El cortante de Toledo

Ayer jueves, jueves especial en el calendario, uno de los tres jueves que la tradición eclesiástica y popular señala como más relumbrantes que el sol, había que ir a Toledo, a por el cortante. El cortante es ese subterfugio hostelero que se incluye en el menú de los banquetes, ágapes o como quiérase llamar a toda comilona que se precie para –supuestamente—confortar las paredes del estómago y reactivar sus jugos gástricos, a fin de poder seguir disfrutando del atracón… hasta que el cuerpo aguante. Ignoro si cumple los efectos pretendidos, pero, en efecto, ese pequeño granizado de frutas o cítricos, servido en tubo de cristal, ciertamente, se agradece. En este caso, el cortante toledano se servía en forma de corrida de toros tradicional y en la copa de su plaza de toros. Después de veintisiete tardes consecutivas, y en plena semana torista de la feria de San Isidro de Madrid, un refrigerio, un cortante taurino, no le viene mal al cuerpo.

El del Corpus Christi de Toledo sigue siendo su día grande por excelencia. La ciudad, maravillosa, deslumbrante y cosmopolita, es invadida por una multitud variopinta de gentes del lugar y de su alfoz, curiosos, turistas y devotos que asisten a la tradicional procesión de la Sagrada Custodia de Arfe, entre alborozos y recogimientos. Es media mañana. Miles y miles de almas en Zocodover. Calorazo. Por la tarde, a los toros. Corrida tradicional, porque la tradición manda, mañana y tarde. Una tarde como esta debió inspirar a Corrochano aquella célebre cónica titulada La talla del Montañés, referida a una actuación, también deslumbrante, del gitano Cagancho –“pasa el toro sin que el leño se mueva…”-- , tan inconstante él, el torero, en tardes de ese cariz.

El llenazo en los tendidos de la Plaza era para verlo. No es que no cupiera un alfiler, es que parecía temerario intentarlo. Jamás se vio algo semejante, desde los tiempos ya remotos de Benítez. Alboroto en el gentío. Por la parte de sol –treinta y cinco grados, más o menos-- la protesta va adquiriendo caracteres de tumulto, porque no caben los que entran por las bocanas. Se retrasa quince minutos el paseíllo. Al fin, Morante, El Juli y Talavante, parten Plaza. ¿Dónde está la crisis de la Fiesta?

La corrida, de Domingo Hernández, comparada con las que he dejado atrás en Madrid, es menos corrida, más terciada, ad hoc, para el acontecimiento, bajos de casta y de fuerza. Al los toreros se les ve relajados. También para ellos, después de pasar el trago de la feria de San Isidro, esta salida a las puertas de Madrid, es un cortante servido ante la Puerta de Bisagra.

Toda la corrida fue seguida con gran interés por el público, un público preparado para disfrutar con el arte de los toreros y el juego de los toros. Nadie, que se sepa, fue a representar la función de miembros de un jurado en juicio sumarísimo. Se aplaudieron con arrebatado entusiasmo lances, muletazos y estocadas, se gozó con las pinceladas de Morante, en las apretadas verónicas o los gráciles lances del delantal, con su toreo de muleta de estudiada suavidad a un toro, el cuarto, de suavona embestida y su forma certera y ortodoxa –como lo leen—de ejecutar la estocada a volapié. Se encendieron los ánimos y el alborozo cuando El Juli encendió a su vez la traca de su toreo de raza, ante dos toros nobles, uno, el quinto, especialmente bravo y codicioso. Lances ceñidos, quites variados, series en redondo compactas y templadas y las novedosas luquinas y bernadinas de remate, antes del colofón de dos estocadas cobradas con su peculiar zambullida. Y se entregaron con el toreo de Talavante, muy mejorado en el manejo del capote, aunque solo apuntara unos lances al sexto, y su entrega en el tercer toro, que se le fue a las tablas sin el menor recato; pero, sobre todo, en el comienzo de faena al último de la corrida, con ambas rodillas en tierra, intercalando la arrucina de hinojos, que me parece una locura. Una locura, también, estalló en los tendidos. Faenas de Talavante en sentido descendente, en lo que a lucimiento se refiere, por las condiciones de los toros, como los de Morante, muy a menos, y el detalle de estoquear en los medios.

Se exponen todas estas cuestiones para trasladar el ambiente de una tarde que en la inmensa mayoría de los lugares del mundo se plantea como una fiesta: la   fiesta de los toros, y para justificar la escapada a Toledo, a por el lenitivo que me pedía el cuerpo: el cortante entre medias del tramo final de una comilona abundante en colesterol taurino.

El cortante es, también, un instrumento afilado con el que Toledo ha ganado justa fama universal. Sirve –perdón por la obviedad—para cortar cosas. Incluso orejas de toros de lidia. Ayer, en la ciudad Imperial, se cortaron seis.

 

Toledo. Corrida del Corpus. Ganadería: Domingo Hernández y Garcigrande (2º). Toros de correcta presentación, en tipo del encaste, en general justo de casta y de fuerza, el mejor, el quinto, bravo, noble y codicioso. Espadas: Morante de la Puebla (de azul rey y oro), pinchazo, estocada y dos descabellos (silencio) y gran estocada (oreja), Julián López, El Juli (de azul noche y oro), estoconazo trasero (dos orejas) y estocada sin puntilla (dos orejas) y Alejandro Talavante (de gris perla y oro), pinchazo y estocada desprendida (ovación) y pinchazo y estocada en los medios de la Plaza (oreja). Entrada: Lleno de No Hay Billetes. Cuadrillas: Destacaron con la vara de picar Aurelio Cruz y Diego Ortiz, en la brega Carretero y en banderillas Juan José Trujillo, Francisco Javier S. Araújo y Lili. Incidencias: Tarde de calor agobiante. La corrida se retrasó quince minutos en su inicio por las dificultades del público en acceder a sus localidades. El Juli salió en hombros al final de la corrida.