Fernando Domecq, se va

En un principio, los ganaderos de reses bravas de la península Ibérica se identificaban con el amo de las concentraciones de ganado vacuno de irascible comportamiento que se registraban en las estribaciones pirenaicas y del sistema central, las zonas ribereñas de las corrientes fluviales, las vegas marismeñas de la Bética y las praderías de la Lusitania. Muy en un principio, naturalmente. Tan al principio que, al margen de las gentes que explotaban la crianza de este tipo de género bovino, fueron los presbíteros o clérigos de superior rango quienes se vieron dueños de ingentes rebaños de reses de muy variada tipología, función y carácter, procedentes de las primicias (primeros frutos) que la Iglesia obligaba a entregar (entre otros impuestos, tal que los diezmos) a la feligresía de sus dominios, como Santa Madre que ostenta una secular soberanía fiscal. De modo y manera que desde el abate recién tonsurado al miembro de la más alta alcurnia eclesiástica, un apreciable contingente de predicadores del Evangelio fueron, sin proponérselo, ganaderos de bravo (más o menos) en dimensiones de creciente progresión geométrica. Hasta que llegó Mendizábal, con su Ley desamortizadora bajo el brazo, y puso a la venta –entre los cuantiosos bienes inmuebles–  fincas y ganados de la Iglesia al mejor postor.

Bien es verdad que antes de que Mendizábal presentara a la reina Isabel II su ambicioso, pingüe y novedoso Plan, ya existían en España ganaderos de reses bravas de renombre, principalmente, los dueños del condado de Vistahermosa; pero no es menos cierto que los célebres condes espigaron sus ganados en la inmensa haza de terreno que los hermanos Rivas –chalanes de alto copete–  habían destinado para apacentar las fructíferas capturas que periódicamente realizaban en  el caladero de obispados y parroquias. La pregunta, es: ¿por qué razón estos notables miembros de la aristocracia andaluza se empeñaron en ir a la busca y rebusca de la bravura? Obviamente, no por intereses económicos. La cuestión está, pues, en ese prurito de arrogancia, de poderío y de vanidad que impulsa a obtener una nueva  supremacía: la posesión del surtidor de materia prima más importante para las fiestas de toros que, en los primeros decenios del XIX, van tomando un auge espectacular en Andalucía y en la Corte.

Sería lato proseguir ahondando en la formación y consolidación de la cabaña de bravo española, pero es obvio que, a la sazón, la cuestión económica es secundaria. Ostentosamente secundaria. ¡Qué importa el dinero! Importa el triunfo, el honor, la gloria, el saberse admirado por esa otra realidad que les es tan hostil a nobles y terratenientes: la soberanía popular. Los ganaderos que se dedican a la crianza del toro de lidia durante  la centuria decimonónica y buena parte de la siguiente –al menos, un tercio—son gentes ricas en posesiones, pero pobres en afectos, quizá porque lo uno sea consecuencia de lo otro. Marqueses, condes y duques se apresuran a tener su hierro de bravo. Verse anunciado en cualquiera de las Maestranzas o en la Plaza de la villa y corte es un lujo impagable. Especialmente en Andalucía, la “alta” sociedad de ese período, tan específico como vital para la tauromaquia, se reconoce por atesorar cualesquiera de estos  dos valores: un hierro de ganado de lidia o un título nobiliario. O, mejor, los dos a la vez. Para no verse sometido de por vida a la exclusión social de la Sevilla decimonónica, un  acaudalado ganadero de merinas llamado Pablo Romero se ve abocado a  comprar a los hermanos Gallardo una piara de bravo y herrarlo con el perfil de la embocadura del horno de pan que se estila en la soriana sierra de Cameros, de donde proviene. Juan Miura hace una fortuna fabricando sombreros, pero el apellido alcanza una fama  descomunal cuando su hijo Antonio tiene el “capricho” de tener una ganadería de lidia. Las viudas de Murube y Concha y Sierra hubieran vivido en el anonimato si no se meten en el  fregado de sus toros bravos. Por arriba, los Carriquiri y Zalduendo, próceres de la Navarra donde se crían unos toricos rebeldes y agresivos, alcanzan una inusitada popularidad. Y por el centro, un tal Faustino Udaeta lleva toda su ganadería al matadero por el disgusto que le propina la mansedumbre de una corrida suya lidiada en Madrid.

El ganadero de bravo, pues, nació impulsado por dos factores bien reconocidos: una elevada posición social y una considerable propiedad de terreno, cuestiones ambas que, por sí mismas, sufragan y posibilitan el mantenimiento de aficiones y vanidades. He aquí el binomio clave: el estatus y el espacio. Con el tiempo, este binomio se ha ido deteriorando por un proceso en el que entran en juego dos nuevos factores: el concepto y la fragmentación. En el primero, ha desaparecido el aval que facilita la “integración social” y en el segundo se aprecian las consecuencias de unas muy apreciables reducciones de terreno como consecuencia de sucesivas particiones hereditarias. El ganadero sigue manteniendo ese prurito de arrogancia, pero mira que sea buen negocio, o –del mal, el menos– que no le cueste. Paralelamente, el toro ha ido perdiendo clamorosamente  espacios para su albedrío y se cría en régimen de cuasi estabulación. Como ven, las cosas han cambiado, sustancialmente.  La ganadería de lidia hace muchos años que dejó de ser un antojo de terrateniente para convertirse en una industria más o menos pecuaria. Y las industrias se fundan y se trabajan para que, lógicamente, sus productos proporcionen  beneficios, de tal suerte que, con este planteamiento “industrial” o con estos criterios comerciales, entran en el negocio mercantil un vendedor (el ganadero), un comprador (el empresario) y un grupo consumidor formado por los toreros y el público. Qué mal suenan estos términos, ¿verdad? Pues es lo que hay. Los “udaetas” y los ricachones aristócratas de alcurniosa divisa pasaron a la historia.

Lo malo del caso en que la imagen del ganadero ha sufrido un alarmante deterioro, un ninguneo clamoroso y un tratamiento despiadado. No se le tiene en consideración durante las labores previas a la lidia. Muy al contrario, se le mantiene en observación, como elemento sospechoso de haber cometido un delito. ¡Qué diferencia con los ganaderos que decidían el orden de lidia y los toros que salían de la dehesa! De tan doliente trato solo se libran en la actualidad –y no siempre—Victorino y Miura. El resto no pintan nada. El ganadero de bravo de nuestro tiempo es –con perdón–  un don Nadie. Peor aún, un don Nadie presunto corrupto, que es moneda de curso diario en nuestro país. ¡Se lo han ganado a pulso!, dirán algunos. Probablemente. Las tropelías, dejaciones y absentismos de muchos suelen traer nefastas consecuencias para todo un colectivo. El profesor Cesáreo Sanz Egaña sostiene en su admirable ensayo sobre el toro de lidia que la labor de los ganaderos de bravo españoles es la única aportación seria de nuestro país a la zootecnia universal. Estoy de acuerdo, pero quizá los actuales se hayan pasado de frenada, sobre todo cuando las familias de abolengo se han visto en la necesidad de “comercializar” la bravura heredada, a costa de lo que fuere. ¡A la porra el estatus y el espacio!

Fernando Domecq Solís es un buen ganadero.  Y un conversador excelente. De los pocos que entienden de toro y de toreo, y de la necesidad de complementar tan maravillosos argumentos sin dañar los atributos intocables de la especie animal que maneja, el poder, la bravura y la nobleza. Es muy difícil conseguirlo, casi un milagro. Y se va. Lo deja. Tira la toalla. No tanto por necesidad económica –supongo—como por hartura de verse orillado y constreñido por una barahúnda de advenedizos que coartan su libertad y su criterio. En el campo, a la hora de reseñar y embarcar una corrida, manda más el “veedor” que el criador y dueño del ganado. En los prolegómenos del festejo, mandan “la autoridad” y los veterinarios, dictaminando ambos el toro que “vale” y el que no “vale”, mientras el ganadero suda la gota gorda tras el parapeto del burladero de los corrales, si es que le permiten la entrada. Dice Fernando que ni siquiera el ganadero tiene un asiento reservado en el callejón de la plaza, y es verdad. Ahí le ven, refugiado en la localidad que le ceden los maestrantes en Sevilla. Está desolado y abatido. Hasta los mismísimos. Deja el hierro de Zalduendo y un hontanar de sangre brava –“Jarabito”, en el recuerdo– en manos de Alberto Bailleres, el comprador, que también es ganadero y, espero, sabrá manejarlo con buen criterio.

No he querido recabar detalles de la operación comercial, porque no me interesa esta cuestión, pero me duele que un ganadero de larga tradición, hijo de uno de los mejores ganaderos de bravo de la historia del toreo, se vaya por la puerta de atrás, atormentado y dolorido. Me duele también que la noticia haya sido pasto de lenguas ignorantes que se refocilan ante esta diáspora puntual y aprovechan para dar suelta a su estulticia a costa del apellido Domecq.

El padre de Fernando, Juan Pedro Domecq y Díez fue, además de un extraordinario criador de reses bravas, un poeta bucólico, bastante mejor que  Fernando Villalón. Un poeta del toro y del campo, un hombre culto que se enamoró de Matilde Solís y de la tierra de pastos y acebuches que albergó su vida y apacentó sus ganados; esa “tierra de Janda, aguanosa y bravía/donde embisten coléricos los vientos/de mugientes acentos/ y engendra fiero ardor la hierba blanda… “

Habrá quien piense que lo que le importa a esta gente es la pasta. Nada más. Toma el dinero y corre. La ignorancia es atrevida. Y cruel.