El estoque de Frascuelo

He tenido en mis manos el estoque de Frascuelo. De Frascuelo el de antes de la guerra de Cuba. Lo he tomado con un respeto reverencial y medio lo he desenvainado. La empuñadura es una obra de orfebrería, con un repujado de cobre y latón preciosista y de gran laboriosidad, que se repite en la embocadura de la vaina. En el pomo, el arquillo, los gavilanes y sus remates, tampoco se escatiman adornos y añadidos, de gran vistosidad. El acero de la hoja está agrisado por el tiempo, pero no ha perdido el temple y la flexibilidad del mejor toledano. Una joya que, en su día, debió costar una fortuna.

Me lo mostraba, ufano, hace unos días uno de los pocos aficionados prácticos que todavía se pone delante de los utreros sin mirarse el carné de identidad. Miguel de la Torre, viejo amigo e impenitente aficionado al toreo, es el afortunado dueño de este tesoro, de este testimonio tangible de la Historia de la Tauromaquia. Salvador Sánchez, apodado Frascuelo por herencia de su hermano Frasco (Francisco) que no pasó de novillero frustrado, fue uno de los hombres más populares de su época; una época romántica, pero también convulsa y  despechada, con los españoles a la greña –¡más o menos, como ahora!– en constante juego del soga-tira por divergencias ideológicas,  con la salida a la escena política de aquellas utópicas ideas federalistas de Pi i Margall, los rifirrafes entre generales agresivos que picaban espuelas y desenvainaban por menos de un pimiento, una Reina destronada, una República fracasada y un nuevo rey a la expectativa. En medio de todo este lío, entre revoluciones y restauraciones, cuando la vieja plaza de la Puerta de Alcalá estaba al filo de la jubilación y la de la carretera de Aragón se estrenaba con grande boato, un granadino de Churriana desenvainaba sobre la contera de la barrera ese acero moldeado por los mejores chisperos de Toledo y tiraba patas arriba a los duros toros de Colmenar, los fieros de Miura, los poderosos de Veragüa o  cualquiera de los que embarcaran para la Corte desde Andalucía.

 

Tener entre las manos una espada de Frascuelo, para el que suscribe, es mucho más que tener la de Ramón María Narváez, por mucho que se le conociera como  el espadón de Loja. Quisiera haber visto yo a este general de bigote y perilla ante las astas de uno de aquellos pavos, sobre cuyo morrillo se volcaba el de Churriana, avecindado en los madriles y sus cercanías.

El estoque legítimo de Frascuelo que me ha sido posible admirar, escudriñar y torpemente manejar,  parece ser que fue un regalo de su íntimo amigo Vicente Andrés en 1885, es decir, dos años antes de la corrida del Gran Pensamiento, llamada así por ser el título de una benemérita Sociedad de aquél tiempo, especie de mecenas por cuenta ajena que recababa la ayuda de este tipo de festejos para destinar su beneficio a “premios a la virtud y al trabajo” (sic). Es de suponer que, en parecidas circunstancias, mucho no habrían repartido los supuestos protectores de “grandes pensadores”, puesto que el festejo, aplazado en dos ocasiones, se celebró un 13 de noviembre,  organizado por los acreedores de dicha Sociedad y con Madrid, supuestamente, tiritando de frío.

Es de suponer, también, que Frascuelo metería en su fundón la lujosa espada que le regalara su amigo del alma, eso sí, con la empuñadura debidamente encintada. Pues bien, les aseguro que tal y como está en estos momentos pesa un quintal. Pero es una maravilla. Volteándola –a duras penas– y auscultándola con veneración, me siento un privilegiado. Tanto como puede serlo el futbolero que se prueba las botas que Di Stéfano calzó aquella noche en que el Real Madrid goleó al Eintarch de Frankfurt y conquistó la quinta Copa de Europa, el violinista que posa sobre su hombro un arcaico stradivarius o el escritor que tiene entre los dedos la pluma acerada que usó Quevedo

No se pueden imaginar lo que se siente acariciando semejante reliquia, ajustando la palma de la mano a la bola de la empuñadura y pasando la yema de los dedos por el filo de la hoja. No sé por qué he creído percibir en ella (en la hoja) un olorcillo a sangre brava colmenareña.

Aquella función benéfica fue maléfica para Salvador Sánchez Povedano. El toro Peluquero, de Antonio Hernández, le hirió en el muslo al intentar cuadrarlo y le partió tres costillas. Al año siguiente, en Barcelona, un colorado de Clemente Zapata metió el pitón en el muslo del torero al entrar a matar y le arruinó la temporada… El declive de Frascuelo era imparable.

Mirando esta espada y cavilando acerca del continuado infortunio que sufrió tan soberbio estoqueador, me pregunto si habría alguna suerte de Carbono 14  que se le aplicara a este objeto único y propulsara la datación de las incógnitas que la historia del toreo nos ofrece y que puede ser capaz de guardar una espada. Una espada bellísima y enigmática que, como pueden comprender,  ignoro si pude provocar un gran pensamiento,  pero sí  una lógica y melancólica curiosidad.