Despacito, muy despacito

Aquella tarde del uno de mayo era especial. Los unos de mayo en Sevilla, por unas u otras causas, suelen ser especiales. Al menos para quien firma la presente. Un uno de mayo tuve que hacer de tripas corazón para narrar la  corrida en que actuaban Manzanares, Capea y Ortega Cano, con toros de Atanasio Fernández cuando la tarde ya se había derrumbado por el abismo de la catástrofe, de la tragedia,  desde que el toro Cubatisto, primero de lidia, le partió el corazón a Manolo Montoliú cuando salía de clavar un par de banderillas. La corrida continuó sin que nadie diera explicaciones, pero se sabía que Manolo estaba muerto en la enfermería. Imagínense el cuerpo que puede tener un narrador o comentarista cuando conoce extraoficialmente que ha muerto un torero y aún no han emitido el parte médico correspondiente. Jamás olvidaré la hora de amargor que hube de pasar, contrita la conciencia y colgado de un micrófono.

Otro uno de mayo, en Sevilla, hace ocho años, el cartel de la feria de Abril era sugerente, atractivo, ingenioso. Actuaba por delante y en el intermedio el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza, entonces el de más alto cartel en una plaza, que es –no se olvide– Maestranza de Caballería, y como colofón el novillero Cayetano Rivera Ordóñez, joven torero dinástico, a la sazón con fuerza y bagajes suficientes para abrir los ojos y oídos de los aficionados. En medio, José María Dols Abellán, veterano ya, que en los carteles había tomado el apodo de su señor padre (Pepe Manzanares) en el lugar de sus apellidos. Tarde de expectación que, como tantas otras, no respondía a las previsiones. Los toros de Alcurrucén y el torero alicantino –El Turronero, le llamaban algunos sevillanos a Jose Mari–  no se congeniaron. Desde mi localidad, avisté un barullo en el callejón, incluso voces altisonantes entre Luis Manuel Lozano y su padre, Pablo, apoderado del torero y dueño de Alcurrucén. Ambos discutían agriamente con Manzanares, que aún mantenía entre las manos la toalla con que se enjugó el sudor que provoca el esfuerzo de la lidia. De pronto, el torero llama a su hijo Jose Mari y le pide que le quite el añadido. ¡Manzanares se retira!

La impresionante escena de padre e hijo en el tercio del albero maestrante, aquél, con gesto contraído y contrariado, y éste en un mar de lágrimas, produjo un escalofrío en los tendidos de la plaza. Miro a la izquierda, y veo a Litri que cuchichea con Ponce. Padilla culebrea por entre los asientos con molestoso ajetreo, detrás de mí, aparece Morante, con su peculiar atuendo de civil, sombrero incluido, y sus guedejas al viento, el Cid, también se inquieta… ¿Qué está pasando?

Al acabar la corrida salimos de dudas. Un tropel de toreros, figuras en su mayoría, se lanza al ruedo, turnándose por meter la cabeza bajo las nalgas de su ídolo. Lo izan en hombros y lo pasean por el ruedo como en la tierra de María Santísima se pasea a una imagen sacrosanta, inviolable. Llegan a la doble hoja de la barrera por donde se accede a la Puerta del Príncipe y los operarios tienen orden gubernativa de cerrarles el paso. El Reglamento, dicen. ¿El Reglamento? Morante de la Puebla pega un empellón y hace rodar por el suelo a uno de los sumisos empleados. Saltan los goznes. Protestan algunos conspicuos espectadores que ocupan el palco de ganaderos. ¿Protestan? ¡Al diablo los Reglamentos!, parecen decir los toreros. A todo esto, Rivera Ordóñez se ha sumado al homenaje, al igual que el hijo del homenajeado ya repuesto del sofocón.  Y en la anochecida, al careo con el bronce de Carmen la Cigarrera, centellean las lentejuelas de un vestido de torear sobre los hombros de una multitud enfervorizada. Todo improvisado, todo a golpe de corazón, que es cuando las cosas adquieren carácter de acontecimiento. Jamás lo olvidaré.

Hoy, 28 de octubre, a mitad de mañana, me llega la noticia de que Manzanares ha muerto. Sin más. Lo han encontrado exánime en su finca trujillana. Se me han venido a la memoria múltiples  anécdotas y experiencias inolvidables. Aquellas noches de tertulia en Quito, cuando los toreros rodeaban al maestro y el maestro impartía su clase magistral, estimulando a unos, sacándoles los colores a otros, pero siempre dando con la tecla del por qué de las cosas. No hagáis esto, no hagáis lo otro. Pros y contras. Horas y horas. Copas y humo. Nada más. Y aquí, el que suscribe, medio escondido, como un recluta que se ha metido de matute en una conferencia castrense en la sala de oficiales, es requerido por el general con mando en plaza: ¡Eh, vente más para acá, que también eres hijo del cuerpo!

Acabo de hablar con su hija Yeyes, las pocas palabras que la emoción y el shock le han permitido articular. Un infarto. No sabe más. ¿Pero padecía alguna enfermedad cardiaca? No.  Nadie sabe cómo ni por qué. Manzanares se ha ido sin ruido, sin alharacas. Despacito, muy despacito. Como toreaba.