Los lesionados no juegan

La corrida empezó torcida para un chico que quiere ser torero. En estos tiempos –y supongo que en otros—querer ser gente en el mundo del toro es muy respetable y, también, muy necesario. Se necesita chico, como decían los anuncios de antaño en las tiendas de ultramarinos. Necesitamos chicos nuevos. Hay que renovar el escalafón, que lleva varado y regido por los mismos desde hace una eternidad. Lo malo es que los que vienen son, fundamentalmente, eso, caras nuevas, pero no hay uno que llame poderosamente la atención. Todos torean bien, muy bien, incluso… pero a todos les falta ese don, ese pellizco, esas formas que sorprenden y hasta generan polémicas. Necesitamos chico, pero que dé un golpe en la mesa.

Ayer, en Sevilla, José Garrido venía con ganas de darlo, pero de primeras se llevó un disgusto. Un disgusto originado por el exceso de rigorismo de quienes gobiernan las corridas. Un rigor que roza la cerrilidad, perjudicando al público, que es a quien debiera proteger el trío que se asoma a la baranda del tapiz encarnado de la Maestranza.

El toro de la alternativa de Garrido era un dije de hechuras, pero salió al ruedo lesionado. Y los lesionados no pueden, no deben, jugar. Un toro que manifiesta una lesión en su mano derecha, y anda por el ruedo renqueante no se puede mantener en el ruedo, diga lo que quiera el asesor veterinario –supongo que justificaría técnicamente lo que no vio en los corrales-- que se sienta en la Presidencia. Oiga, que no, que los lesionados no juegan, y punto. ¿Acaso ayer jugaron las estrellas de media plantilla del Real Madrid que padecían esguinces y demás cuestiones cartilaginosas de sus meniscos y tal? Pues eso. Daba grima ver al pobre toro negándose a avanzar unos metros hacia los capotes de brega en el tercio de banderillas y al torero mirar con ojos implorantes al palco presidencial. El toro no acudía a los cites porque debía dolerle la rodilla una enormidad y al chico le dolía aún más que se le truncara la posibilidad de triunfo por una cabezonería presidencialista. Se emplearon veinte minutos de absurda tozudez, con la señora presidenta hecha un lío y el asesor de su derecha soplándole al oído toda una conferencia de zootecnia bovina.

Por fin, el toro de marras se fue al corral, llevándose las banderillas puestas y un fajo de valerosas verónicas del que oficiaba de toricantano, pero se podía haber evitado el monumental cabreo del personal y la angustia del joven torero.

Ciñámonos a la corrida. Otro fiasco de Juan Pedro. El hierro, los hierros, de Juan Pedro llevan ya unos cuantos petardos en Sevilla, pero casi siempre les salva la campana, como el equipo que ha estado racaneando todo el partido y, al final, mete un gol de chiripa. Todos tan contentos. Pues no. Valoremos la bravura encastada de ese último toro, que, ciertamente, puso en aprietos al arriesgado novel, pero le cuajó varias tandas a derechas y unas manoletinas francamente meritorias. Valoremos, también la muy centrada labor de Sebastián Castella al otro toro que medio se dejó torear y al que mandó al tiro de mulas tarde y mal, porque el otro parladé se vino abajo estrepitosamente. El pequeñajo primer sobrero que suplió al referido lesionado, también se lesionó en la cuartilla derecha durante la faena de muleta, así que no merece la pena entrar en detalles sobre la afanosa labor de José Garrido; y el primero de Ponce, para el tinte. Por cierto, este Ponce se empeña, se empeña, se empeña en pegarle pases al semáforo del cruce de Colón con Adriano y se los pega. Ya te digo. Se los pegó, muchos y templadito y compuestito al otro sobrero, de El Pilar, al que si se descuida le corta la oreja. Otro, hubiera tirado la toalla nada más comenzar la faena. ¡Un caso, este Ponce!

Cuando la corrida terminó estaba a punto de finalizar el primer tiempo del derbi de la Champions que se jugaba en el Bernabéu. Me consta que, para entonces, ya raleaban de forma notoria algunos tendidos de la Maestranza. Tres horas de festejo, sin que ocurra nada excepcional, es una eternidad. Sobre todo si el alargue lo provocan toros que no deben jugarse. Tarjeta amarilla para los culpables. De momento.

 

Sevilla, feria de Abril. 10ª de abono. Ganadería: Toros de Parladé, bien presentados (2º , apagado y deslucido, 3º, con movilidad y bueno por el derecho y 5º, rajado, Juan Pedro Domecq (1º-bis, chiquito y lesionado y 6º, bravo, temperamental y exigente) y uno de El Pilar, acaballado, (4º-bis, falto de raza y entrega). Espadas: Enrique Ponce (de gris perla y oro), estocada (silencio) y estocada honda (aviso y palmas), Sebastián Castella (de lila y oro), tres pinchazos y media tendida (aviso y ovación) y José Garrido, que tomaba la alternativa (de tórtola y plata), estocada delantera y desprendida (silencio) y estocada delantera caída (petición de oreja y vuelta al ruedo). Entrada: Tres cuartos. Cuadrillas: Picó bien José Doblado y José Chacón se lució en banderillas. Incidencias: Tarde soleada y calurosa y corrida larga: tres horas.