La moral de Pepe

La moral, ya se sabe, es cuestión de conciencia, algo inaprensible que está ligado a la condición humana y apegado al fuero interno de las personas, algo  que fundamentalmente tiene que ver con la bondad de sus hechos. La rectitud en el obrar. Esa es la moral más recurrente, la que con mayor énfasis se invoca cuando el individuo desbarra y se zafa de los parámetros de la ética. Pero hay otro tipo de moral, otra acepción del vocablo, que también juega un papel primordial en el devenir –o en la supervivencia– de hombres y mujeres: la que se refiere al emplazamiento de su estado de ánimo en clave positiva, esto es, la que se aferra a una inquebrantable confianza en uno mismo, la fe acérrima en la victoria. El muy popular chascarrillo del Club Deportivo Alcoyano, equipo de fútbol que perdía por una diferencia de goles escandalosa (ocho, creo) a falta de breves minutos (dos, según el chiste) para finalizar el encuentro y sus jugadores estaban convencidos de que, al menos, el empate estaba a punto de llegar, se puede considerar paradigma de la moral, digamos, “puerilmente animosa”, en nuestro país.

En el toreo, también la cosa de la moral es clave, dicho sea en cualesquiera de sus significados; pero los toreros de moral quebradiza no tienen futuro. Por eso, quienes tiran la toalla al menor contratiempo eran toreros de atrezo, de pinturería experimental, no toreros de una pieza.

En contraposición, hay legión de toreros que se toman tan a pecho lo antedicho que, a pesar de sus palmarias –no para ellos, desde luego— carencias, tiran para adelante contra viento y marea y claman contra injusticias imaginarias o malas-suertes permanentes. Son toreros de barro refractario, de endémica cegazón ante la evidencia. Podrían ser los “alcoyanos” del escalafón, si no fuera porque esta profesión ha de causar siempre, en cualquier circunstancia, un respeto imponente.

En medio, están los toreros de moral más que razonable, argumentada, basada  en  datos y aptitudes bien encomiables, pero que no se comen un rosco. Apenas torean porque el más mínimo revés en una tarde de cierta trascendencia, o simplemente porque el sitio para tantos es angosto,  los ha metido de un empellón en la fría recámara del ostracismo. No hay moral más justificada, más plausible, más digna de aliento que la del torero que ve desde  afuera cómo otros con bastante menos bagaje artístico torean a mogollón sin que sus formas, su estilo y su concepto tengan nada que enseñarle. Miran las estadísticas y comprueban que la vulgaridad está abundantemente solicitada, solidariamente atendida y bien pagada. ¿No es para desesperarse?

En esta tesitura hay una baraja de toreros considerable. Españoles y, sobre todo, mexicanos. Toreros en plena juventud que dan sopas con honda a los que presumen de ir por delante en la clasificación, pero alguno de ellos al rebufo del pelotón que lidera uno de los emporios taurinos del momento.

En este lado de la calzada, pero en la mera cuneta, estaba un torero de Los Palacios llamado Pepe Moral. De novillero, causó sensación, alcanzando un triunfo de clamor cierta tarde en Madrid. También le recuerdo en Pamplona, ese mismo año (creo que el 2007), apesadumbrado en el interior del callejón porque las cosas no le habían rodado bien. Aquél día le vi francamente abatido. De ahí para adelante empezaron a ralear los contratos, hasta casi desaparecer cuando tomó la alternativa en Sevilla, fuera de la feria de Abril, prácticamente a la desesperada. Y se esfumó su nombre de los carteles. ¿Dónde está Pepe Moral?, pregunté en varias ocasiones a algún conspicuo taurino sevillano. El laconismo de la respuesta era tan invariable como sentencioso, muy a la andaluza: “Ahí anda, el hombre…”

Pues ahora resulta que el hombre, el torero, andaba peleándose con su mismidad, pero no había perdido del todo la fe. O, al menos, no había tirado por la borda  la moral que conforma su apellido. Estaba allí, en el reducto de las causas a medio perder, pidiendo, mendigando cualquier corrida en cualquier pueblo… lo que sea y donde sea. Y, en esto, entra en escena otro torero: Manolo Cortés. Le echa el brazo por el hombro y le refuerza la moral ¡Qué buen ojo clínico, el de Manolo! ¡Qué buen veedor…de toreros!

Debería oficializarse y organizarse un gremio taurino que está por explotar: el de veedores de toreros. Por el contrario que los de toros, los veedores de toreros  tienen una tarea mucho más especializada, mucho más gratificante. Algo de apuesta personal. Algo propio. Una pituitaria excepcional. Ven a un chiquillo en un tentadero y en seguida le cabrillean sus ojos de veedor: “Este puede ser”. Luego, las circunstancias, las vicisitudes, el infortunio o ¡la moral!, en fin, cualquier imprevisto  puede dar al traste con las primeras ilusiones. Téngase en cuenta que en las cosas del toreo entra en juego un elemento rodeado de misterios y de rizos en el testuz; pero, a pesar de todo, ¿quién más cualificado que un torero de calidad contrastada para “descubrir” la calidad de un torero?

Imagino que Manolo Cortés y Pepe Moral habrán tenido largas charlas, profundas conversaciones, todas ellas basadas en impedir el resquebrajamiento de la moral. La moral de ambos. La de Manolo, para pedir una nueva oportunidad a la empresa de la Maestranza de Sevilla, un ruego avalado para la categoría y la hoja de servicios del peticionario, por eso la empresa, afortunadamente, se la dio. Pepe Moral cuajó una faena de antología a un toro del conde de la Maza y en seguida, le llamaron para Pamplona, Gijón y Madrid, donde por poco se lo llevan por la Puerta Grande de Las Ventas.

Ojalá siga la buena racha y este torero palaciego se consolide en el lugar que legítimamente le corresponde. Me alegro por él, por su mentor y por la propia Fiesta. Depende de sí mismo, y, también, de la moral (la otra moral) de los empresarios. Pero si así no fuere, que cunda el ejemplo para el puñado de excelentes toreros que están “tapados”, atrapados en un organigrama obsoleto e injusto.  Paciencia y moral, mucha moral. Siempre se dijo que el torero que tiene la moneda –se entiende algo muy valioso– acaba cambiándola y triunfando. Y se suele cumplir el adagio.

La moral de Pepe ha sido fundamental para la recuperación de un torero. Y la de su apoderado, también.