Infumable

Tardes como estas dan que pensar. Por una parte refuerzan la teoría de que los toros –como las personas— tienen días, porque de lo contrario no se explica que dentro de una misma camada o de una misma reata, salgan individuos de carácter tan diferente, y por otra, constatan la evidencia de que, asumido por el público el pésimo juego del ganado, el ganadero salga de la Plaza tan orondo y el torero abatido, derrotado, envuelto en una bronca monumental y entre una lluvia de almohadillas.

Manuel Jesús El Cid, echó el resto en la apuesta más dura de su carrera taurina. Más dura, con diferencia que la de Bilbao, también con seis buenos mozos de la “A” coronada, de la que salió magnífico y reforzado. En esta de Madrid, se jugaba mucho más: su vindicación como torero de máxima importancia entre los de su generación. Tiró la moneda y le salió cruz, del envés, del revés. Quedó, pues, boca abajo, ofreciendo en bajorrelieve la trilogía del desencanto, la desesperación y el sufrimiento. A partir de hoy, las cosas van a cambiar y a afectar negativamente en la trayectoria de la temporada, y El Cid lo sabe.

Cuando suceden estas cosas, el público de toros en España, en general, una de dos, o no sabe discernir o no quiere que el fracaso se comparta. Toda la culpa cae sobre la espalda del torero.

No quiere esto decir que aliente la iracundia en otra dirección, pero sí que se repartan las responsabilidades. En la pasada feria de abril de Sevilla, Victorino echó una gran corrida de toros, con un ejemplar de bandera, al que toreó superiormente Antonio Ferrera, pero, en la ocasión que nos ocupa, toda la corrida, en mayor o menor grado, ha sido verdaderamente infumable, imposible para el mínimo lucimiento, entendiendo por tal el toreo concebido como arte. No hay cristiano que le pueda meter mano a un lote de toros de tan desabrido carácter, con tan indisimulado espíritu maligno. A los victorinos de ayer, no les pega pases ni el mismísimo Rodrigo Díaz de Vivar o El Guerra que resucitaran.

Vendrán ahora los adalides de la conspicua afición y dirán que había que haber lidiado sobre las piernas, que todos los toros tienen su lidia, que hay que poder primero y matar guapamente después… Ya, ya. Hace esto El Cid ayer y sale escoltado por las FOP. Manuel, el hombre, intentó hacer el toreo que de él se espera, esto es, largo, templado y ligado, especialmente sobre la mano izquierda. Decenas de veces lo ha hecho en esta misma Plaza, ante toros de este temido hierro. En ella y con ellos forjó su carrera y ganó su prestigio; pero los pájaros de cuentas de ayer, como si quisieran pasarle una factura atrasada, le pusieron contra las cuerdas. Y el público, que le había mostrado su apoyo nada más deshacerse el paseíllo con una cariñosa ovación, le enseñó las uñas en el último tramo de la corrida, dejando como paupérrima sanción a los principales causantes de la derrota una póstuma ración de pitos sobre el cadáver cárdeno de los tres últimos toros. Incluso hubo quien, en un alarde de inaudita estupidez, aplaudió a las alimañas, para zaherir aún más al hombre que las abatió, abocándole a su propio abatimiento.

El Cid fracasó porque no le salieron bien las cuentas ni le embistieron los toros; pero no fracasó sin paliativos. En el victorino que abrió el festejo impuso su autoridad frente un toro bronco e inquieto, que comenzó frenándose ante el capote y acabó sin terminar de pasar en el remate de los muletazos. Dibujó algunas trincherillas garbosas y tal cual natural de buen trazo, pero le pegó un horrible metisaca sabe Dios dónde. A partir de ese desagradable episodio comenzó la cuestabajo de la corrida. El segundo, mal picado, fue rebañón, con la cara alta y reponiendo terreno cuando perdía el faldón de la muleta, el tercero, un marmolillo, sin celo y sin entrega, el cuarto cortó la salida a los banderilleros, y esperó paciente hasta hacer carne en la axila de uno de ellos, David Pirri. Fue este un tercio caótico, en el que los hombres de plata o azabache estaban literalmente vendidos a las maniobras arteras de aquél toro malandrín. El quinto, de preciosa lámina, más de lo mismo, otro cazador furtivo de toreros que afortunadamente no encontró pieza, y el sexto, el último sicario de tan destructivo lote. Ni un pase. Al menos, ni un pase de mediana calidad. Repetimos: infumable corrida.

Poco antes de que dieran las nueve, cruzaba El Cid el ruedo de Las Ventas, ya sembrado de almohadillas, en dirección al patio de caballos. Caían sobre él denuestos y silbidos. ¿Pudo estar mejor? Lo dudo, pero ello no obsta para que eludamos el calificar de fracaso su intentona vindicativa.

En las Plazas americanas, especialmente las colombianas, cuando una corrida de toros sale mansa, peligrosa e imposible para el lucimiento, el público grita a coro: ¡Ganadero, pícaro…! He visto a más de uno acharado, con las orejas gachas, salir del burladero del callejón, expulsado por el clamor popular. También el torero llevó lo suyo, pero –qué cosas—bastante menos que el criador de los elementos de su infortunio. Lejos de nuestro querido solar, las cosas se ven de otra manera.

Corolario:

Un torero de Salteras sale de Las Ventas entre el griterío de una afición –una masa de público, más bien—desencantada, con una sentencia: ya no es lo que era. Y un ganadero de Galapagar, con otra bien distinta: los bravos quedaron en el campo. El manejo de los tópicos, a veces, es caprichoso.

Si aquél rey de Israel llamado Salomón llega a ver esto, y se sometiera a su severo juicio, hubiera emitido un veredicto más ajustado a la realidad. Una solución, como la célebre suya, bien drástica, pero más acertada.

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro. Vigésimonovena de feria. Ganadería: Victorino Martín: Corrida bien presentada, musculada y bien armada, en la que solo el primer toro, aunque brusco y de viaje corto, ofreció alguna opción al torero; el resto, fue un desfile de bravucones de mala casta, que apretaron al caballo de picar y buscaron al torero en todos los pasajes de la lidia, especialmente, los lidiados en cuarto, quinto y sexto lugar, que fueron auténticas alimañas. En resumen, corrida imposible para el arte del toreo. Espada: Manuel Jesús El Cid, en solitario (de nazareno y oro), metisaca en el costillar (silencio), media estocada (silencio), estocada caída (silencio), estocada y dos descabellos (silencio) media estocada y tres descabellos (pitos) y media y descabellos (pitos). Entrada: Casi lleno. Cuadrillas, picaron bien Francisco María y Tito Sandoval. En banderillas arriesgaron Curro Robles y, sobre todo, Cándido Cruz. Incidencias: El cuarto toro alcanzó al banderillero David Saugar, Pirri, infiriéndole una cornada en la axila derecha, de 15 centímetros. Pronóstico, menos grave. Tarde veraniega. El Cid abandonó la Plaza entre gran bronca y lanzamiento de almohadillas.