¿Rotundo?

El anecdotario taurino, tan rico en situaciones curiosas, está lleno de frases contundentes, ingeniosas y esperpénticas. Bien es verdad que una buena parte de ellas están extrapoladas a la imaginación o la fantasía, lo cual quiere decir que ni ocurrieron ni se dijeron, y, por tanto, no pueden tener patente del  supuesto autor.  El Guerra, Rafael el Gallo y los más “modernos” El Potra y Bojilla suelen ser los protagonistas afectados por chascarrillos y sucedidos que jamás tuvieron lugar; pero quedan bien, porque sintonizan con la personalidad y el talante del personaje, así que, de tanto repetir la supuesta secuencia, se termina aceptando como dogma de fe.

Sin embargo, una de las frases más afamadas de la historia del toreo con visos de certidumbre fue la que se atribuye al espada José Redondo, “El Chiclanero”, rival de Cúchares en el efervescente siglo XIX de nuestro país. Gran torero debió ser este chiclanero que dominaba todas las suertes de la época, ufanándose de ello, con ese prurito de altanería que dominaba una Fiesta aguerrida, bárbara y flamencona, en la que los toreros se metían un guiso de olla entre pecho y espalda, antes de meter su apretadas carnes en el chispeante, y escupían por el colmillo en el patio de caballos. La frase de marras, es: “yo soy reondo, como mi apellío”. Un aserto de feroz autocomplacencia. Una chulería, vamos.

En la crítica taurina los ditirambos y remoquetes también han hecho fortuna. Se llamó  “Papa Rey” a Joselito el Gallo, “Terremoto” a Belmonte, “Monstruo” a Manolete, “Huracán” a El Cordobés, “Niño Sabio” a Camino… En todo tiempo los cronistas se devanaron la imaginación para dar con la tecla del cognomento adecuado.

Aquí, el que suscribe, no es muy dado a rebuscar epítetos laudatorios o definitorios, probablemente, porque es una de mis múltiples carencias; pero mis colegas de contemporaneidad tampoco se aclaran con uno de los toreros más importantes de las últimas décadas: Miguel Ángel Perera. Mira que el tío da motivos para ponerle un añadido gozoso a su nombre y apellido, una sentencia feliz, un puñetazo en la mesa de redacción. Pues nada. Miguel Ángel está llevando a cabo una campaña sencillamente antológica y para calificar los sucesivos aldabonazos que pega un día sí y otro también, se lee o escucha: Perera, “rotundo”. Ahí va, Dios.

O sea, que un torero que ha perfeccionado su toreo de capa hasta límites insospechados, que le saca un partido increíble a toros de la más variada condición, que se los pasa tan cerca que abrillanta los pitones con la seda de las taleguillas, que torea con una quietud pasmosa y con una profundidad, templanza y ligazón inauditas y que mata regularmente entrando en corto  y por derecho, ¿se queda en un torero “rotundo”? ¿Qué es ser “rotundo”? ¿Cómo se está “rotundo” con un toro?

Pobre Miguel Ángel. Un torero sin “percha literaria” puede llegar a ser un caso perdido. Otros con la mitad de las hazañas que ha protagonizado este espigado mozo extremeño –y las que le quedan, todavía—ya estarían instalados por la poética prosa en el Parnaso de la Tauromaquia; y, sin embargo, a Perera no se le acaba de valorar la palmaria supremacía que este año está ejerciendo sobre el resto del escalafón. No pasa de “rotundo”. O sea, “redondo”, como el apellido del Chiclanero.

Creo que no falla el torero. Fallamos los “enjuiciadores”. No acertamos a calibrar con la sintaxis adecuada lo que sucede en el ruedo cuando el que torea es Miguel Ángel Perera. A lo mejor es que no entendemos bien la grandeza de lo inverosímil y su engarce con la estética, del filo de lo imposible con máximo riesgo, cuando se hace con sencillez, sin aparente esfuerzo.

Debe ser eso.