Florito, ovacionado

Cuando llevábamos cumplidas dos horas largas de corrida, el presidente se acojonó. Aquél toro de Bohóquez que figuraba como segundo sobrero desentonaba por su justeza de trapío con los titulares de Cuvillo, grandes como trenes y bien armados, pero con una falta de raza y de fuerza que encrespó al personal como pocas veces en Madrid. El hombre, el presidente de la corrida, refractario a devolver el tullido  cuvillo que salió en segundo lugar, quiso hacer valer su autoridad y se mantuvo imperturbable ante la protesta, con cara de póquer en el palco, como aquel mañico del cuento que desafiaba al tren que pitaba por una vía única, en medio de la cual caminaba ufano el del cachirulo y las alforjas, mientras decía para su coleto: Chufla, chufla, que como tú no te apáites yo no me apáito. Pero se apaitó, ¡ya lo creo! Lo que no acierto a discernir es el porqué esperó a que todos los tendidos se levantaran en armas contra el poder establecido. Aquello parecía la toma de la Bastilla, o el güaterló, como decía Rafael el Gallo en sus tardes menos felices, y el máximo juez, atribulado y expedito,  sacó el pañuelo verde cuando el animal ya había sido banderilleado.

Se había llegado al punto álgido de una corrida en la que el fracaso ganadero fue palmario. Solo se lidió la mitad de la media docena de toros embarcados en El Grullo… y gracias; porque por protestar, se protestaron casi todos. No por volumen y arboladura, que tenían de sobra, sino por su endeblez y ausencia de casta brava.

Así, pues, el público, aparte de los fucilazos banderilleros, aplaudió a rabiar el consabido número de los pupilos eunucos –supongo– que tiene adiestrados Florito. Un éxito más de la cansina autoridad del cabestraje, una tropa que se sabe el papel a las mil maravillas y arropa en un santiamén a los toros repudiados en el ruedo.

A tenor de lo expuesto, comprenderán ustedes que la corrida fue de las de petardo para arriba; pero fíjense que, a pesar de tanta protesta y tanto sobrero, saltaron dos toros que ofrecieron el triunfo a su matador. Fueron, precisamente, los dos reservas que el destino le tenía reservado a Iván Fandiño. El de Juan Pedro –no se lo van a creer: hubo quien protestó el cartel anunciador de la ganadería, sin esperar a ver el toro y su juego—y el de El Torero. Dos de Domecq, pero uno, el juampedro, además de guapo, bravo y noble, con un punto de sosería, eso sí. Fue un toro castaño bajito de agujas con dos bielgos por pitones, que apretó en varas y metió la cara con nobleza en las telas de torear. Y Fandiño lo toreó con los pies asentados, trazando muletazos estimables, pero nada más, sin acabar de conectar con el graderío. El de El Torero, con casi seis añitos, arreó en el peto y llegó al último tercio encastado, con embestida transmisora. El vasco le dio fiesta por los dos pitones, sin lograr atemperar con su muleta las embestidas codiciosas del animal. Vamos, que toreó deprisica, como diría el mañico del tren. ¿Qué le pasa a Fandiño en Madrid? Da la impresión de que ha tocado techo en esta Plaza.

El techo de Finito ya es otra cuestión. Salvo aquella lejanísima tarde del diluvio, que reventó Las Ventas, no ha conseguido poner de acuerdo a esta arisca parroquia. El primer cuvillo, también con casi seis años, pareció recuperar fuerzas, pero echó la cara arriba, defendiéndose, más por debilidad que por carácter. Lo trasteó sin descomponerse. Dos verónicas de categoría le enjaretó al cuarto, otro toro que empujó en varas (solo en la primera) y pareció que se iba a mover más en la muleta que sus hermanos de hierro, que no de camada; pero, quiá. Juan Serrano lo pasó de muleta con corrección, pero sin convicción. Podríamos decir que estuvo voluntarioso. Y cuando un artista está voluntarioso es que ni está a gusto en el escenario ni tiene humor para encontrar la musa.

Tampoco Daniel Luque sacó nada en limpio de la tarde. Para empezar, el vestido que se enfundó no podía ser más horroroso: un mandarina y oro, liviano de bordado, que hacía daño a la vista. Por cierto, horroroso también ese quite que ha puesto de moda José Tomás: chicuelinas de frente con el compás abierto. Esto no es lo que inventó Chicuelo, sino un giro alado garboso en el embroque, algo imposible con el torero de frente y abierto de piernas. Me parece horroroso, lo haga José Tomás o el lucero del alba. Luque lo realizó en su quite al segundo de la corrida y le salió fatal, naturalmente. Algo mejor le salieron algunos lances suaves, tal cual muletazo al tontorrón cuvillo que hizo tercero, un alma cándida que permitió al torero relajarse y torear a la nada casi de salón. Una faena inútilmente porfiona que no le reportó beneficio alguno. En el cuarto sobrero, de El Risco –¿dónde encuentra la empresa estas ganaderías, prácticamente desconocidas?, toro largo como un tren y saltador de rayas, se fajó bien con el capote y trató de aprovechar la suavona embestida del animal, empujándolo para delante para prolongar la embestida. Labor ardua y poco recompensada, a pesar de la buena estocada que recetó.

Y es que la noche se había echado encima. Repaso mis notas y constato que Florito se había llevado cuatro ovaciones como cuatro soles. Cualquier día lo sacan por la Puerta Grande.   

Madrid, plaza de Las Ventas. Feria de Otoño, 2ª de abono. Ganadería: Núñez del Cuvillo; corrida grandullona, en general falta de raza y desesperadamente floja, por lo que se devolvieron segundo, quinto y sexto, éste último precipitadamente. Sobreros, por orden de lidia: de Juan Pedro Domecq, serio y bello, bravo y noble, Fermín Bohórquez, protestado por mal presentado y ligeramente flojo y sustituido por otro de El Torero, enterizo y encastado y El Risco, que manseó en varas y embistió suavón pero falto de raza. Espadas: Juan serrano “Finito de Córdoba” (de sangre de toro y oro), media caída y cinco descabellos (silencio) y estocada aliviándose (silencio), Iván Fandiño (de nazareno y oro), estocada sin puntilla (división) y estocada rinconera (aviso y silencio) y Daniel Luque (de mandarina y oro), estocada caída (silencio) y buena estocada y descabello (silencio). Cuadrillas: Destacó picando José Bernal y en banderillas “Algabeño”, Miguel Martín y Jesús Arruga. Entrada: Tres cuartos. Incidencias: tarde nublada, de agradable temperatura. “Florito”, el mayoral de la Plaza trabajó a destajo. El baile de toros en el ruedo se convirtió en una limpieza de corrales.