Los etcéteras de don Simón

En este enrevesado mundillo de los toros –planeta, le llamó el crítico Antonio Díaz-Cañabate— no abundan los personajes desenganchados del estereotipo, los descatalogados, o por tomar la feliz ocurrencia del citado crítico, fuera de órbita. El propio Caña, sin ir más lejos, era uno de ellos: ingenioso, de pluma ágil y estilo arnichesco… pero desplazado del campo bravo –salvo algunas asomadas a Navalcaide-- y ajeno a cualquier interlocutor que no fuera Domingo Ortega; tan es así, que se da por cierta la frase cortante de Juan Belmonte cuando le interpelaron por la ciencia taurina del cronista: No digo más que cuando José y yo estábamos en la cúspide, él era de Vicente Pastor. Y es que, ciertamente, el interés de su obra literaria está fuera de las páginas del ABC, pero es uno de esos personajes atípicos que anidan en el mundo de los toros y que merece la pena tener en cuenta.

Pasa también con los toreros. Dentro de la ortodoxa formalidad de las grandes figuras, se han filtrado otros que rompieron moldes o que protagonizaron gestas puntuales que, por su genialidad o trascendencia –el Gallo, Chicuelo, Cagancho, Paula-- merecen que se les eche de comer aparte; porque, vamos a ver, ¿quién no ha leído la grandeza de la faena del divino calvo al toro de la Guerrero en la Maestranza, la trascendental de Chicuelo al toro Corchaíto de Graciliano en la plaza vieja de Madrid, la talla del Montañés que protagonizó Cagancho en Toledo o la colosal faena de Paula en Vista Alegre, el año 74? Pues bien, todos ellos podrían ser ejemplos de personajes fuera del catálogo taurino. O como ahora gusta decir, políticamente incorrectos.

En el mundo del empresariado taurino ocurre algo parecido, pero, la verdad, los personajes atípicos ralean mucho más; a tal punto, que, de los antiguos organizadores de espectáculos taurinos solo me quedo con uno: Eduardo Pagés. Pocos conocen que aquél avispado catalán era un enamorado del arte del toreo, pero también un bohemio que dejó escritos –jamás publicados, ¿dónde estarán?—cuatro dramas en verso y un bello y curioso poema dedicado, precisamente, a Cañabate: ¿Te acuerdas de aquél Madrid, de Mosquera y de Retana?...

De los más recientes, el empresario más dispendioso --y por tanto, menos apegado a la pela—que se ha conocido es, precisamente, el yerno de Pagés, Diodoro Canorea. Lo conocí muy bien, muy de cerca, y le profesé un cariño cuasi filial, porque me ganó para los restos su bonhomía, su honradez y su sencillez. Me consta, también, que cuando se enfadaba --¡qué le harían, para enfadarle!—daba un puñetazo en la mesa y se acababan las tonterías; pero la mayoría de los toreros y apoderados --¿verdad, Curro?-- estaban encantados con su forma de proceder para confeccionar los carteles de la Maestranza. Ahora bien, cuando el bueno de don Diodoro se nos fue… no dejó un boyante patrimonio, precisamente, sino todo lo contrario. Y nadie, que yo sepa, se preocupó de reconocer que tanta y tan bienintencionada generosidad, puede conducir a una ruina inminente. ¿Es buen empresario quien, a fuer de hacer concesiones, no rentabiliza su empresa?

En la actualidad, tenemos en el mundo empresarial taurino otro personaje fuera de serie, o de catálogo, como ustedes quieran: Simón Casas. Fíjense si estará descatalogado que él mismo se desmarca del estereotipo del empresario común, esto es, el director y rector de una empresa y prefiere que le conozcan como Productor de Arte, así, con mayúsculas. Simón es un tipo extraordinario, rayano en la extravagancia, dicho sea en el sentido de original peculiaridad en sus formas y en sus actos. Ha reconocido que está en la ruina económica, según pública declaración en una reunión que mantuvimos hace poco tiempo en Madrid, pero sigue fiel a su idea de confeccionar unos carteles de toros y toreros que ennoblezcan el arte del torear y que posibiliten el disfrute del público... aunque las cuentas no salgan, precisamente, a su favor.

He proclamado muchas veces mi debilidad por Simón. Soy un simonista confeso. Me encanta su forma de hablar de toros, con ese verbo afrancesado, arrebatador y apasionado. Los empresarios taurinos, por lo general, hablan poco de arte, de faenas cumbres, de toros excepcionalmente bravos. Te cuentan que hay que bajar el número de festejos, aminorar costes o eso tan socorrido, y tan falaz, de abrir los carteles. ¿No son mejores o más atractivos los carteles rematados y redondos, que los abiertos y cuadrados?

Digo todo esto porque me preocupa la reciente noticia que refiere el abandono de Simón Casas de la FIT, es decir, la Fusión Internacional por la Tauromaquia, según definición oficial. A mí me parece muy bien la aparición de una nueva empresa, que aterriza en España con la intención de “velar por el futuro de la Tauromaquia, dignificarla y trabajar por el interés general del sector” (sic). ¿Cómo no voy a saludar con ilusión tal declaración de intenciones? En un principio, la FIT estaba integrada por la potente empresa mexicana Espectáculos Taurinos de México, Simón Casas, como Productor de Arte más importante de Francia y parte de España y José Cutiño, que es un joven y emergente empresario, muy afín a los toreros, en general. Pues bien, Simón Casas, se acaba de desvincular de este magno proyecto por motivos personales, según la citada nota de prensa.

Y yo me pregunto, ¿no pueden saberse esos motivos? ¿Son diferentes a los que ya tenía, y tácitamente reconocía, fundamentalmente económicos? ¿No se había hecho cargo la FIT de esta situación?

Espero y deseo fervientemente que los motivos esgrimidos por Simón no afecten a su estado de salud, pero creo que debería ser más explícito, máxime cuando ha sido capaz de confesar, con claridad que le honra, la alarmante situación de liquidez dineraria por la que atraviesa. Y es que su gestión de las plazas de toros siempre fue más altruista que egoísta. Lo dicho, un empresario –perdón, un Productor de Arte—fuera del caz establecido.

La insólita guerra toreros-empresa Pagés, que se ha recrudecido últimamente es una torpeza de enorme proporción. Ya dije en su momento que no me interesan los temas en los que –digan lo que quieran unos y otros-- los dineros son parte fundamental del problema. He leído que hay empresarios que tienen a los toreros como su principal enemigo. Craso error, si así fuere. Tan craso como que los toreros piensen que el empresario es el principal rival a batir. A la fiesta de los toros le hacen falta ejemplares humanos del corte de Simón Casas; ahora bien, cuando las taquillas se desmoronan, quienes contratan y los contratados, todos, tienen que arrimar el hombro.

Espero que el querido y admirado Casas salga a la palestra y relate los verdaderos motivos de tan insólita espantá. Sin son varias cuestiones, y no tienen carácter de materia reservada, háganse saber.

En este punto, me viene a la memoria una obra de teatro de José María Pemán que tuvo lisonjero éxito a finales de los 50 del pasado siglo. Se titula Los tres etcéteras de don Simón. ¿Cuántos etcéteras avez-vous, mon ami?