Oreja para Urdiales y Marín

Qué suerte hemos tenido con el tiempo en Madrid durante la feria de Otoño. Ya quisiéramos para los sanisidros de mayo estas tardes veraniegas, ayunas de viento, donde se puede estar cómodamente en el tendido en mangas de camisa. Y qué suerte tienen algunos ganaderos, como Adolfo Martín Escudero, que presentan sus toros en el tipo del linaje del que proceden y pueden colar sin mayores problemas alguna ‘raspa’. Nadie –o casi nadie- lo va a protestar.

Ahora bien, una cosa es el tipo y otra la cara. ¿De dónde saca el bueno de Adolfo tantos cornivueltos o cornipasos, que parece que tienen la testa coronada por la lira de Nerón? En otro tiempo, esos toros hubieran sido rechazados en el reconocimiento por la descarada fealdad de su descarada cuerna; pero ahora se aplauden, incluso. Les colocas a estos toros dos espejos en los pitones, a guisa de retrovisor, y te devuelven la imagen de la penca del rabo. Pero bueno, si es lo que gusta en Madrid… bienvenido sea;  porque además dos de ellos embistieron por derecho, sobre todo el segundo de la corrida, con el que debieron emplear largo tiempo los matarifes para limpiar el arenal que se llevó el bravo ejemplar pegado en el hocico hasta el desolladero. ¡Qué forma de humillar! ¡Y qué forma de perseguir las telas de torear! Largo el recorrido, templado el viaje. Excelente toro.

Fue, con diferencia, el toro de la corrida. Diego Urdiales, que es diestro querido en el Foro, y bien que lo merece, fue su afortunado oponente. Urdiales torea muy bien. Incluso muy requetebién, pero ayer tardó en dar con la tecla en este gran toro de Adolfo, de nombre ‘Sevillanito’. Fuere porque le molestaba la desmesurada anchura de la cornamenta del cárdeno, o porque estaba estudiando su embestida, lo cierto es que le pegó tres tandas en redondo con la derecha sin que toro y torero acabaran de sintonizar. Así que se echó la muleta a la izquierda y pudo comprobar lo que el toro ya había cantado en los viajes anteriores: que era un bomboncete si se le templa con suavidad y se le conduce sin tirones ni sobresaltos. Entonces Diego se creció y dibujó dos tandas con la zocata, de categoría, citando muy enfrontilado con el toro. Y la Plaza crujió. Por un momento habíamos temido que se le fuera el adolfo para el patio de arrastre sin aprovechar sus calidades, pero no. Es más, el arnedano lo cuadró y le colocó un soberano volapié en la misma cruz. Oreja de ley, que suele decirse. De acuerdo. Pero el toro era de dos.

Cuando apareció la raspa que se había reseñado como quinto, Urdiales se fue a por él con la intención de redondear la tarde. Sabía que el público estaba con él y la brisa del triunfo le acariciaba  el cogote. Pero el toro se rompió en la primera embestida y fue devuelto. Salió el primer sobrero, del Puerto de San Lorenzo, con sus 600 kilos de mansedumbre sobre los lomos. Imposible hilvanar dos pases seguidos. Un zambombo. Mala suerte. Cuando lo cazó de un espadazo, el público dedicó al torero una gran ovación. Sale de Madrid bien colocado en la parrilla para el año próximo.

Peor parado sale Uceda Leal, torero que necesita un gran zambombazo en esta Plaza, porque tiene cualidades para ello. Su planta es esbelta, su concepto del toreo, de corte clásico y el rayo de su espada está fuera de toda discusión. Pero por fas o por nefas no acaba de cuajar una faena con general aquiescencia. Su primer toro salió abanto y blandeó, pero espabiló pronto y le ofreció al torero un buen racimo de potables embestidas, sin que José Ignacio consiguiera calentar aquello. El cuarto fue un cinqueño al que Francisco de Borja le dio leña a discreción, pero haciendo muy bien la suerte y picando arriba. A pesar de la sangría, tuvo fuerzas para apretar en banderillas y prender a  Antoñares, llegando al tercio final enterizo, como una rosa… con un tallo plagado de espinas. Uceda lo trasteó a la antigua, sobre las piernas, doblándose bien con él, que era lo propio. Pero, con todo lo que digan, en Madrid –ni en ninguna parte-, esto de la antigua no gusta un pelo. Por eso pitaron a Uceda cuando despenó a la prenda de Adolfo con su habitual eficacia.

El negro que salió como tercero fue el que pareció menos adolfo de todos. Negras también fueron sus ideas. No embestía ni para atrás. Parado, probando, amagando, escarbando, cuando tiraba para adelante se quedaba sobre el lazo de las zapatillas. Otro imposible. Bastante hizo Serafín Marín con mandarle al tiro de mulas de un estoconazo fulminante.

Pero salió el sexto, y desde el principio exhibió una palmaria nobleza, que aprovechó el Sera para trastearlo compuesto y con buena técnica. Fue perdiendo energías el toro y el torero empezó a acortar distancias, tanto, tanto, que el animal no tuvo más remedio que echárselo a los lomos. Encorajinado, el torero se libró del estoque de pega y le pegó tres tandas reunido y templado, dos con la derecha y una con la izquierda. Y como se entregó en la estocada, la oreja perseguida pasó a sus manos. Otro que escala posiciones.

 

Madrid, plaza de Las Ventas. Feria de Otoño, cuarta de abono. Ganadería: Adolfo Martín, corrida con el perfil clásico del encaste Albaserrada; toros largos de cuerpo, finos de hocico, degollados de papada, la mayoría cornipasos. Muy desigual de presentación, con dos cinqueños y un toro, el quinto, abecerrado de aspecto. Blandearon los dos primeros.  Manejable el primero, bravo, de gran fijeza y noble embestida, siempre muy humillada el segundo, mansurrón, probón y de media arrancada el tercero, desrazado y a la defensiva el cuarto y noble el sexto. El quinto fue devuelto y sustituido por uno del Puerto de San Lorenzo, manso de libro, que ofreció nulas posibilidades de lucimiento. Espadas: José Ignacio Uceda Leal (de sangre de toro y oro), pinchazo y estocada, silencio y estocada trasera (pitos), Diego Urdiales (de gris plomo y oro), soberbio volapié y espadazo eficaz (oreja tras aviso y ovación) y Serafín Marín (de celeste y oro), estoconazo (silencio) y estocada sin puntilla (oreja). Cuadrillas: Se lucieron en banderillas Curro Robles y Vicente Osuna, y con la vara de picar Francisco de Borja. Entrada: Casi lleno. Incidencias: El subalterno Antoñares fue aparatosamente volteado por el cuarto toro. Tarde soleada, de veranillo y sin viento.