A Fandiño le salió nada

Estaba el peonaje afanándose en banderillear al último toro de la tarde, y daba grima ver a Iván Fandiño, tan valeroso él, apoyado contra las tablas de la barrera, con el rostro demacrado y un mechón de cabello sobre la frente, con el ánimo roto y la mirada perdida, como un púgil aguerrido que está contra las cuerdas, después de haber encajado un crochet en plena mandíbula. Su apoderado, Néstor García, compañero de fatigas por los despachos desde que Iván inició esta loca aventura del toreo, le susurraba –supongo—palabras de aliento, como los segundos en el rincón, frente al taburete y con la toalla al hombro; pero ya no había nada que hacer, salvo librar la pelleja ante la prenda portuguesa que se hallaba en el ruedo. Y a eso no había venido a Madrid.

Fandiño vino a Madrid a protagonizar una proeza histórica y romper el malecón que le impide ascender al estrellato. Debió pensar que ponerse delante de seis ejemplares de los hierros más temidos, cinqueños casi todos y de pavorosa estampa, es una apuesta de cara-cruz, pero la fiesta de los toros o es riesgo o no es nada. Y a Fandiño le salió nada, que es lo peor que le podía salir.

Tampoco los toros hicieron las delicias del torismo militante. Los hubo bellos y casi todos muy en el tipo del linaje que proceden; incluso algunos se arrancaron de largo, que es algo que gusta mucho en esta Plaza. La salida hacia el caballo de picar levanta clamores, pero luego, por lo general, la llegada provoca el desencanto. Para colmo, hubo toros, como el pablorromero de Partido de Resina y el primer adolfo, que embistieron con un viaje tontorrón, y cuando un toro de estos hierros tontorronea, el torismo militante se descompone. Otros, en cambio, hicieron una buena pelea en varas, como el de Escolar, al que Ambel recetó una brega magistral y después tomó la muleta con buen viaje por el pitón izquierdo, o el sobrero de Adolfo, veleto, flaco y encastado, que tomó dos grandes puyazos y no permitió ni un error en la muleta; pero, sobre todos, creó expectativas el de Victorino, único cuatreño del encierro, que se lastimó una pata y se lo llevaron para adentro los bueyes de Florito, después de derribar aparatosamente y meter los riñones para empujar el peto del caballo. Tenía buena pinta este toro, de bonita hechura –para decepción de los amantes de las arboladuras desmesuradas—y encastada nobleza; sin embargo, el sobrero del sobrino de Victorino fue, junto con el de Escolar, el de juego más atractivo, aunque aquél repusiera las embestidas mediada la faena y éste le tirara un cate al rostro del matador cuando le atacó con la espada. Fueron dos toros para apostar fuerte, pero a esas alturas de la corrida, Fandiño ya estaba tocado, abrumado, con el nubarrón de la derrota sobre el espaldar de la chaquetilla.

Por cierto, no estuvo el torero muy acertado en la dirección de los aceros. Atravesó a los tres primeros y no se volcó con la contundencia y decisión de otras tardes. ¿Era difícil salvar ese pitón derecho que apuntaba a los cielos? Probablemente; pero Iván Fandiño no es de los que miran –o miraban-- estas cosas.

En fin que la corrida acabó como el rosario de la aurora, con bronca en los tendidos, lanzamiento de almohadillas y algunos aplausos de los benevolentes. En la parte positiva, algunos lances en terrenos de tablas, ceñidos y mandones, al primero de Adolfo y al de Escolar, un par de series muy templadas a ambos con la muleta y otras tantas al primero, de Partido de Resina. O sea, que tres toros se dejaron torear a placer. Y Fandiño los toreó… sin complacer a casi nadie. El de Cebada, era de pelo melocotón, pero con el gusano de la mansedumbre dentro, y el de Palha, ya está descrito, una guinda amarga.

Nadie piense que me volcaré en censuras a la actuación del torero, pero tampoco le pondré el lenitivo del inocuo e inservible paño caliente. Su gesto, su apuesta, le salió mal. Y él no estuvo bien. Le venció la tarde. Le salió nada.

Y una tarde de este calibre, en Madrid, con tanta expectación y, por ende, con tanta responsabilidad y trascendencia, tiene que pasar algo. Para bien, un triunfo grande, para mal, un petardo gordo. Ayer, en Las Ventas, ni lo uno ni lo otro. Y eso es lo malo.

 

 

Madrid, Plaza de Las Ventas. Inauguración de la temporada. Ganaderías: Toros de distintas ganaderías, a saber, Partido de Resina, bello y flojo; Adolfo Martín, cornalón, apagadito y noble; Cebada Gago, deslucido y avisado; José Escolar, peleón en varas, solo tuvo claridad por el izquierdo; Victorino Martín, de bonita hechura, bravo en varas, se lesiona en la pata izquierda y es devuelto, sustituido por otro de Adolfo Martín, escurrido de carnes, veleto y astifino que tomó dos grandes puyazos, pero reponía los viajes y buscaba el bulto, y Palha ,manso a la defensiva. Único espada. Iván Fandiño (de gris plomo y oro), pinchazo y estocada atravesada (silencio), media atravesada y dos descabellos (silencio), estocada atravesada y descabello (silencio), media y tres descabellos (aviso y silencio), dos pinchazos y estocada tendida (algunos pitos) y pinchazo, media y descabello (pitos). Cuadrillas: destacaron picando Israel de Pedro y Rafael Agudo, en banderillas, Curro Robles, Jarocho, Miguel Martín y Jesús Arruga, colosal en la brega, Javier Ambel y eficaz, Pedro Lara. Entrada: Lleno. Incidencias: Un pequeño grupo de antituarinos irrumpieron por la bocana del 2 y fueron reducidos por la fuerza pública, a la que se enfrentaron con insolente violencia. En el cuarto toro se lanzó al ruedo un espontáneo, rápidamente capturado por los peones y detenido por la policía. Se guardó un minuto de silencio por el accidente de aviación en Francia. Tarde primaveral y soleada.