Los toros que pedían suero

Nada más que arrastraron al segundo toro, Manzanares se fue a la enfermería. Estaba –dijeron los doctores—deshidratado, como consecuencia de una gastroenteritis en fase activa. Manzanares, en el tema digestivo, está delicadillo, el hombre. En otras ocasiones también he visto cómo palidecía y sudaba copiosamente en el callejón, por parecidas circunstancias, y ha tenido que acercarse al hule para que le pusieran remedio de urgencia: suero. El suero es lo más socorrido en estos casos. Te ponen suero y te ponen nuevo. O casi. Manzanares estuvo en recuperándose una hora y pico larga, hasta que prepararon la suelta del último toro de la corrida, tras correr turno con Daniel Luque. Para entonces, ya debería haber hecho su efecto el suero revitalizador.

Ignoro si los veterinarios de la Maestranza también disponen de este tipo de remedios para los toros de lidia; pero de ser así, bien les habría venido un largo goteo de suero a la mayoría de los pupilos que trajo a Sevilla Moisés Fraile, a ver si recuperaban la hidratación de casta que se debieron dejar por los prados de Tamames. Porque, salvo los dos primeros, que rompieron a embestir descolgados y arreando tras la muleta, y el tercero –éste con menos bríos--, el resto se fueron apagando como una lamparilla que pierde aceite, dicho sea sin ánimo de ofender. Perdieron la casta los pilaricos y aquí, en Sevilla, no encontraron suero reparador.

El caso es que todos los toros salmantinos presentaban el aspecto físico de su inequívoco linaje, esto es, altos de cruz, zanquilarlos y longilíneos. Bien armados. Una seria corrida de toros. Tomaron los capotes de los toreros como si fueran la tora de por la mañana que manejan los sparrings en el toreo de salón, de tal suerte, que vimos lances de capa tan despaciosos, tan de ensayo, que parecía que aquellos toros grandotes eran hermanitas de la caridad que no venían con intenciones de perturbar la salud de quien se pusieran ante ellos. Ya está dicho que los vaticinios fallaron, sobre todo en los dos primeros toros. Hasta los toreros debieron sorprenderse.

No hubo sorpresa, en cambio, de mitad de corrida para adelante. Descastamiento total. En este tramo, Finito, Luque y Manzanares tuvieron que extraer la embestida utilizando fórceps a guisa de muleta, como los gines emplean –o empleaban, que de esto estoy un poco pez—aquellas pinzas diabólicas en los partos vaginales asistidos. Y esto fue lo que sucedió en el segundo tiempo de este partido soporífero, en el que los toreros no pudieron tirar ni una sola vez a puerta, ni siquiera a la del arrastradero.

Lo único digno de mención ocurrió antes del pitido del intermedio. A Manzanares se le vio esforzado y excesivamente lineal en el segundo toro, lo cual, que se sepa, no tiene que ver con problemas gástricos, sino con concepto del toreo. El toro hizo cosas de reparado de la vista, y esto pudiera servir de pequeña disculpa a su matador, que apenas pudo hilvanar dos muletazos seguidos al último toro, el más agarrado al piso de toda la corrida. Daniel Luque, en el tercero, solo pudo calentar el ambiente en el tramo final de la faena, con esa especie de noria de pases, citando alternativamente con el haz y el envés de la muleta, pasándosela previamente por la espalda sin enmendar la posición, porque el quinto –único toro negro, salpicado, de un lote de colorados y un castaño—fue manso de libro. En cuanto Daniel se lo sacó a los medios, hizo así y dijo hasta luego, Luque, y se fue a chiqueros.

Pero, amigos, deshidrataciones humanas y bovinas al margen, ayer tarde disfrutamos con el toreo arrebujado, largo y profundo de Finito de Córdoba. Fue en el primer toro, al que había dibujado con la capa tres medias verónicas de inspirado trazo, en el que pegó dos series en redondo y una de naturales que hicieron sonar la música y roncos oles en el tendido y en las que intercaló media docena de lambreazos extraordinarios. Bien por Finito, aunque su espada viajara fallona y tardona. Ovación de gala.

Fue, repito, lo único digno de recordar de la tarde en que varios toros de El Pilar pedían a gritos un suero reparador para su falta de casta. Habrá que inventarlo.

 

 

 

 

Sevilla, Feria de Abril. Real Maestranza de Caballería. 9 ª de abono. Ganadería: El Pilar. Toros faltos de raza, flojos y a menos; de más transmisión, primero y segundo, y manso el que se lidió en quinto lugar; el resto, descastados y sin fuelle. Espadas: Finito de Córdoba (de grana y oro), estocada y dos descabellos (aviso y gran ovación) y casi entera tendida (silencio), José María Manzanares, de negro y azabache, (aviso y silencio) y pinchazo y estocada (silencio), y Daniel Luque (de azul noche y oro), pinchazo y estocada entera (aviso y silencio) y pinchazo y estocada arriba (silencio). Cuadrillas: Magnífico en la brega Curro Javier, que también se lució en banderillas, donde también saludaron Rafael Rosa, Luis Blázquez, Abraham y José M. Neilo; picaron bien Barroso, Chocolate, Patillas y Carioca. Entrada: Casi lleno. Incidencias: Tarde muy calurosa, sin viento.