El Soro, apoteosis de lo absurdo

He visto a El Soro torear en Valencia. Le he visto todo el tiempo que mis ojos han podido soportar la visión, o sea, que ha sido una cosa intermitente, azarosa, desazonadora, un sobresalto continuo. Y es que aquí, al firmante, El Soro le parece una de las personas más adorables de cuantas ha conocido en este proceloso mundo de los toros, un torero de personalidad desbordante y encanto personal, a más de portador de otros notables valores taurómacos. Creo haberlo contado en alguna ocasión, pero me complace repetirlo, por si alguien ha torcido el gesto al leer el último párrafo: aquél año 85, el último toro de la feria de Fallas fue un burraco de Jandilla, bravo como la lumbre. Brindó Vicente su faena al maestro Antonio Ordóñez y le pegó una docena de naturales extraordinarios, de verdad. Al salir de la corrida -y de la feria- un impertinente adulador se acercó al corrillo en el que Ordóñez alababa el temple y el mando del joven Soret y trató de menospreciar al torero de Foios. Es de imaginar el repaso que el rondeño le pegó, a su vez, al inoportuno espontáneo.

Digo esto, para dejar bien sentadas dos cuestiones: una, que Vicente Ruiz El Soro ha sido uno de los toreros más taquilleros que ha parido Valencia y, dos, que todo el dineral que se llevó en los gloriosos años de su apogeo fue ganado limpiamente, con su bagaje taurino, con su explosiva forma de enfrentarse al toro, y con su sorprendente forma de practicar la suerte de banderillas. Nadie le regaló nada, que conste; pero que conste también su inconstancia, su dejadez y su impericia para gobernar lo ganado con dos dedos de frente.

A Vicente Ruiz, como a tantos otros, se le escapó la riada de millones por entre las rendijas de su manirrota, pero todo se le puede perdonar a un ejemplar humano de semejante calidad; por eso, cuando le ocurrió la desgracia de su lesión de rodilla -me horrorizó verla tumefacta e inservible aquella mañana en la clínica Fremap, de Majadahonda- se le vino el mundo encima. Pero no se puede quejar de la respuesta de sus compañeros y amigos, que le respondieron de forma ejemplar y admirable, ora tirando de chequera, ora organizándole un festival con beneficios millonarios… ¿recuerdas, Vicente?

Todo esto viene a cuento de lo que ayer ocurrió en el coso que levantó el arquitecto Monleón en la calle de Játiva. El Soro se ha empeñado en salir a torear y le han construido una pierna biónica, una especie de milagrería ortopédica de última generación que algunos creen el bálsamo de Fierabrás de don Quijote, o la muy famosa purga de Benito. Pero es mentira. Valdrá para que pueda baquetearse por la vida, digamos, de civil, disimular ligeramente la tremenda cojera, pero no para enfrentarse en el ruedo a un toro bravo. Hacerlo en tan precarias condiciones físicas -él, que basa su toreo, precisamente, en las facultades- no es torear, es jugar a la ruleta rusa.

Ayer, en Valencia, la Providencia se apareció, en forma de toro de lidia con el hierro de Juan Pedro Domecq. Si los toros tuvieran cielo después de muertos, el que tuvo por impropio nombre Atracador, debería figurar con el apócope de Santo en los virtuales aras el sacrificio bovino. ¡Qué derroche de bondad! ¡Qué inocencia! ¡Qué suerte tuviste, Soro!

Y eso que se disfrazó de toro y fue tan bueno para un torero que tiene entorpecidas y alteradas sus funciones físicas, es malo, muy malo, para la fiesta de los toros. Denota que cualquiera que tenga una miaja de valor, se puede poner delante, lo cual no quiere decir que el peligro no se halle en el fondo, sino que se disfraza en la forma. Un alma cándida con dos muertes por estrenar -los pitones- es un surtidor de buenismo que se lleva por delante la esencia de esta maravillosa Fiesta: la emoción. No crean que es nueva la cuestión. Hace 21 años, en Sanlúcar de Barrameda, otro cojo, con bota con alza de varios centímetros, Manuel Morilla, apoderado de Jesulín de Ubrique, salió a torear a un ¿toro? Y fue arrollado por el animal junto a las tablas de la barrera. La broma le costó al torero una sanción de 20 millones de las antiguas pesetas, que supongo -un suponer, nada más- no pagaría. Aquello fue una visión deformada y grotesca de la realidad, que es la definición del esperpento de Valle-Inclán: las imágenes más reales, en un espejo cóncavo, son absurdas. Algo muy parecido a lo que protagonizó, unos años después, el empresario Justo Ojeda -también renco de un pie- en un festival celebrado en Zaragoza.

Pues eso fue lo que ayer ocurrió en Valencia: la apoteosis de lo absurdo. Cuando Vicente recorría el anillo envuelto en un fervor pasional, muy fallero, me temí lo peor: que saliera un cuarto toro menos santo que el primero y mandara al Soro al hule, sin contemplaciones. El hecho ocurrió a la hora de matar, cuando el torero se fue al suelo por impotencia física y el toro lo buscó con saña en el suelo. No ocurrió nada grave... de momento. Después de la corrida, nos enteramos de que el torero estaba ingresado en el Centro de Rehabilitación de Levante, con posible fractura de vértebras.

Dos noticias, una buena y otra mala: la mala, que la lesión obligará a Vicente, otra vez, a someterse a una larga y dolorosa recuperación; la buena, que en ese impasse tendrá tiempo suficiente para meditar y para escuchar a quienes le quieren de verdad.

Ocurre, sin embargo, que los toreros llevan la testarudez en la masa de la sangre. Hace casi siglo y medio, el sevillano Antonio Sánchez El Tato, a la sazón una de las grandes figuras de aquella época, fue cogido y corneado en la pierna derecha por un toro de Martínez en la Plaza de Madrid, de resultas de la cual se le amputó el miembro por debajo de la rodilla. Pues bien, dos años después, este Tato se empeñó en torear, por dos veces, con un artilugio ortopédico; la primera, frustrada, en Badajoz y la segunda, precisamente, en Valencia. Pero el público valenciano de entonces no le permitió semejante temeridad, y cuentan que el rey Amadeo de Saboya, que esa tarde presidía la corrida, le llamó a su palco, para atenderle y consolarle. Ya ven que este otro público, el del avanzado siglo XXI, supuestamente más culto y más sensible, no solo no impide, sino que celebra ruidosamente este tipo de situaciones esperpénticas.

mondeno

Los aficionados más veteranos se acordarán del artilugio ortopédico que lucía algunas tardes Juan García Mondeño, entre la pantorrilla y el tobillo derecho. Fue una medida precautoria, no imposición de por vida. Supongo que, al cabo del tiempo, aquél ceremonioso y ascético torero de Puerto Real se olvidaría del aparato metálico que tanto afeaba las medias rosáceas, tan absurdas para Sánchez Mejías. Yo, que le vi torear, no recuerdo el horrible corsé. Tampoco pude observar el que ayudaba a David Silveti a mantener en óptima forma su rodilla, y supongo que habrá otros ejemplos de lesionados que se resistieron a dejar el traje de luces. Algunos, como el citado Silveti (el rey David, le llamaron) o Nimeño II optaron por una solución tan abrupta como indeseable. Por cierto, según fuentes fidedignas, a David, su médico neurólogo le prohibió torear porque, a mayores de la lesión apuntada, le descubrió un coágulo en el cerebro. Y digo yo, ¿por qué los médicos de las plazas de toros españolas no toman cartas en este asunto?

Ojalá este Soro, cincuentón y apabullado de cortisona tenga la suficiente lucidez y serenidad para no dejarse arrastrar por el oropel de una apoteosis orquestada por la batuta de la sorpresa y el cariño mal entendido. Incluso, fíjense, por algún malsano y oculto deseo -tan consustancial con cierto público de toros- de contemplar una tragedia en directo.

No he leído ni escuchado a ninguno de mis compañeros de prensa, pero supongo que estarán en esta misma onda. Si así no fuere, si se sumaran al barullo del esperpento, ellos, también, tendrá su cupo de responsabilidad sobre lo que pueda suceder en el futuro.

Querido Vicente: eso que ayer te arropó en tu querida tierra no es más que la explosión pirotécnica de una eventual mascletá. No tiene comparación con el calor exultante y sincero de aquellas tardes de toros que ponías la plaza boca abajo. Lo de ayer fue, a lo sumo, el caloret, que diría Rita Barberá.