La música en los toros

La música es, probablemente, la más bella de las Bellas Artes. La buena música, se entiende. No hay nada más confortante más emotivo, más sensual ni más impactante que dejarse llevar por la corriente mansa o desbordante –laxitud o excitación– de la buena música. Cuando la coordinación de los movimientos del pentagrama alcanza la perfección y el ritmo y la armonía se ayuntan, los sentidos y la inspiración  de quien percibe un mensaje sonoro de esta naturaleza  van sobre ruedas.

Por eso soy un convencido de que la participación de la música en las corridas de toros constituye uno de sus fundamentales aditamentos. Respeto el criterio de quien entiende que la solemnidad de lo que ocurre en el ruedo es más que suficiente, que nada puede distraer las acciones de la lidia y reniegan de la música; pero yo les digo que según y cómo. La música mala, sobra en cualquier lugar y ante cualquier situación. La mala música es ruido estridente, de la misma manera que la mala orquesta es charanga. En Madrid no toca la música más que en el paseíllo y en los entreactos del festejo, sin que nadie haya acertado a discernir la cuestión (lo de Marcial y Ortega es una paparrucha contrastada). Que se sepa a ciencia cierta, solamente le tocaron la música en la vieja plaza de la carretera de Aragón a Rafael el Gallo, durante la genial faena que realizó al toro Bayeto, de Aleas, en el año 1910, y cincuenta y seis años después (fui testigo) a Antonio Bienvenida, durante el tercio de banderillas en la corrida de su despedida –no definitiva– de los ruedos. ¿Por qué no toca la música en Las Ventas durante la lidia? La única respuesta que conozco es una ambigüedad: “Madrid, es Madrid”.

Ayer, en la plaza de toros que recoge el Palacio Vistalegre, sonó la música. Una música especial, magnífica, solemne, interpretada por la Orquesta Sinfónica de la Comunidad de Madrid. Sonó la buena música en el espacio urbano que antes ocupara la Alegre Chata, el coso carabanchelero que puso escenario a la que, probablemente, será la faena más bella y artística que se haya realizado por estos lugares: la que realizó Rafael de Paula a un toro de Bohórquez el sábado 5 de octubre de 1974. Ignoro si tocó la música en aquella memorable ocasión, porque todas las imágenes filmadas que se guardan del acontecimiento están aderezadas por una música de fondo de precario gusto; pero el hecho histórico inspiró a José Bergamín su celebrado ensayo La música callada del toreo, que es la frase recurrente que justifica algunas opiniones contrarias a la presencia de la música en los toros.

En alguna ocasión he mostrado mi renuencia a la incursión del cante flamenco durante la lidia, por lo que de perturbador e inoportuno resulta la mezcla en la mayoría de los casos. Más que mezcla, mezcolanza. No me gusta. Ayer, en cambio, acudí al Palacio taurino  de Carabanchel expectante y optimista. Una Orquesta Sinfónica podría subrayar magistralmente los mejores pasajes de Finito, Morante y El Juli, y a fe que durante los primeros toros la simbiosis funcionó perfectamente.

Sin embargo, no ocurrió lo mismo en los dos últimos. No por la calidad de la partitura –bellísima–, sino porque los compases no sintonizaban con lo que ocurría en el ruedo. Se aflamencada Morante con el de Zalduendo y sonaban rotundas las notas marciales de una sinfonía de alto voltaje. Se  volcaba El Juli con apasionada entrega en su faena cumbre al último toro de Domingo Hernández y ocurría algo parecido. Probablemente, el Director, Víctor Pablo Pérez, no sea aficionado a los toros, pero estimo que debió consultar antes de alzar la batuta. Hay que saber por qué y para quien se toca. Cada torero tiene su música, callada, impactante o susurrada.

Si es que la idea era tocar el pasodoble, en sus versiones de pasacalles, marchas aderezadas con tinte andaluz o madrileñizadas danzas goyescas tipo tiranas y panaderos, bien está, pero ojo con la elección del momento y del toro y el torero que están en el ruedo. La guarnición del plato artístico de Morante y la soberbia reacción de El Juli deberían haber llevado los sones de Suspiros de España y Ópera Flamenca, por ejemplo; pero, ¿por qué no los de algunas obras maestras de Vivaldi, Mozart o Schubert? En casos como estos, hagan la prueba, por favor.

Por lo demás, la idea de Alejandro Vázquez, hijo de Curro, resultó un éxito. Soy un ferviente partidario de las innovaciones, de la puesta al día del toreo y de la fiesta de los toros en general, siempre que ello no conlleve colisión alguna con sus intocables esencias y valores.

La música, cuando se percibe en toda su pureza, solo puede contribuir a engrandecer cuanto le rodea. Si el toreo, ya por sí mismo, es grandeza, con una buena aportación musical te emociona hasta el tuétano. Díganlo, si no—y que nadie se moleste–, los toreros que han gozado de esa música celestial que a veces suena en la Maestranza de Sevilla o en el brumoso escenario de otro Vista Alegre, el de Bilbao.

Lo dejó sentenciado San Isidroro: Así, sin música, ninguna disciplina puede ser perfecta. Claro que aquél santo varón era de Sevilla…