La Puerta que atrancaron las espadas

Premisa indispensable: Gran corrida de Núñez del Cuvillo. Ayer decíamos eso de “El Toro, simplemente”, para contar y cantar las glorias de un toro excepcional de Victorino y otros de atractivo juego, y hoy lo repetimos para hacer exaltación de un lote de toros de los que consagran a una ganadería y a una terna de toreros. Porque el toro, amigos, es o no es serio, fuerte, bravo, y encastado, digno de alabanza y admiración, con independencia del marchamo que se grabó en el cuadril o la solana de su nalga. Ayer, en Sevilla, los seis que llegaron desde los prados de El Grullo a la arena de la Maestranza (con sus lógicos matices) también merecen ser contados y cantados sin prejuicio alguno. Si el aficionado que se precia de torista, no acepta la magnificencia de la corrida de Cuvillo que ayer se lidió en Sevilla, en presencia y en esencia, una de dos, o no es torista o no es aficionado.

Como los pequeños matices se recogen más abajo de estas líneas, vayamos ya con el discernimiento de la duodécima corrida de abono de esta feria de Abril que anteayer tiraba para arriba y ayer alcanzó cotas insospechadas. La pusieron en órbita unos toros, los de Cuvillo, y un torero, José María Dols Samper, Manzanares, por remoquete dinástico.

No miren ustedes en la reseña los resultados tangibles, porque no los hubo. Ayer, en Sevilla, solo se paladeó la gloria del toreo, y tanto una como otro, son intangibles ¡Qué más da el número de orejas! Ni una se contabilizó en esta corrida y, sin embargo, será recordada por mucho tiempo como la de la Puerta del Príncipe que atrancaron las espadas. Principalmente las que usó este Manzanares-hijo, que este año se ha vestido de luto permanente por la muerte de su señor padre, como Joselito el Gallo hizo durante todo el año 19 por la de la señá Gabriela. Este Manzanares-hijo que es un torerazo de padre y muy señor mío y que hacía su cuarto paseíllo de la temporada en la más querida de sus Plazas, aunque se mosqueen en Alicante.

Desde que se abrió de capa en el segundo toro se le vieron las intenciones de ir a por la preciada Puerta que se aboca con Carmen la Cigarrera. Lanceó con una suavidad y un ritmo que hacían recordar la célebre frase de Clarito, para definir el temple que traslucía en el prodigioso toreo de capa de aquellos gitanos que recibían a los toros enterizos de la llamada Edad de Plata de la Tauromquia: “que entre huracán y salga brisa, entre león y salga cordero, entre loco y salga cuerdo…”Pues bien, aquél toro de Cuvillo que llegó huracanado al percal de Manzanares, salió de sus vuelos amilanado por mor de la dormidera que destilaban las muñecas del torero. ¡Qué belleza, la de la verónica interpretada al ralentí!

Después un quite por chicuelinas con el giro preciso, ceñido y garboso, a pies juntos, que es como la sugirió Chicuelo, el de la calle Betis, no como la que se quiere poner de moda, a medio despatarrarse, que es horrible. Y, después de un tercio de banderillas magnífico de Rosa y Blázquez, con puesta en suerte impecable a cargo de Curro Javier, llegó el escándalo. El escándalo del bien torear, por acá y por allá, con esta mano y esta otra, con remates a mano cambiada o por alto, o de trinchera. ¡Ah!, y todas las series ligadísimas, cargando la suerte con la cintura y los riñones –que es como se ha cargado todo en la vida y en el toreo--, con el toro arrebujado a su cintura, entregado el bravo animal, ebrio de arte el artista. No  he visto nunca torear a José Mari tan sincero, tan ceñido, tan profundo. Nada de periferias ni arrimones al pescuezo: de frente, por derecho y hacia atrás. Impecable de elegancia y empaque. Pura delicia. La única duda que teníamos en la Plaza es si el toro era de vuelta al ruedo… o se le pediría el indulto, o si al torero le pedirían el rabo, porque nadie dudaba de la contundencia estoqueadora de Manzanares. Y, mira por donde, va y deja menos de media estocada y un rosario de golpes con el verduguillo. El aviso no lo oyó casi nadie, porque todo el mundo estaba preparado para hacer estallar la ovación. Y eso que la acústica de la Maestranza es maravillosa, tanto que un espectador se arrancó en plena faena por un fandango alosnero y se pararon los relojes –incluso el torero-- hasta que remató el cantaor y el ole sonó rotundo y estentóreo. Pero, a la que vamos: ¡adiós Puerta del Principe!

Y es que el quinto toro salió engallado, muy montado de cruz, temperamental y rebrincado. Barroso le hizo la suerte de varas como la hiciera Alfonso, su recordado padre, en sus mejores tiempos, pero el de Cuvillo pedía sometimiento, además de templadas formas. Y esa fue, precisamente, la receta que le dio José María Manzanares, así que, poco a poco, la faena fue tomando vuelo y de nuevo la música volvió a envolver el ambiente, el maravilloso ambiente de las grandes tardes de toros en este sacramental escenario. Sin embargo, el toro no permitía el menor descuido. Los toros bravos no admiren fisuras ni flaquezas. Manzanares le perdió mínimamente la cara y el toro lo empuntó, volteándolo feamente. Ni se miró el torero. Prosiguió su faena e intentó rematarla como lo hiciera El Viti en este mismo ruedo, aquella tarde del 66, con un toro de Samuel Flores: citando a recibir con la espada. Santiago, pinchó entonces cinco veces, José Mari, solo dos, pero se esfumaron los trofeos.

Insisto: en casos como estos, no echo cuentas a las orejas. También El Viti las perdió y todavía hoy se le recuerda. Como se recordará la tarde en que las espadas le atrancaron a Manzanares la Puerta del Principe. Aquél día, como el de ayer, la vuelta al ruedo, clamorosa, valió por un esportón de orejas.

El resto de la corrida fue discurriendo entre la facilidad ayuna de emoción con que toreó Rivera Ordóñez, Paquirri, al muy noble primer toro, al que mató bien y por derecho, y la división de opiniones que suscitó su labor muletera en el cuarto, hasta que el torero se encorajinó y logró algunos pasajes más celebrados, sobre todo cuando volvió a manejar la espada con gran precisión, arrojo y eficacia, y la buena disposición que mostró el joven David Galván en sus dos toros. Este nuevo torero de la Isla mostró toda la tarde un encomiable afán de triunfo y fue constantemente alentado por el público, sobre todo después de que el sexto le propinara un volteretón. Habrá que dar un margen de confianza a las nuevas generaciones.

Cuando el joven Galván iba dando la vuelta al ruedo a la luz de los focos de la Maestranza, en el zaguán de la Puerta del Príncipe se arremolinaban los aficionados y miraban hacia las colgaduras de la doble cadena que la flaquean: ¡qué lástima!, se oía murmurar. Y es que a Manzanares le esperaba el coche de cuadrillas… pero en la calle Iris.

 

Sevilla, feria de Abril. 12ª de abono. Ganadería: Núñez del Cuvillo. Corrida impecablemente presentada, con toros musculados, bien armados, bravos y encastados en distinto grado. En conjunto gran corrida de toros. Primero, muy castigado en varas, llegó dócil al tercio final; segundo, de preciosa lámina, bravo, de codicioso y largo viaje por ambos pitones, un gran toro; tercero, bravo, de codicioso galope, un punto áspero en los primeros compases de la faena; cuarto, con motor y mucha movilidad, aunque hizo un pequeño amago de rajarse; quinto, bravo, encastado y exigente, y sexto, también bravo, aunque desconcertaban sus constantes ojeadas al torero. Espadas: Francisco Rivera Paquirri (de nazareno y oro), gran estocada (algunas palmas) y estocada valerosa (silencio), José María Manzanares (de negro y azabache), casi media en lo alto y cinco descabellos (aviso y gran ovación) y dos pinchazos recibiendo, pinchazo a volapié y estocada (aviso y vuelta clamorosa) y David Galván (de verde y oro), pinchazo y estocada (aviso y silencio) y pinchazo y media (aviso y vuelta tras petición). Entrada: lleno. Cuadrillas: Soberano Curro Javier en la brega y en banderillas, donde también colocó un par arriesgado Álvaro Núñez. Saludaron en el segundo toro Rafael Rosa y Luis Blázquez. José Antonio Barroso hizo la suerte de picar de forma admirable. Incidencias: Galván brindó la muerte del tercer toro a Manzanares, previo brindis al cielo en memoria del padre y Paquirri brindó la del cuarto a su esposa, El cuarto toro volteó al banderillero Juan García, sin graves consecuencias. Tarde algo más fresca que las anteriores, con ligeras ráfagas de viento.