De don Livinio a los Lozano

Aquí tengo los carteles de la feria de San Isidro que se dieron a la pública curiosidad hace justamente una semana. Treinta y una tardes de toros, del 8 de mayo al 7 de junio, sin solución de continuidad. Más o menos, el mismo modelo de feria que se inventaron los hermanos Lozano hace 23 años.

Me piden constantemente que haga una valoración de los carteles, y me gustaría pasar de la cuestión, porque considero que ir al fondo de la misma es cosa banal, sin consecuencias de ningún tipo. Como diría el célebre humorista, si hay que ir, se va, pero ir pa ná

Iré, no obstante:

Verán, esto no tiene nada que ver con el feliz invento o genial hallazgo de don Livinio en el año 47, que ya ha llovido. Entonces, el planteamiento era colocar a Madrid y su Plaza de Las Ventas en un contexto similar al de otros grandes escenarios taurinos que organizan un ciclo de toros en torno a sus fiestas emblemáticas, con o sin Santo a quien devocionar. ¿Por qué –se preguntaría don Livinio—no hacer que la capital de España tenga también su feria, como la tiene Sevilla y la Maestranza en abril, o Valencia y su coso de la calle de Játiva por marzo y julio, o Bilbao y Vista Alegre en su Semana Grande de agosto, incluso Barcelona y su Monumental, en septiembre? ¿Por qué el público de Madrid tiene que ir a los toros cuando la ciudad no está de fiesta? ¿Será esa la causa de la inveterada acritud que se destila en los tendidos de su plaza de toros desde tiempo inmemorial?Y como lo pensó, lo hizo: organizó un ciclo de toros apretado, en torno a la fecha del 15 de mayo, festividad del Patrono de Madrid. Ya está inventada la feria de San Isidro. A ver qué pasa.

Y lo que pasó fue que aquella fórmula de Madrid, Plaza de Temporada, pasó a la historia, porque las grandes corridas, y por tanto los mejores carteles de toros y toreros, a más de otros festejos de especial boato –Beneficencia, Prensa, Montepío… etc.— se concentraban en un espacio bien identificado en el calendario y dentro de una razonable dimensión. Sin salirse del tiesto, esto es, sin ir mucho más allá del susodicho día 15, y, en todo caso, sin salirse de la hoja del mes de mayo.

Tiro, al azar, de mi hemeroteca persona y me encuentro la Feria del año 1966. Se programan 16 corridas de toros, del 14 al 29 de mayo, ambos inclusive. Ni más, ni menos. Verán cómo se distribuían los carteles: Antonio Bienvenida, Antonio Ordóñez, Jaime Ostos, Diego Puerta, Paco Camino, El Viti y El Cordobés, a razón de tres tardes cada uno. A dos, Aparicio, Litri, Antoñete, Curro Romero, Fermín Murillo, Andrés Vázquez, El Pireo, José Fuentes y Tinín; las mismas que El Inclusero y Paco Pallarés, entonces dos jóvenes emergentes con vitola de figuras que confirmaban alternativa. A una sola tarde, fueron contratados Joaquín Bernadó, Victoriano Valencia, Manuel Amador, Palmeño y el mexicano Raúl García, que también confirmaba.   A mayores, los tres rejoneadores más importantes del momento, Ángel Peralta, Fermín Bohórquez y Álvaro Domecq Romero, que abrían plaza en tres corridas. Ganaderías: ni más ni menos que las que se encontraban en su mejor momento, entre andaluzas y salmantinas. ¿Toristas? Naturalmente: Miura y Pablo Romero.

Ahora me preguntarán, ¿y quién se apuntaba a las duras?; pues, verán: Antonio Bienvenida, Jaime Ostos, Bernadó, Andrés Vázquez, Fermín Murillo y El Inclusero. Unos, porque querían lucir su magisterio en Madrid; otros, porque era el requisito para copar su segunda tarde y, los demás, porque no les quedaba otro remedio. Como toda la vida de Dios. Lo cual quiere decir que las grandes figuras, los toreros de máxima expectación, competían directamente entre ellos. Pura gozada, se lo aseguro.

Echo una ojeada a los que se publican este año y me encuentro, más o menos, lo de siempre; es decir, lo que hace ya más de dos décadas se viene produciendo: una avalancha de nombres, todos ellos respetabilísimos, pero todos ellos, también, incapaces de llevar a la taquilla más allá del grupo de peñistas –cada vez más escasos--, y familiares, amigos o paisanos que les venga a mano hacer una escapadita a Madrid. Muestras los carteles a un aficionado para que elija a tenazón, y, de los treinta y un programados, señala cuatro, a lo sumo cinco, recuadros, todos ellos con las figuras de la torería andante. ¡Será un mal aficionado!, pueden decir aquí, en Madrid, donde los hay más papistas que el Papa. Pues lo será, pero no hay más cera que la que arde. Hagan la prueba.

Salen los empresarios a la palestra para justificar las combinaciones y, en seguida, les echan los perros, porque falta Fulano, Mengano, Zutano… Oiga, por faltar faltan ¡ciento cuarenta!, que el año pasado también estaban, junto a los agraciados, inscritos en el Registro de matadores de toros, y ya nos les cuanto en el de novilleros y rejoneadores. No conozco salida a la luz de los carteles de una feria taurina que no sean contestados por la prensa especializada –o no—y por los aficionados y público en general. Se resaltan injusticias clamorosas o pecados de lesa majestad. Me parece bien, pero ¿se imaginan cuantas corridas, novilladas y festejos de rejones habría que programar en las ferias de España para colmar todo tipo de apetencias y, sobre todo, albergar a todos aquellos toreros que reclaman –claman, más bien--- un puesto –o varios—en ese ciclo de toros y mucho más en la feria de San Isidro?

La gente contestataria se olvida de dos cuestiones: una, que los empresarios manejan su empresa con el fin, muy legítimo, de hacerla rentable, y dos que ir a la taquilla es un ejercicio voluntario y democrático. Ahora mismo, la feria de San Isidro de aquél año 66, con los prebostes de nuestra torería, a los precios que se manejan en el mercado taurino, supondría poner las entradas a precios prohibitivos, so pena de que el organizador de turno sea un mirlo blanco que goce con buscarse la ruina en aras del mayor goce de su clientela; pero, que se sepa, esta especie de ave no figura en el catálogo de la ornitología taurina. Y es que, además, en Madrid hay que dar la cara –y meter la mano en la bolsa-- el resto de la temporada para cumplir el Pliego de Condiciones anejo a la relación contractual con el casero de Las Ventas.

Vamos, que todo ciclo taurino continuado tiene un trasfondo económico incuestionable. Y aquí, este servidor de ustedes, entiende que su oficio es ser un mero notario verbal u oral de lo que sucede en el ruedo, no en el trasfondo o tras las bambalinas del mismo. En otra época, los plumillas y locutores pugnábamos por ver quien echaba más en falta a quién y por qué. El tiempo, riguroso y veraz juez de tantas cosas, me ha enseñado a no dejarme utilizar por la parte contratante de la parte contratante ni por la parte no contratada de la parte no contratada, como diría el genial maestro de la ironía, Groucho Marx.

 

Don Livinio Stuyck ganó mucho dinero con la feria de de San Isidro por él inventada. Y si no ganaba tanto, lo recuperaba con creces con los llenos en las corridas de verano o las novilladas de jueves y domingos, hasta entrado noviembre. Los hermanos Lozano hallaron un filón en el Todo a Cien, duplicando el número de festejos ,con la televisión de por medio, que hacía de las Ventas el Gran Bazar más lucrativo del toreo. Decía el avispado José Luis Lozano que eran Los Mundiales, porque también en los de fútbol jugaba Camerún. Y se quedaba tan ancho, sin querer saber que Camerún se había ganado el puesto eliminando a los demás rivales africanos. Para que vean que no gambeteo la cuestión, les recuerdo que me permití criticar las combinaciones, precisamente, el año que iniciamos, con TVE, la retransmisión de la feria por Vía Digital, tirando piedras contra mi tejado. No me arrepiento de aquello. Lo critiqué duramente, porque me asistía una poderosa razón: sabía --¡no lo había de saber!—las pasta gansa que había encima de la mesa. ¿De qué sirvió? Seguramente, para que a los Lozano les pusieran un azulejo en el patio de arrastre de las Ventas, muy cerquita de donde a don Livinio le hicieron un monumento.

Si el señor Stuyck fue un visionario, los hermanos Lozano demostraron ser unos empresarios ingeniosos, sagaces, profundos conocedores de las pozas y enredaderas del tremedal en que se mueven. Ganaron una fortuna. Y yo me alegro, de verdad, porque a más de dar sopas con honda a la mayoría de sus colegas contemporáneos, son –Pablo y José Luis, sobre todo—unos enormes conocedores de la historia del toro de lidia y del toreo.

A la empresa Taurodelta, este año, le preguntan, fundamentalmente, por qué no está Enrique Ponce en los carteles. Respuesta: cuestión económica. Ni más ni menos. Ahí le duele. ¿Me explico?