Y volver, volver, volver…

Jesulin-1La culpa va a ser de una ocurrencia de Juan Belmonte, cuando en la cúspide de su fama y entre tijeretazos y pasadas de peine, le ordenó de sopetón a su peluquero madrileño:

 

Toribio: córtame eso

 

Y eso era, precisamente, al adminículo de pelo natural que colgaba bajo la nuca de los toreros de aquellos entonces, es decir, la coleta. Ibas por la calle con la trencilla asomando por debajo de la gorra y te señalaban: ahí va un torero.

El torero se acababa cuando se cortaba la coleta. Punto. Era, además, una ceremonia emotiva y trascendental, con tintes familiares, publicitada en los ecos de sociedad de la prensa que pudiéramos llamar generalista. Los toreros descoletados renunciaban para siempre a la actividad en los ruedos. Era palabra de ley. Bueno, con una excepción: Rafael el Gallo. Se retiró pomposamente de los ruedos el año 18 y reapareció el 19, con el consiguiente disgusto de su hermano Joselito, copartícipe en el acontecimiento y tan formal él en sus cosas fuera y dentro del ruedo. Dicen que le recriminó duramente su falta de formalidad.

 

–También se había retirao Maura…-le contestó Rafael.

 

Desde lo de Belmonte, la riada de retiradas y reapariciones han inundado la historia del toreo. Raro es aquél que no ha vuelto a los ruedos, con cualquier pretexto. Especialmente, las grandes figuras del toreo. Algunos, hasta han pasado el guante por distintas plazas de toros, con vueltas al ruedo bañadas de plañiderismo y puñaditos de arena junto al corazón. Total, para volver al poco tiempo y estar en la pomada de forma intermitente…, hasta que el cuerpo o los públicos aguanten.

Digo todo esto sin el menor atisbo de recriminar la decisión de los toreros que vuelven. Están en su perfecto derecho. Ellos sabrán. Solo constato lo que la historia nos enseña en lo referente a la volubilidad de la torería desde hace casi un siglo para acá.

En cualquier caso, en el Antiguo Testamento de la Tauromaquia había solamente un puñadito de toreros que realmente ejercían la primacía. El resto, eran –con todos los respetos— pura comparsa. Así, pues, quienes ingresaban este segundo bloque, cuando decidían retirarse de la actividad taurina no pensaban ni remotamente reaparecer. ¿Para qué?

El escalafón actual de matadores de toros está atiborrado de nombres. Echen una ojeada a los resúmenes que suelen aparecer en las revistas especializadas por estos días y cuenten. Un verdadero ejército. Ahora súmenle los nuevos que han tomado la alternativa y que se ven sin alternativa para entrar en los carteles de las primeras ferias del año… ni en las del medio, ni en las últimas. Generaciones y generaciones de jóvenes matadores que se pierden entre la barahúnda multitudinaria de una competencia desmesurada, incluso desleal. Hasta las figuras de alto copete les disputan la entrada en los carteles del villorrio más apartado. Y ahí sí que desenvaino. Es un pecado de lesa majestad. ¿Cómo se va a producir el relevo? ¿Cuándo van a brotar nuevos valores que encandilen y despierten a la afición de la dormidera que la envuelve?

Ahora anuncian su vuelta a los ruedos Rivera Ordóñez y Jesulín de Ubrique. Otros dos más a disputar un hueco en los carteles, cuando la situación es claramente recesiva en número de festejos. Y alguno más que estará al caer. A menos festejos, más toreros. La ley de Murphy en versión taurina. ¿Cabe mayor despropósito?

A tenor del anuncio referido, viene al pelo una nueva anécdota: Un famoso torero retirado que en su día apoderó a otra figura del momento, recibió de su antiguo poderdante –a la sazón ya también retirado de los ruedos– esta pregunta:

 

–¿Qué le parece a usted que yo vuelva a torear?

 

A lo que el interpelado respondió:

 

–¡Hombre, si te han llamado!…

 

Pues, nada. El tío volvió a enfundarse el traje de luces y se quedó tan pancho. Antes los apoderados cabales se molestaban con estas veleidades. Los de ahora, están encantados con los regresos. Más comisiones a la vista. Aquí, el que no corre, vuela. O vuelve. Y volver, volver, volver…

Es el cuento de nunca acabar. La culpa fue de Juan Belmonte. Ya te digo.