Esto es Madrid, señores

El señor Valderrama era un venerable aficionado al que conocí en aquellos años en que me forjaba como aficionado adolescente en la Plaza de Las Ventas: los venturosos años 60. Dicho señor, de rostro ya muy curtido por los años y con abundantes calvas entre las hebras de su pelo encanecido, debía rondar los ochenta, o eso aparentaba a mis ojos juveniles. En cualquier caso, el señor Valderrama era por sí mismo, un caso. Se pasaba toda la corrida despotricando de toros y toreros, pero no le bastaba su perorata durante la lidia, sino que después, en las afueras del patio del desolladero, lideraba una pequeña tertulia entre quienes nos acercábamos a ese foro improvisado, para discutir de forma vehemente acerca de lo que había ocurrido esa tarde en el ruedo. Recuerdo su apasionamiento, su verborrea incontenible… y la ironía –y la santa paciencia-- con que le llevaban la contraria otros aficionados más moderados, pero no menos entendidos en la materia. El señor Valderrama se batía el cobre con todos, y a pesar de sus encendidas proclamas, todas aquellas anochecidas salía trasquilado. No le gustaba ningún torero de las consideradas grandes figuras de la época. Era partidario de los segundones. El señor Valderrama estaba considerado un contestatario, un anti-sistema, un pequeño héroe en plena senectud, pero era mi ídolo, porque despertaba una balsámica ternura. Debió morir al poco tiempo con las botas puestas, esto es, abrazado a su credo taurino.

La cita del preámbulo trata de recordar que la Plaza de Las Ventas --como antes ocurriría con las antecesoras de la Puerta de Alcalá y la carretera de Aragón—siempre ha tenido un tipo de público, muy localizado, que se ha distinguido por su aversión al torero rico y famoso, o --por utilizar una terminología deportiva-- su marcaje a las figuras. Un marcaje férreo, sin concesiones. El aliento en el cogote. Leña al mono, siempre que el mono sea ese torerito mentiroso que tiene engañados a los paletos de provincias. Esto es Madrid, señores. Cuidadín, cuidadín.

Lo bueno del caso es que los valderramas de aquella época tenían en la Plaza una seria y aplastante oposición, compuesta por la inmensa mayoría de aficionados que tapaban la piedra colmenareña de los tendidos, de tal forma que los sempiternos marcadores eran macados a su vez con severa contundencia, como el Alguacil alguacilado del sueño quevedesco, donde el demonio paga al exorcista con su propia medicina, lo cual no empece para que, en casos de flagrante infracción o intolerable actuación ambos sectores entraran en sintonía. Pero de dictaduras minoritarias, nada de nada. Esto es Madrid, señores.

Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, como dice don Hilarión en la Verbena de la Paloma. Hoy, en estos tiempos, el público de toros de Madrid se reduce al bastión localizado de los marcadores y a un resto imponente e inoperante, pero sobre todo, incompetente. No hay color. Una de las porterías, la más grande con diferencia, está vacía de contenido. No hay partido.

Ayer, con dos figuras contrastadas en el cartel, el resultado era fácil de predecir. ¡Pum, petardo! El Juli, torero madrileño de inusitada precocidad, considerado figura descollante en el universo taurino, es, empero, una víctima propiciatoria, un bocado exquisito para ser fagocitado sin contemplaciones por el público de Madrid. Le embistieron los tres toros de Victoriano del Río, a los tres los toreó de capa y muleta con evidentes ansias de triunfo. ¿Le pudo esa ansiedad? ¿Es que su toreo no tiene el menor mérito? ¿Son unos palurdos los públicos del resto del mundo? Se entregó sin reservas, dio decenas de pases, arrebatado, acelerado quizás, pero largos y bien templados, a pesar del estorbo impertinente del viento, y sin embargo la reacción fue de palmario rechazo, incluso adobada por un punto de crueldad, con consignas lacerantes y oles de guasa. ¿Tan mal estuvo El Juli? Pues, mire usted, ni mejor ni peor que otras tardes de años atrás, cuando triunfó rotundamente en este mismo ruedo. Y ahí lo dejo. Saquen ustedes las oportunas conclusiones.

Con Miguel Ángel Perera ocurrió algo parecido. Solo parecido. Ni punto de comparación en cuanto a fustigación impenitente se refiere. Bien es verdad que lidió los toros menos lucidos de Victoriano del Río, el jugado en segundo lugar, alocado y sin fijeza, y el que hizo cuarto, un galafate de 660 kilos que comenzó tomando bien la muleta y acabó rajándose sin contemplaciones. En este toro acaeció lo más atractivo de la corrida, el único momento en que despertó el bando inoperante: fue en el tercio de quites, cuando Juli entró por esas chicuelinas sui géneris citando despatarrado que esta vez le salieron bordadas y Perera respondió con unas apretadas y emocionantes gaoneras. Se llevaron la ovación de la tarde. La única, porque aunque el sobrero de Montalvo que cerró el festejo, lidiado muy bien por Fini, no dejó de embestir a la muleta del Miguel Ángel, a esas alturas la gente ya era presa del desencanto. Se sucedían las series y la gente miraba el reloj. No digo más.

Perdón, diré algo más: No se entiende cómo una corrida de tan alto rango, del máximo fuste, puede presentarse tan descabalada de romana y de hechuras. ¿Acaso ya no se pueden lidiar en Madrid seis toros de una misma camada, parejos, armónicos de tipo y seleccionados por nota? Si los matan las figuras, probablemente, no.

Cuando el referido toro sobrero de Montalvo ya colgaba de los garfios del desolladero, y los toreros desfilaban por el ruedo entre una tibia división de opiniones, antes de dirigirse al Palco Real para ser cumplimentados por las autoridades, se veían por las dependencias de Las Ventas y sus aledaños muchas caras pintadas de un verde opaco de decepción que contrastaban con otras, unas pocas, sonrientes, acompañadas por ademanes ampulosos, caminando en busca de una caña de cerveza reconfortante. ¡Pum, petardo!

Esto es Madrid, señores, taurinamente hablando. El señor Valderrama lo tuvo más difícil.

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro. Corrida de Beneficencia. Ganadería: Cinco de Victoriano del Río y uno de Toros de Cortés (3º). Descabalada de presentación, al punto de haber una diferencia de peso de 170 kilos entre dos toros. Inadmisible. Cuatro cinqueños (dos de ellos a un par de meses de cumplir el límite reglamentario de edad) y dos cuatreños, todos ellos grandes y muy armados. En general, abantos y protestones ante el caballo de picar, pero de buen juego en la muleta, especialmente primero, tercero y quinto; el segundo tuvo muy escasa fijeza y el cuarto acabó rajándose. Se devolvió el sexto, al manifestar debilidad después de apretar bravamente en varas y se lidió uno de Montalvo, también bravo en varas y a menos en el tercio final. Espadas: Julián López El Juli (de sangre de toro y oro), media trasera y dos descabellos (leve división), casi entera tendida y trasera (algunas palmas) y estocada trasera y descabello (algunos pitos) y Miguel Ángel Perera (de pizarra y oro), pinchazo y media caída (silencio), estocada y descabello (aviso y palmas) y estocada (silencio). Entrada: Lleno de No Hay Billetes. Cuadrillas. Bregó con eficacia Jesús Díez, Fini, que también se lució en banderillas, junto a Guillermo Barbero. Incidencias: Tarde de calor bochornoso con rachas de viento que molestaron a los toreros. Presidió desde el Palco Real la Infanta doña Elena, acompañada del presidente en funciones de la Comunidad de Madrid, Ignacio González y del ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert. Los matadores brindarona la Infanta sus primeros toros, y El Juli, a su todavía convaleciente compañero David Mora, que se encontraba en el tendido.