo raudo, con buen tranco, a quienes caracoleaban por sus dominios con las banderillas. Rafael Rubio quiso encontrar muy pronto más virtudes que defectos en el toro que tomaba los vuelos del capote de José Mora y se fue a los medios a brindar a las gentes que ocupaban casi todos los asientos de la Plaza, encaminándose de nuevo al terreno del saludo capotero para volver a hincarse de rodillas y pegarle al tren procedente de Zahariche, con destino Ventas, cinco pases por alto de escalofrío, porque los cuernos de aquél cuadrúpedo mozarrón pasaban por encima de los rizos morenos del flequillo del torero. Y después, a torear en los medios del ruedo.

A torear sin la más mínima vacilación, con los pies asentados en la arena y la muleta fuertemente asida por el estaquillador con la diestra y la siniestra, para trazar series en redondo y al natural que fueron ganando en intensidad y en calidad conforme transcurría la faena. El público, estremecido por aquellas embestidas encastadas, pero humilladas, del toro y asombrado por la resolución y el temple que este murciano imprimía a los muletazos, entró en la faena con una rotunda unanimidad. Esta vez dejaron hacer al torero. Respetaron su ánimo y sus formas. Ni un pero a su colocación que es la elemental, la única posible después del primer cite: esperar al toro con la muleta puesta en la dirección de la embestida, para que se empape en ella, aguantándolo por su terreno, que es donde el riesgo es más evidente, porque el toro ve ambos objetos –hombre y muleta-- y puede elegir. Un riesgo que se palpaba, porque el miura, bravo y codicioso, no perdonaba el menor error, de forma que cuando Rafaelillo menospreció ese riesgo, el toro le metió el pitón por encima de la bragueta de la taleguilla, desgarrándole el raso del calzón y parte del chaleco. ¡Pocas bromas con un miura!

Hemos de hacer constar que el toro, de nombre Injuriado, fue atemperando su empuje y acabó humillando con una boyantía extraordinaria. Pero había que estar allí. Había que plantarle cara a ese toro encastado, adelantando la muleta y llevándolo prendido en la tela hasta consumar la redondez del muletazo, lo cual no era fácil, dada la diferencia de dimensiones entre el brazo del torero y la longitud del toro. Y, sin embargo, los naturales fluyeron esplendorosos,  largos y profundos, monumentales los pases de pecho, incluso gráciles los adornos. Faenón de Puerta Grande. Tarde de consagración. La tarde que sueñan los toreros cuando actúan en Madrid. Solo falta tirarlo patas arriba de una estocada.

Esa estocada no llegó, sino después de dos pinchazos y de que el Presidente de la corrida le enviara un aviso. Adiós Puerta Grande, ¡y qué falta le hacía a Rafael!

Se fue el torero a las tablas y se dio de cabezazos contra ellas. No se lo podía creer, ni se lo podía permitir. En ese momento empezaron a brotar las lágrimas de un hombre al que los cuernos de un torazo imponente habían desgarrado su traje de luces. Se abroqueló en el burladero, saludo una atronadora ovación y dio la vuelta al ruedo más clamorosa de la feria, una vuelta que vale cien veces más que algunas de las orejas concedidas. La dio, despacito, jadeante por la emoción, hiposo por el desencanto, atragantado por el llanto. Los valientes, también lloran.

 

El resto de la corrida tiene una corta historia que contar. El primer toro fue un inválido que debió volver a los corrales y con él Rafaelillo no pudo sino mostrar un ineficaz voluntarismo. Javier Castaño se enfrentó a un miureño de similar comportamiento, con cierta docilidad, pero sin entrega, y a un pájaro de cuidado que desarrollo mucho sentido en el tercio final, con una cansina media arrancada. Quienes pitaron al torero durante la faena, también fueron incongruentes. Y Serafín Marín toreó un señor toro, de magnífica estampa, pero huero por dentro, que embistió medio derrengado con apuntes de nobleza por el pitón izquierdo, el mismo pitón por el que se desplazó el sexto, un toro que tan pronto echaba la cara arriba como se deslizaba con mansueto viaje y que fue sobrevalorado, precipitada e injustamente, por una parte de la afición.

Se fue Rafaelillo de la Plaza entre el general reconocimiento a su brillantísima labor, pero a pie, por la puerta de cuadrillas. Comprendo su frustración. Si de consuelo sirviera –que no servirá--, quiero dejar constancia de que, en mi opinión, ha sido el autor de la faena que despertó las emociones más intensas de esta larguísima feria de San Isidro.

Que alguien premie a este tío como merece, por favor.

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro. Trigésimo primera de feria. Ganadería: Hijos de Eduardo Miura, corrida en tipo, con toros cárdenos de pelo, agalgados, altos de cruz, zanquilargos y de notable arboladura. Inválido el primero, dócil sin entregarse en segundo, también inválido el tercero, recrecido y encastado el cuarto, de largo recorrido; a la defensiva el quinto y de cansina nobleza el sexto. Fueron prontos al caballo, pero hicieron desigual pelea, la mayoría corneando el peto indiscriminadamente. Espadas: Rafael Rubio, Rafaelillo (de fucsia y oro), pinchazo y media con escandaloso derrame (silencio) y dos pinchazos y estocada (aviso y vuelta clamorosa), Javier Castaño (de blanco y oro), pinchazo y buena estocada (aviso y silencio) y pinchazo, pinchazo hondo y descabello (silencio) y Sefarín Marín (de celeste y oro), dos pinchazos y estocada (silencio) y tres pinchazos, estocada desprendida y dos descabellos (aviso y algunos pitos). Entrada: Casi lleno. Cuadrillas: Brillaron en tareas de brega Marco Galán y Ángel Otero. Saludaron en banderillas Fernando Sánchez y en citado Ángel Otero. También Curro Robles colocó un gran par al sexto. Incidencias: Tarde calurosa, con molestas rachas de viento. El quinto toro prendió a Marco Galán a la salida de un par de banderillas, infiriéndole una cornada en el escroto con evisceración del testículo izquierdo y un puntazo corrido en la pierna izquierda, además de múltiples contusiones y erosiones. Fue operado en la enfermería de la Plaza y trasladado al hospital San Francisco de Asís. Pronóstico, menos grave.