Fútbol y toros

La diferencia entre el fútbol y los toros es que aquél es una pasión intervenida por el resultado y vigilada por una autoridad civil y estos son el resultado de un espectáculo intervenido por el pueblo y vigilado –todavía– por una autoridad policial.

En el fútbol la intervención del resultado es definitiva. Para el hincha, esto es, el forofo de unos colores, poco da que el equipo de sus amores haya hecho un partido birrioso, rácano, incluso marrullero, si el resultado le es favorable. Para los acérrimos partidarios de un club de fútbol –si es algo más que un club, ya ni les cuento–, la verosimilitud de los hechos y la bondad o belleza de las cosas  solo se traduce en una consecuencia: el marcador final. Ante hecho tan inapelable, las aficiones de dos equipos de fútbol ya no entran a formar parte de ese colectivo tradicional y hasta simpático que tenía por nombre eternos rivales, sino que se empecinan en un guerracivilismo cerril, partiéndose en dos banderías irreconciliables. El frentismo sublimado.   Cada cual, con su equipo a muerte… Al menos aquí en España, este es el panorama que nos ha tocado vivir.

En los toros, en cambio, las aficiones se condensan en una sola: La afición. La afición, se entiende que es la voz del pueblo condensada en una plaza de toros. Y la afición suele ser dura, hermética, inflexible, la mayoría de las veces esperpéntica. La afición es una masa amorfa de gentes, una especie de   despotismo poco ilustrado, poco versado en la materia que juzga, pero que tiene por sagrada función jugar a la contra de las evidencias, empleándose con denuedo en la inveterada costumbre de maquillar el resultado. En otras palabras,  poner las peras a cuarto a los principales protagonistas. No importa que la actuación de estos  haya sido admirable, meritísima. La cualificación de la afición se mide en función  del desarrollo del roscado que presenta la tuerca de su exigencia, siempre a la contra del marcador final. Lo contrario que en el fútbol. ¿Esto es bueno o es malo? Ni lo uno ni lo otro. En ambos casos, es inconsecuente. Bien entendido que se habla, insisto, de aficiones futboleras y de la afición taurina. El público, es cosa bien distinta.

Después de haber sido rociado durante dos días y sus correspondientes noches con las circunstancias que se dieron en el clásico partido que enfrentó al Real Madrid y Barcelona y sus inevitables consecuencias, me reafirmo en la desmesura con que se abordan este tipo de competiciones. Durante dos días toda España ha sido el clásico. Horas y horas de información en prensa radio y televisión, programas especiales, tiradas suplementarias de periódicos… Todo, para espulgar cualquier detalle que se hubiera podido escapar a la batería de cámaras que ametrallaron con sus objetivos el césped, las gradas y los banquillos. No pude ver el partido en directo, pero me aprendí de memoria no solo cómo se consiguieron los goles, sino la velocidad en Km/hora de Isco o la frecuencia con la que Messi se libraba del moco. ¡Qué barbaridad!

Tamaño desafuero informativo solo tiene una explicación. El fútbol es, hoy día, la dormidera del pueblo. Hasta los mensajes publicitarios se hacen eco de la situación: Tú lo das todo por el fútbol… dice uno de los más frecuentes.

Hubo un tiempo en España en que los espacios de ocio los ocupaban a partes iguales el fútbol y los toros. Se llenaba el Metropolitano al tiempo que en Las Ventas se ponía el No Hay Billetes en una novillada dominical. Pero no nos engañemos. Siempre el fútbol nos ha tomado la delantera (y la defensa y el centro del campo del interés de las gentes). En la fotografía que ilustra el presente texto tienen la prueba.

Es un documento gráfico de abril de año 1947. Como la senectud del clisé y el garrapateo con tiza puede resultar poco menos que ilegible, aclaro el mensaje: Coruña, 2; Atlético, 3, 1er. Tiempo. Zarra, los tres. Sucedió hace casi setenta años en el ruedo de la plaza de toros de Bilbao, cuando al actual Athletic se le conocía como Atlético, sin más y el Dépor era El Coruña, simplemente; y se supone que los espectadores que llenaban los tendidos de la vieja Plaza estarían más pendientes de lo que ocurría en Riazor que en la precursora de Vista Alegre.

No deja de ser curioso que ya por aquél entonces se preguntara el informador de turno: ¿Será cosa de volver sobre los términos de afición y pasión a que alguna vez hubimos de referirnos en unas modestas reflexiones acerca del ambiente actual de los públicos? Y no deja de ser significativo –añado–  que ya entonces la revista El Ruedo era un suplemento del diario Marca.

Tal vez aquella modesta reflexión fuera premonitoria del arrollamiento de la Fiesta por el fútbol. Me encanta el fútbol, pero ¡qué bien se ha vendido desde los medios de comunicación! Ahora mismo, en cuestión de público interés, el juego del balompié que trajeron los británicos a las minas de Riotinto es una apisonadora. Mueve millones de gentes y millones de euros… No nos podemos comparar con ellos. Nos ganan por goleada.