El Toro, simplemente

La semana taurina de farolillos en la Maestranza se vino arriba ayer jueves con la presencia del toro en el ruedo. El toro que manifiesta su linaje de forma irrenunciable, sin mixturas ni componendas, sin fundas preventivas ni cuidos de laboratorio, el toro que viene del campo con olor a tomillo en la pala del cuerno y restos de jara en las cerdas del rabo, el que sale al ruedo pidiendo guerra, el que le pone al torero los congojos allí y siembra a voleo los tendidos con esa semilla que, en nuestra Fiesta, debería ser irrenunciable: la emoción. Después, el toro será más bravo o más manso, más fuerte o más flojo, más suave o más áspero; pero siempre, siempre, ha de causar en el público la sensación de que estar delante de él es materia reservada a los superhéroes. Todo lo demás será meritorio -que lo es--, bello -a veces-, incluso excelso -raramente-, pero el toro es el que debe marcar la pauta para juzgar el comportamiento del torero. El toro, simplemente.

Ayer, salieron al ruedo seis guapos toros, con sus pieles agrisadas, sus ojos negros y vivos como el carbón, sus pezuñas finas y sus intenciones de diversa consideración. Seis toros de Victorino Martín, el veteranísimo ganadero que estaba en su barrera de tercera fila, apoyando el mentón en la empuñadura de su cachava y con los ojos vivos también, observando cómo se va a llevar -si alguien no lo remedia, que lo dudo- otra vez el máximo palmarés y todos los premios del templo taurino maestrante. Fueron cinco cuatreños y un cinqueño, todos cortados por el mismo rasero, salvo quizá el último, el más hociquirrata de todos, el más degollado de papada, aunque ambos detalles morfológicos sean consecuentes con la línea de su encaste, pero todos ellos aceptados de buen grado por el público, que aplaudió de salida a tan bellos ejemplares.

Luego, ya se sabe, estos toros precisan de toreros de corazón templado y bagaje suficiente para solventar el carácter disperso que siempre tuvieron los saltillos de Albaserrada y que Victorino se ha encargado no ya de conservar, sino de potenciar. Toreros de una pieza, vamos.

Digamos pronto que a El Cid le correspondió el lote que más dominio y sometimiento demandaban. El segundo de la tarde, echó las manos por delante en el capote, nunca se entregó en la muleta y recortaba arteramente las embestidas, y el quinto, único cinqueño, que hizo un gran tercio de varas, no tenía un pelo de tonto y pidió muleta por delante y por abajo, además de brazo firme para acabar el viaje. Manuel cumplió con aquel y se vio un pelín desbordado con éste.

El otro Manuel del cartel, Escribano, es hombre agalludo y sorprendente, especialmente cuando toma las banderillas. El tercer toro, primero de su lote, fue uno de los bravos y encastados victorinos que salieron al ruedo. Toro de gran fijeza, que tomó la muleta por el pitón izquierdo con admirable longitud y derechura. Escribano le puso un par encerrado en tablas, entre quiebro y violín, que provocó admiración y congoja en el público a partes iguales. Además lo mató con enorme entrega, de un espadazo fulminante y ganó una oreja legítima, como legítima fue, también, la ovación que se llevó el toro en el arrastre. Entre medias, le pegó al toro cinco o seis naturales de indudable mérito, peo dio la impresión de que el de Victorino se llevó al desolladero bastantes más. El sexto, agalgado y protestón en varas, llegó al tercio final embistiendo como un tren… en la primera parte de la faena; después, se desfondó, pero el torero no le perdió jamás la cara y lo mató volcándose, de nuevo. Un valiente, este Escribano.

Lo mejor de la tarde, y sospecho que de la feria, ocurrió en el cuarto toro de la corrida, de nombre -nada apropiado, por cierto-- Mecanizado. Un toro de bandera, así, como suena. Un toro de riesgo para el torero, no solo por el que comporta intrínsicamente la bravura de un toro encastado, sino por la capacidad que tienen para descubrir las miserias o flaqueza de quienes se han de encargar de su lidia y muerte. No es el caso de Antonio Ferrera, que se halla sin duda en el momento más dulce de su carrera taurina. Pletórico, Ferrera. No solo tiene un amplio repertorio, sino la virtud de improvisar ante la cara del toro. Y hace algo inusual, poco advertido, por cierto: realiza los quites a la antigua usanza, es decir, sacando al toro con la suerte del quite realizada desde debajo mismo del peto protector. Así lo hacían los toreros de antaño, antes y después del peto, hasta finales de los años 30.
Pues bien, Antonio Ferrera cuajó ayer una tarde de toros para el recuerdo. Mecanizado cantó su excelsitud desde que se hizo presente en la arena, protagonizando con Dionisio Grilo un gran tercio de varas; después, se le vino a Ferrera como un tren en banderillas y fue un dechado de bravura y nobleza -hacía el avión con los pitones- durante la faena de muleta. Pues bien, para estar a la altura de un toro tan extraordinario hay que ser muy, pero que muy buen torero. Y Antonio Ferrera demostró que lo es. Llevó empapado al toro en la franela con admirable temple, largo, despacioso, con empaque en los remates. Una faena digna de un toro excepcional. De dos orejas incontestables, si no llega a pinchar hondo por dos veces. También había estado solvente y templado con el toro flojo y grandullón que abrió el festejo, aprovechando su docilidad por el pitón derecho, pero la espada se le fue a los bajos, por lo que apenas recogió unas palmas. En cambio, dio una clamorosa vuelta al ruedo, después de que dieran la suya en el arrastre lento al magnífico cuarto toro de Victorino. Algunos espectadores pidieron el indulto para tan bravo animal. Fueron unos pocos, pero si en vez del pañuelo azul para el premio póstumo saca el presidente el naranja, a mi no me hubiera importado. ¿Acaso no fue un toro más completo que el de Cuvillo indultado aquí por Manzanares?

En fin, que la gente salió de la Plaza encantada de la vida, hablando del toro de Ferrera y de algunos más. El toro volvió a ser el gran protagonista. El toro, simplemente.

 

Sevilla, feria de Abril. 11ª de abono. Ganadería: Victorino Martín, corrida en el tipo clásico del encaste, algo dispareja, la mayoría aplaudidos de salida. Primero, grandón, flojo y dócil por el pitón derecho, segundo, complicado, tercero, bravo y encastado, de largo viaje por el izquierdo, cuarto, extraordinario en todos los tercios, fue premiado con la vuelta al ruedo, quinto, cinqueño, encastado, pelea bien en varas y pide mando en la muleta y sexto, más escurrido de carnes, pero muy temperamental. Espadas: Antonio Ferrera (de verde hoja y oro), estocada caída (silencio) y dos pinchazos hondos y descabello (gran ovación y vuelta), Manuel Jesús El Cid (de verde botella y oro), cuatro pinchazos y estocada (aviso y silencio) y dos pinchazos y media (silencio) y Manuel Escribano (de verde botella y oro), estocada atracándose de toro (aviso y oreja) y estocada trasera (silencio). Entrada: Tres cuartos. Cuadrillas: Picaron bien Dionisio Grilo y Francisco José Ruiz Román. Incidencias: Tarde muy calurosa.