Dos mujeres, dos Españas

Esta penúltima semana de noviembre termina en España con un entierro y un encierro. Dos mujeres son las protagonistas, la duquesa de Alba e Isabel Pantoja. La una,  Grande de España, la otra, grande en su género, aunque, a mi entender, no la más grande, ni mucho menos.

La grandeza, en nuestro país, además de cuantificar la importancia de unos hechos incluye una referencia al rango nobiliario, a decir de los que saben de estas cosas, de máxima dignidad, inmediato al infantado de la monarquía. Cayetana Fitz-James Stuart, decimoctava duquesa de Alba de Tormes fue Grande, así con mayúsculas, por herencia dinástica y grande, con minúsculas,  porque su trayectoria vital, su recorrido por el mundo, jamás pasó desapercibido para sus coetáneos. Contra lo que pudiera aconsejar las rigidez de  normas de conducta preestablecidas para las gentes de su alcurnia, se pegó al pueblo como una lapa… y nadie fue capaz de reconducir sus costumbres, genuinamente simples, impetradas por gracia de las gentes llanas de esa España que la puerilidad de los doctos de vía estrecha, estirados o terriblemente aburridores califican “de pandereta”, influidos, quizá, por el Mañana efímero que Machado (Antonio) pronosticó, con evidente desacierto. Machado (Antonio), fue un magistral poeta – me encanta, me emociona–, pero debió ser un tío aburrido, tela.

A Cayetana le sobraba poderío para encerrarse en sus palacios y organizar fiesteríos de “alta sociedad” o pasear en charré por sus latifundios inmensos y alejarse de clase plebeya, según nos enseña la tradición feudal. Pero, no. Cayetana traspasaba la verja del palacio de Liria y transgredía, un trás otra, las reglas sociales de la nobleza. Se iba de tentadero, se enamoraba un torero, acudía a los palcos o barreras de las plazas de toros y hacía proselitismo de esta Fiesta, convidando a destacadas personalidades de la vida política internacional, se subía a un tablao para bailar por bulerías con el cuadro flamenco sin que se le despintara la sonrisa de la boca o se le cayeran las sortijas de los dedos o; en fin, ya muy ochentona, cruzaba en arabesco sus manos por sevillanas junto a Curro Romero.

Dicen que, por todas estas cosas,  fue feliz e infeliz, al mismo tiempo. ¿Y quién no ha pasado por los estados de bienestar y malestar a que te abocan los avatares de la vida? La evidencia demuestra, empero, que la duquesa de Alba fue una mujer de desbordante vitalidad. La conocí apenas, en un fugaz encuentro en el restaurante  Río de la Plata de Salamanca, a la hora del almuerzo en día de corrida, y en el posfestejo del histórico festival de La Algaba del año 2002. En ambos mantuve con ella una breve conversación, exclusivamente de tema taurino. Recuerdo que en esta segunda ocasión le preocupaba el trato que la prensa le dispensaba a su yerno, Francisco Rivera Ordóñez, pero estuvo exquisita en el trato, simpática y jovial. Confieso que me sorprendió, y me ganó para su causa; me pareció una mujer inteligente, cariñosa, amable… Un encanto, vamos.

Su muerte ha causado gran impacto en la opinión pública, trascendiendo a los lugares del mundo más insospechados. Entiendo que habrá quien sienta un repelús al comprobar el fervor mediático con que se ha tratado la noticia. Los muy ricos –o ricas—suelen generar antipatías, por razones obvias; pero Cayetana, contra lo que pudiera pensarse, estaba mucho más cerca de esos odiadores oficiales que del boato distante y encorsetado. Su última voluntad ha dinamitado cualquier reticencia a este respecto, ordenando a sus directos allegados que no enviaran sus cenizas al faraónico panteón familiar, sino a la vera de Nuestro Padre Jesús de la Salud, que es el Cristo de los Gitanos de Sevilla, en el Santuario que ella misma se encargó de reconstruir, por ejemplar mecenazgo. Una duquesa, con los gitanos y para siempre. El detalle es bien elocuente: se queda con su gente.

La otra mujer protagonista de la actualidad es Isabel Pantoja. Acaba de ingresar en la cárcel de Alcalá de Guadaíra. Condenada por blanqueo de capitales, fundamentalmente, ha terminado entre rejas, en medio de la algarabía popular. Leo que el auto condenatorio habla de normas jurídicas de carácter ejemplar y de paradigma de la ilegalidad criminal de enorme gravedad. Soy lego en la materia y solo conozco a esta mujer de verla en un fugaz encuentro y junto al ataúd de su marino muerto, todo ello en el intervalo de  apenas quince días. Por descontado que me repudian este tipo de delitos y apelo a que la justicia sea implacable; pero me apena verla demacrada y abatida, sometida a un veredicto tumultuario, de turba ofuscada. Da la impresión de que el delito cometido conlleva, en su caso, una carga adicional por ser icono del género musical que cultiva. ¡Que sirva de ejemplo!

En fin, que entre estas dos noticias, hay una diferencia sustancial: una, la de la duquesa de Alba, trasluce una expresión de sentido pesar, de simpatía, incluso de gratitud, para algunas gentes; otra de alboroto y cotilleo, de malsano interés por contemplar cómo sufre quien antes disfrutó. Salvando las distancias, una  reminiscencia de los autos de fe o del garrote vil en la plaza pública. Dos mujeres a primera página, por motivos bien distintos. Dos mujeres, dos Españas.

De vivir en este tiempo, Machado (Antonio) hubiera tirado de pluma.