5-4: Petro, pierde; los toros, ganan

Santamaría

Ramón María del Valle-Inclán es ese controvertido personaje de la literatura española, poeta, novelista, dramaturgo y no sé cuántas cosas más, que lucía luenga barba y le colgaba la manga izquierda de camisas, chaquetas y demás sobretodos porque le faltaba parte del contenido –el brazo--, perdido en una trifulca entre los tertulianos de un café de la puerta del Sol de Madrid. Le pegaron un bastonazo, se le infeccionó la herida y los médicos del Madrid de entonces cortaron por lo sano: amputación. Valle-Inclán –según cuentan algunos de sus ilustres colegas contemporáneos-- debió ser un tipo difícil de digerir, pero fue, sin duda un escritor magistral. Nació en la provincia de Pontevedra y murió en Santiago de Compostela, es decir, era gallego por los cuatro costados –aunque ceceaba, al hablar--; y, para sorpresa de muchos, un apasionado defensor de la fiesta de los toros.

Como fácilmente se deducirá, traigo a Valle a este rincón taurino, precisamente, como apasionado defensor de la Tauromaquia, a un siglo de que le apasionara también el arte de Juan Belmonte, de quien admiraba sobre todas las cosas el tránzito que recorría el jorobeta cuando se encontraba frente al toro. De lo extravagante a lo sublime. La teoría inversa del esperpento. Dice así el segundo glorioso manco de las letras españolas: Una fiesta de toros es lo más hermoso que se pueda imaginar. La emoción, el arte, la valentía, la luz… Yo, en Belmonte, por ejemplo, admiro el tránsito. Aquél hombre, lejos del toro, es feo, pequeño, ridículo, encogido, sin belleza; al reunirse con el toro se transfigura y nos parece maravilloso, y nos arrebata y nos emociona. Ese es el arte en las corridas de toros. ¿Hay algo más hermoso que ese tránsito, esa transfiguración, esa armonía de contrarios?Fin de la cita, como decía aquél.

Si leyere Gustavo Petro la frase del célebre escritor español que acabo de reproducir, se echaría las manos a la cabeza. Y yo le entiendo. Entiendo que no lo entienda. Él --el citado Petro-- solo ve la fiesta de los toros por la mirilla que muestra a un ser vivo irracional que se enfrenta a otro racional, con resultado de muerte, mientras una masa de gentes asiste divertida a una orgía del sufrimiento. No ve otra cosa. Tal es la creencia pueril y acérrima de los antis, la que defienden con violencia verbal; o física, si fuera menester.

El señor Gustavo Petro es, a la sazón, alcalde electo de la ciudad de Bogotá, y, a la vez, activo practicante de esa doctrina. Vetó la celebración de corridas de toros en el fantástico edificio que se creara para tal fin: la Plaza que fundara el prócer colombiano Ignacio Sanz de Santamaría en el año 31 del pasado siglo, ahora de propiedad municipal y por tanto, sujeto a la gestión pública, de la que es primer mandatario. Le impugnaron la drástica decisión, recurrió ante la Corte Constitucional de Colombia y el fallo le ha puesto banderillas de fuego al acérrimo alcalde. Helo aquí: Restituir de manera inmediata la Santamaría como plaza de toros permanente para la realización de espectáculos taurinos y la preservación de la cultura taurina, sin perjuicio de otras destinaciones culturales y recreativas que alternen su destinación principal. El texto, asimismo, conmina a la Alcaldía a arbitrar las fórmulas legales y administrativas pertinentes que garanticen la tradición cultural de la Nación y, por tanto, la continuidad de la Tauromaquia. Tiene seis meses de plazo.

Todo ello, se ha logrado gracias al esfuerzo de los aficionados colombianos, pero, sobre todo, al sacrificio de un grupo de novilleros que han ofrecido su salud –hicieron una larguísima huelga de hambre—para forzar a la opinión pública y a los dirigentes políticos a tomarse en serio la revocación de del recurso presentado por Petro. Creo que no hemos valorado en su justa medida la labor de este admirable grupo de muchachos que sueñan con emular las hazañas del último gran ídolo taurino del país, César Rincón. Desde aquí, mi enhorabuena para tan admirable colectivo. Ahora, a ver si les ofrecen una justa redención, dándoles la oportunidad de mostrar sus valores taurinos. Los humanos, ya los han acreditado.

Aquí, en España, también hay que dar respuesta a esta gran noticia. La corrida inaugural de la rehabilitación conquistada con tanto esfuerzo merece la oferta inmediata de las grandes figuras españolas para hacer una reapertura a lo grande, junto a lo más florido de la torería de aquél querido país. Que no empiecen con pejigueras. Se va a torear, y punto.

Y otra cosa, importantísima: visto lo visto, a ver si se ponen las pilas nuestros honorables miembros del Tribunal Constitucional y abordan el recurso interpuesto por el Partido Popular respecto a la prohibición de la fiesta de los toros –mejor dicho, de las corridas de toros a la española-- que en su día decretó   el Parlamento catalán.

Petro, ya lo verán, interpretará de forma torticera la inapelable sentencia y no se va a quedar de brazos cruzados ni le interesará la filosofía taurina de Valle-Inclán. De momento, echa berrón por la boca y dice que es la Suprema Corte quien ha hecho una errada interpretación de su jurisprudencia respecto del derecho de los animales. O sea, que duda de la capacidad intelectual de los magistrados cuando ordenan proteger el derecho a la libre expresión artística.¿Habrá algo más natural y evidente? Ya estará urdiendo argucias administrativas o lagunas legales para no dar su brazo a torcer. O sus brazos, ya que no sufre de manquedad física alguna, afortunadamente para él. Nuestro Valle, ya saben, era manco del izquierdo, que, afortunadamente, no era el de escribir.

El fallo del Gran Jurado se dirimió por el apretado resultado de 5-4. Es igual, Gustavo Petro ha perdido y la fiesta de los toros ha ganado un emplazamiento de vital importancia en Hispanoamérica. A ver qué pasa.