Leandro, se va

Era Jueves Santo del año 1999, y hacía bueno. El veterano rejoneador Eladio Vegas me había invitado reiteradas veces a visitar su finquita de Rueda, donde tenía –supongo que aún tendrá—un puñado de ganado bravo de origen Salvador Domecq y quería que viera el buen juego que daban las becerras, la espléndida nómina de caballos de rejoneo, con los que actuaba su hijo Sergio, y, por supuesto, los aditamentos colaterales que suelen –ahora cada vez mas infrecuentes– adornar estas cosas del campo y el toro: el buen yantar y el cantiñeo flamenco, si viene al caso. Así que, aprovechando que el Pisuerga pasa por donde pasa, y que yo no me pierdo la Semana Santa de mi tierra, acepté tan amable oferta, tomé el teléfono y le trasladé la cuestión a Roberto Domínguez: Échate al maletero del coche capote y muleta, por si las moscas… Y allá nos fuimos.

Había dejado Roberto medio exhausta a una brava becerrita, cuando salió a la palestra un chavalín delgadillo, peinado hacia atrás a lo Luguillano, y se puso a torear como los propios ángeles, tan es así que nos dejó a todos –a todos—pasmados e incrédulos. ¿Éste quién es? ¿De dónde ha salido?, le pregunté a Angelito Gallego que estaba gozoso tras la tapia: Es de un pueblo de Valladolid, se llama Leandro Marcos; le estoy ayudando. Va a debutar con picadores en Iscar, para la feria de agosto. Y fui a verlo, naturalmente. Recuerdo que toreaba con Diego Urdiales y Julio Pedro Saavedra. Tres orejas se llevó aquél mozuelo aluguillanado.

Desde entonces he seguido su carrera con especial atención. El propio Leandro bien lo sabe. Y sabe, también, que me alegraba de sus éxitos y sufría con sus reveses. Al final, el largo recorrido –quine años, que ya está bien– ha terminado en el abandono. Hace unos días, Leandro ha dicho que se va. Lo deja. Se retira. Hace bien; pero lo siento.

Hace bien, porque esta Fiesta nuestra tan querida está dejada de la mano de Dios. Dios no se mete en estos asuntos. Si el Papa Francisco fuera de aquí, todavía, pero el Papa Francisco es argentino y es de Messi o del San Lorenzo de Almagro o de todo los que huela a su amada tierra, churrasco incluido. Esta Fiesta nuestra sigue anclada en el atavismo retrógrado desde hace lo menos cuarenta años.

Leandro se va porque no tiene sitio. O no se lo dan, porque es imposible alimentar a tanto torero, por mucha magnificencia que tengan sus cualidades. Es imposible entrar en el vagón del metro de la Tauromaquia actual, porque no solo el vagón, sino el arcén de la estación está colapsado de gente. No caben más. Antes de entrar dejen salir dice la leyenda tradicional del célebre suburbano. Pues aquí, en la cosa del toro, en lo tocante a los toreros, no se va nadie. Antes al contrario, regresan los que han salido, y además, saben que van a torear…

Leandro es uno de los toreros a los que mejor he visto torear, y no retiro ni una coma. Es posible que le haya faltado un pelín suerte en momentos puntuales, pero espero que el propio torero no le eche la culpa a la suerte, exclusivamente. Los otros trasfondos son de su incumbencia; pero hay días claves, momentos cruciales, en los que la suerte hay que dejarla aparte. Hay que triunfar, y punto. Ha toreado en las mejores plazas del mundo. En todas. Y cuando se torea en todas y no se pega un zambombazo definitivo, algo tiene que fallar, y no siempre es la suerte… o la espada.

Me da mucha pena que Leandro –el torero– se vaya de los ruedos, pero me alegro de que –Leandro Marcos, el hombre– no renuncie a sus convicciones, a su concepto del arte y del respeto que merece el artista y sobre todo, a su dignidad como persona. Un torero como él –y hay unos cuantos en su misma situación–, no puede estar a merced de los mangutas, de los comisionistas, de los oportunistas o, simplemente, de los caraduras. Cuando las cosas pintan del color de la lombarda, hace uno así, y se da el piro. Es lo natural.

Tiene Leandro 33 años. Está –me consta—en plena madurez artística, pero si yo fuera él, orientaría mi vida en otra dirección, me buscaría las castañas en otros campos. Antes de que la juventud se marchite, y de que la corrosión interna me reconcoma, al ver cómo rentabilizan el traje de luces otros como menos luces –toreras—, prefiero emprender nuevos caminos.

Me temo que no lo hará. Por eso le deseo mucha suerte. Y le agradezco los momentos de alegría que me proporcionó la luminosidad de su toreo. Posiblemente Leandro se acordará ahora de aquella tarde, con aquél toro, en aquél sitio. Y entonces, puede que se arrepienta de muchas cosas. Es lo que tienen los exámenes de conciencia. Yo, desde luego, en lo que afecta a nuestra relación personal y profesional, no me arrepiento de nada.