En hombros de los entusiastas

Ayer sacaron a Espartaco por la Puerta del Príncipe de la Maestranza de Sevilla, y yo no lo vi. No lo sacaron esos tipos que la gente del toro califica eufemísticamente de capitalistas –sin más capital que la propina que limosnean después de meter el cogote por la culera sudorosa de la taleguilla del torero—o, peor todavía, les llaman costaleros por procesionar la imagen lúdica de un hombre vestido de luces. No, señor, lo sacaron las gentes del común, los aficionados, un buen puñado de toreros, o como se decía en las crónicas de los revisteros de antaño los entusiastas. En hombros de los entusiastas salió Espartaco al paseo de Colón, con la luna por arriba y el río por allá abajo. Como debe ser. No cortó los tres trofeos reglamentarios que otorgan el salvoconducto para tan honorable izamiento o la alcabala para pasar bajo el dintel de la sacrosanta Puerta. Esta vez cortó solo dos. Personalmente, me sobran ambos. Fui testigo de la salida por la Puerta Grande de las Ventas de Antoñete la tarde de una de sus despedidas, lamentablemente poco lucida, y de la de Manzanares, padre, el día del arrebato en esta misma Maestranza, cuando de súbito ordenó a su hijo José Mari que le quitara el añadido, lo cual fue la chispa que encendió una espontánea rebelión de los toreros que estaban de paisano en la Plaza y saltaron los goznes de la Puerta de los Tres Despojos, como, alguien con mala uva podría rebautizar a la del Príncipe de Sevilla. Ninguno de estos toreros cortó una sola oreja, ni falta que hacía.

¿Por qué tres?, digo yo ¿Por qué hay que ponerle numeración al homenaje espontáneo y al entusiasmo colectivo? Oigan, que para expresarse de esta forma tan multitudinaria, tan explosiva, tan emotiva… hay que cortar no sé cuantas orejas. Y digo yo, ¿cuántas veces se han cortado un esportón de orejas y el propulsor del arte cisorio no ha mantenido la más mínima empatía con el arte taurino? ¿Cuántas salidas en hombros cumplidoras con la norma han sido tristes y hasta patéticas? Algún día me ocuparé más extensamente de este tema, que parece estar rozando la ridiculez.

Hoy me pete ocuparme del triunfo de Espartaco, el día de su despedida, digamos formal.

No haré una valoración de algo que no presencié, pero sí tengo datos suficientes para valorar la decisión de Juan Antonio de estar presente en la Maestranza en este domingo de Resurrección, un día que, por motivos sobradamente conocidos y no menos debatidos, tenía un marcado contrapunto de morbosidad. ¿Habría lleno? Lo hubo, de No Hay Billetes. ¿Habría triunfo? Apoteósico: ahí está el documento gráfico. No más comentarios. Hasta aquí puedo leer… y escribir.

Me interesa, sin embargo resaltar la figura de este torero, uno de los pocos que pueden presumir de haber hecho historia en el ruedo de la basílica del toreo. Cinco Puertas del Principe –seis, con la de ayer—no las tiene cualquiera en su palmarés; mejor dicho, no las tiene nadie. Más de una década de primera figura de la tauromaquia, toreando más que el que más y conquistando otras puertas grandes de Plazas de máxima categoría, tampoco es hazaña baladí; antes al contrario, es un compendio que merece ocupar un capítulo exclusivo en la historia del toreo contemporáneo.

Espartaco y un servidor, podría decirse, echamos a andar por caminos paralelos a un mismo tiempo, cada cual por el que se le abría en su actividad profesional. Aquella feria de abril del 85 y aquél toro Facultades de Manolo González que seguía embelesado la muleta de un torero mechudo, increíblemente relajado, sintonizaron con el micrófono que uno, modestamente, utilizaba como buenamente sabía, pero con una voz que no podía disimular su carga emocional.

Hasta ese momento, la carrera taurina de Juan Antonio Ruiz Román se iba por el desagüe del titubeo, del claroscuro, de la consecuencia de sumar corridas sin que se sumara un ochavo en la cuenta corriente. Sumar por sumar. O sea, nada. Tieso, como la mojama. Si esa tarde no pegaba un zambombazo en Sevilla, ¡Zas!, a las filas de los subalternos. Como su amigo Mangui, compañero de fatigas novilleriles. Pero salió el toro Facultades y…

A Espartaco, siendo primerísimo figura de su tiempo, le dieron más que a una estera. Como a todas las grandes figuras. De no haber sido así, no hubiera alcanzado tan altísima categoría. En cierta ocasión, ante la contumacia de las aceradas críticas que le dedicaba el crítico más reputado de la época, un sevillano socarrón le espetó a Joselito el Gallo: no te preocupe Corrochano; siempre los rayos fueron a las cumbres. Si ánimo de comparar –Dios me libre--, siempre, también, los mandones del toreo fueron blanco de las iras del público y de las plumas de algunos censores. Y Espartaco mandó como pocos mandaron, al menos durante una década, que ya es mandar. Las cosas, como son. La historia y el tiempo, son inexorables. ¿No iba a ser vapuleado, de cuando en vez?

Ahora podremos empezar a discutir, o entrar en fase controversial, acerca de calidades, pero no en cuestión de cualidades. Juan Antonio fue –es--, sobre todas las cosas, un torero dominador, poderoso, capaz de amoldar el carácter del toro y su condición física al toreo contemporáneo. Y de hacerlo todos los días a la misma hora en distintas Plazas y ante distintos toros-. Y, además –doy fe--, también de torear con templanza, ritmo y relajación a los toros boyantes.

Ayer, volvió a escribir en el ruedo maestrante de su querida tierra una página más de su brillante carrera taurina. Personalmente, me gustaría que fuera la última; porque siento por Espartaco una profunda y sincera admiración y por Juan Antonio Ruiz Román una no menos profunda y sincera amistad. Ambas cosas, bien las sabe aquél rubiales que vi de niño torear en Valladolid, el día que tuvo su bautismo de sangre, y con quien después compartí tantas tardes de triunfo, incluso confidencias muy personales. Ayer, en la Maestranza, ya con el pelo encanecido por el tiempo y, sobre todo, por los miedos, se lo llevaron en hombros, en loor de multitud, hasta la mismísima orilla del viejo Betis.

Y yo me alegro, aunque no lo viera.