La palinodia de Manzanares

José María Dols Samper (Manzanares), matador de toros e integrante del grupo de toreros que dieron hace unos meses un golpe de estado taurino ruidoso y alarmante, alzándose en armas contra la empresa que gestiona la Maestranza de Sevilla, ha cantado la palinodia. Estaba al caer. Era el más maduro de los cinco del G-5. Más aún,  era el único que no tenía argumentos fehacientes (que se sepa) para esgrimir un “maltrato” personal y profesional por parte de los empresarios sevillanos. Su justificación para integrar el pequeño comando de los sublevados era simplona: por solidaridad. Bella palabra, vive Dios.

Desde que el acuerdo se ofreció a la pública curiosidad, no vean ustedes la cantidad de anzuelos que me han tendido en el siempre dispuesto caladero de mi libertad de opinión para que tomase posición en el conflicto. Tanto antes como ahora, respondo: las cuestiones que tienen un trasfondo económico y se disfrazan con cataduras morales de diverso tono, signo o condición, no me interesan. La cosa de los dineros, las perras, los cuartos, la plata, que se las ventilen entre sí los propios afectados. Allá cada cual.

Sin embargo, el sonoro toque de atención que ha protagonizado Manzanares, declarando sin ambages al compañero Pedro Javier Cáceres que “esto hay que arreglarlo”, suena a grito en la oscuridad, a lamento  entre rejas, a explosión oral que revienta porque la situación se hace insostenible. Y a arrepentimiento, a  contrición de corazón que pide la expiación de un pecado.

Veamos: los “hombres G” de toreo estaban (aún estarán, supongo) quejosos por el trato que Ramón Valencia y Eduardo Canorea (la parte contratante del asunto) le daban a sus representantes cuando entraban en negociaciones. Ni antes, ni después: durante. O sea, que la cuestión no está en el dudoso aprecio, sino en el precio. De modo y manera que la reflexión es bien simple: si no hubiera habido discrepancias (serias, en algunos casos) en lo referente al caché que demandan los rebeldes por boca de sus apoderados, ¿se hubieran producido tantas tensiones, tantos roces y tantos desencuentros?

Ahora bien,  sería bueno asimismo llamar la atención acerca de algunas frases desafortunadas, hirientes o, en todo caso, improcedentes pronunciadas en lo que pudiéramos llamar “el fragor de la batalla”, esto es, en el soga-tira de las divergencias entrambas partes; pero no nos engañemos: esto es tan viejo como la fiesta misma. Los encontronazos de empresarios con grandes figuras no son nada nuevo, y siempre por lo mismo: la pasta. Echevarría contra Belmonte, Salgueiro contra Ignacio Sánchez Mejías (cito de memoria), las “casas” Barceló, Balañá, Chopera y demás prebostes de la época, contra los   “guerrilleros” El Cordobés y Palomo… Habría que oír lo que soltaban por esa boca los jerarcas del empresariado taurino de cada época.  Y lo que de ellos, en justa réplica, decían los iracundos “damnificados”. He visto al muy recordado Manolo Chopera levantar su enorme envergadura, batir las enormes aspas de sus brazos y clamar contra Martín Arranz, de quien aseguraba a voz en grito que creía que apoderaba a Joselito… el Gallo, y más cosas. He visto a José Luís Lozano romper los bolígrafos Bic porque aquél representante de la figura del toreo le hacía perder los estribos. ¡Anda que despotricaba poco de aquella figura el bueno de José Luis!… hasta que cerraban (secreto, secreto, secreto) el acuerdo.

Así, pues, nada es novedoso bajo el solysombra de las plazas de toros. La novedad ha sido la reacción en cadena de una parte del copete de la torería actual. Craso error. Cuando se toma una decisión de esta magnitud (un mobbing taurino, podríamos decir) hay que sopesar las inmediatas consecuencias. Saber qué tipo de contrato tiene la empresa Pagés con la Real Maestraza y cuál sería la indemnización que legítimamente podrían solicitar, en el hipotético y más que improbable caso de una rescisión. Saber que el perjuicio principal va a recaer sobre la afición de Sevilla y su feria de Abril y por extensión a la tauromaquia en general. Y no están las cosas ahora para meterse en estos berenjenales. Saber, en definitiva, cómo se puede paliar tanto daño colateral. Y todo, porque a Canorea –dicen– le ha patinado el embrague más de la cuenta.

Confieso que tengo una especial relación con Ramón Valencia. Una amistad que va más allá de nuestras respectivas actividades profesionales. Va por otro lado, por el “no taurino”. No obstante, en el tema de toros también tenemos nuestras discrepancias, pero la abordamos con la mayor naturalidad, contrastamos criterios, mantenemos, o no, nuestras posturas y santas pascuas. También tengo amigos toreros, ganaderos, apoderados, mozos de espadas y aficionados en general. ¿Pasa algo? Con ellos tengo mis trifulcas, no se crean. En este aspecto envidio a mis compañeros de deportes, que se declaran –¡y presumen!—de “ser de” tal equipo o tal jugador y nadie les envía a la hoguera. En cambio, a quienes nos dedicamos al periodismo taurino nos miran con lupa cada movimiento, cada comentario, cada renglón, para acabar sentenciando que “se nos ve el plumero” (¡!). Y todo porque la opinión del emisor no sintoniza con el receptor. ¡Perra vida, oiga!

Volviendo al tema, probablemente los toreros que integran el grupo disidente esgriman la especie de que la protesta obedece exclusivamente a causas que afectan a su dignidad personal y profesional y la de sus compañeros. Algo de razón debe asistirles, desde luego, pero también los elegidos como blanco de su misil tierra-tierra tienen otros argumentos difíciles de rebatir, si echamos mano de la aritmética más elemental. Pero, en cualquier caso, ¿la postura adoptada es la correcta? ¿Creían que esta guerra la iban a ganar con una explosión tan desproporcionada, matando hormigas a cañonazos? ¿Qué van a hacer ahora, mantener la intransigencia? ¿Hasta cuándo? ¿Quién, de verdad, ha sido el muñidor de todo este embrollo?

La palinodia de Manzanares no es más que la apertura de un butrón en el bunker del comando G-5.  Dentro hacía demasiado calor. ¿Quién será el siguiente?