Han pasado treinta años…

Entró en un despachito de la planta baja del entonces llamado Hotel Meliá Parque de Valladolid, habilitado al efecto para que lo usurpara momentáneamente, hasta que acabara de escribir la crónica de la corrida del día en la máquina eléctrica (un lujo, entonces) del Director del establecimiento.  Entró sin llamar a la puerta y se quedó en el umbral, entornando la hoja y aferrado a la manija. Me pedía disculpas por tener que salir de viaje. Su reciente esposa se encontraba indispuesta y no podía asistir, como habíamos pactado durante la corrida, al programa radiofónico cara al público que comenzaría apenas dentro de media hora. Sería su participación por cuarto año consecutivo. Entonces, él era la máxima figura del toreo y aquí el firmante un novillero de la información taurina, circunscrito a su demarcación territorial. Al poco entró ella. Perfectamente acicalada, impecablemente vestida, con su melena morenaza planchada y recogida por detrás, partida al medio por el tiralíneas de una raya que discurría de la frente al moñete de la nuca. Me aseguró que su malestar era transitorio, pero de una impertinencia difícil de soportar. No la conocía, pero la saludé cariñosamente, acepté su disculpa, abracé a su marido e hice intención de volver al teclado eléctrico de la máquina de escribir.  Ella era Isabel Pantoja y él Francisco Rivera “Paquirri”. Antes de que partieran, pregunté al torero por su final de temporada. Le quedaban dos corridas de toros en España, en Logroño y Pozoblanco, y un festival en Venezuela. El próximo año… Ya te contaré, fue su última frase para conmigo.

Aquella secuencia transcurría sobre las nueve de la noche del día 18 de septiembre de 1984. Ocho días después, ya muy de noche, Josito Ortega, un compañero de redacción, jefe de deportes de Radiocade na Española, me espetó al teléfono: ¿Te has enterado?, ¡a Paquirri lo ha matado un toro en Pozoblanco!

Han pasado treinta años y todavía recuerdo aquellos días en los que la fatal noticia  me produjo honda consternación. Me preguntaba –y aún me pregunto– el porqué el torero más famoso de aquella época empatizaba conmigo, un cronista taurino de ámbito local y narrador radiofónico constreñido a la cobertura hertziana de una emisora de provincias; a tal punto, que un par de años antes, sentado en el asiento del copiloto de mi  utilitario, al preguntarle el motivo de su talante risueño, después de la bronca del público en su segundo toro, me había sorprendido con esta confesión: Estoy feliz, porque he encontrado, por fin, a la mujer de mi vida. Pero no me dio el nombre.

Me horroriza ese tremedal que suele formarse en torno a la vida sentimental, conyugal y afectiva de algunas personas. Cada pareja es un misterio; pero la pareja que forman dos celebridades del espectáculo siempre está expuesta a situaciones externas que buscan el escándalo mediante el rumoreo y hurgamiento de su vida privada, propiciando el enfangamiento de las relaciones, y estos fangos acaban por engullir hasta los sentimientos más nobles.  Dícese que Paquirri e Isabel Pantoja estaban al borde del divorcio en ese malhadado septiembre del 84. Ignoro si el ya te contaré de Paco iba en esa dirección, pero me extraña. Me extraña porque aquella noche del 18 pude constatar en ambos un evidente bienestar amoroso.  Y me extraña, sobre todo, porque tampoco tenía uno tan estrecha amistad con el torero, para hacerme portador de semejante confidencia, pero cualquiera sabe. (En este punto salgo raudo de la materia que tanto me sofoca).

Han pasado treinta años de la tarde aciaga de Pozoblanco y la prensa verdulenta sigue pastando en los hierbajos de alcobas y testamentarías o abrevando en el pilón de la tragedia. El mundo de los toros, en cambio, sigue recordando a Paquirri.

El mundo de los toros es heterogéneo. Siempre lo fue. A Paquirri le tocó ser analizado, juzgado y hasta pretendidamente sojuzgado por la generación de la crítica taurina más despiadada, con algún abanderado elemento que, incluso,  hacía gala de su iniquidad. En ese espejo –en el de los críticos de mayor renombre– nos mirábamos quienes hacíamos las primeras armas en el periodismo taurino… hasta que caímos en la cuenta de que la procacidad o la socarronería no hacían sino ocultar un desconocimiento flagrante del toreo, sus avatares y su historia, de los encastes del toro bravo y sus peculiaridades. Antes, por tanto, nuestra inexperiencia pagó un alto tributo, al seguir la estela de aquellos “maestros”, lo cual derivó en parrafadas y alocuciones de lo más injustas, por no decir estúpidas. Más aún, por aquél entonces, no creo que hubiera pluma primeriza que no fuera blasfema. Ahí están las hemerotecas, para escarnio de los firmantes.

Paquirri fue uno de los toreros peor tratados por la prensa especializada y pieza codiciada de la procacidad. Presa fácil, dada su facilidad lidiadora. Pero fue la gran figura de una década. Un torero esencialmente poderoso, dominador de los tres tercios de la lidia y un magnífico estoqueador. Sin estar ungido por el ángel de algunos toreros andaluces, su trayectoria está cuajada de actuaciones antológicas. Torero de época, sin duda.

Recuerdo cómo sus más significados fustigadores se escondieron como comadrejas cuando conocieron la noticia de que un toro había matado a Paquirri en una plaza de pueblo. En absoluto me sorprendieron entonces, porque la cobardía es hermana gemela de la desfachatez. Recuerdo cómo el mundo de los toros se volcó en el sepelio y le tributó uno de los homenajes póstumos más emotivos de la historia del toreo.

Han pasado treinta años. Tres décadas en las que han ocurrido muchas cosas. A sus hijos, a su viuda, a su primera esposa y, en general,  a  su entorno familiar, la vida les deparó múltiples vicisitudes, incluso luctuosos sucesos. Paquirri no pudo ver a sus dos primeros hijos torear por los ruedos del mundo, ni contemplar de nuevo su apodo en los carteles, por imperativo del primogénito.

Han pasado treinta años y todavía recuerdo con frescura el encuentro con Francisco Rivera Pérez y su morena esposa en el recóndito espacio del despachito de aquél hotel vallisoletano. Han pasado treinta años y aquella mujer que se mostró indispuesta está propuesta para ingresar en prisión. ¡Qué de cosas pueden pasar en treinta años!

Han pasado treinta años y las dramáticas imágenes que rodara Antonio Salmoral de un toro matando a un hombre y de ese hombre enfrentándose a la muerte con ejemplar entereza en el camastro de una tosca enfermería no se han borrado de nuestra memoria.

Han pasado treinta años y no te hemos olvidado, Paco.