Que el 2015 nos ampare

En España –y supongo que en el resto del mundo–, la caída de la última hoja del calendario o el entierro del año del que pendía, se enmarca con una procesión de efemérides. Hoy mismo, 31 de diciembre, pom, pom, pom, los noticieros audiovisuales, la prensa de raquítico papel que nos va quedando (hay periódicos que pesan diez veces menos que hace diez años) y los medios de comunicación que, como éste, se han instalado en las cada vez más influyentes redes sociales, hacen balance comentado de los principales sucesos y del estado de la cuestión en que nos deja 2014. Aquí, en este rinconcito bloguero, toca, pues, resumir, compendiar, compilar –lo que ustedes quieran—aquello que nos queda en otro rinconcito, el de la memoria, del gayumbo herrado con dicho guarismo que ya barbea las tablas antes de rodar sin puntilla bajo el estribo de la barrea de diciembre: el que representa la fiesta de los toros.

Malhadado año, vive Dios. El plante de toreros de mayor atractivo, difícilmente comprensible, a la empresa de la Maestranza de Sevilla, ha condicionado toda una temporada, en la que descuella la estilizada figura de Miguel Ángel Perera, el torero que arrasó sin contemplaciones y que peor rentabiliza –a saber por qué—su categoría de máxima figura de esta época. Desciende el número de espectadores de forma alarmante y los empresarios piden la botella de oxígeno. Se citan “para hablar”, congregan algo más de un centenar de profesionales para llegar a la conclusión de que “hay que hacer algo”. Sí, desde luego, algo es algo, ¿pero dónde está el compromiso? ¿dónde está especificada la intención de cada cual de apearse de su burro? ¿dónde está el golpe tácito sobre la mesa?

Así acabamos este 2014 que yo anhelaba que fuera el del deshielo, ¿recuerdan? Pues bien, lo dejaron para última hora. Por lo demás, como siempre, se volvió a consolidar la enrocada posición de Ponce en la nómina de persistentes triunfadores y la indiscutible categoría de Juli, Manzanares y Talavante, que han hecho una temporada excelente… pero en los tendidos de las Plazas cada vez gana más espacio el cemento, ¿o es que no lo ven? Morante es el único del pelotón de privilegiados que goza del carisma suficiente para que la gente se haga un porrón de kilómetros para verle torear. Así de claro. Y todo ello, porque hay una bala que se empeña en seguir guardada en la recámara del revólver de la Fiesta, porque si no, ya lo creo que el puchero borbollearía como en los mejores tiempos. Pero, ya se sabe, José Tomás ha adoptado una fórmula personal –y respetable, allá él— que le va de cine y su burro de albarda especial come rancho en prado aparte.

Tampoco los ganaderos están para tirar cohetes. Fernando Domecq vendió su ganadería a Alberto Bailleres, el empresario mexicano que parece decidido a sentar sus reales en nuestro país. A mí me parece muy bien, aunque tuerzan el gesto los que le temen a la dura competencia. Ojalá México y España se unieran taurinamente y reforzaran la paupérrima salud de la Fiesta de acá y de allá. El resto de los criadores de bravo –salvo una docena, mal contada- y en el estricto aspecto ganadero, están sin tabaco (“sinta”, como decía el ingenioso Cañabate) y a expensas de que la Unión Europea respete las subvenciones e implorando a los toreros –¡las figuras, por Dios!- que les maten sus corridas para poder sobrevivir y mantener el abolengo familiar. Algunos, desde luego, este año ya tiraron la toalla.

Mal año, decía, este 2014 para el toreo. Sobre todo por lo que ha nutrido los obituarios. Arturo Beltrán, José María Manzanares, Nano Cuevas… ¡Vaya palos, cielo santo! Escribo estos nombres y me tiemblan los dedos. Así que lo dejo. Que el 2015 nos ampare.