El quinto

Este verano locuelo que tan pronto nos asa de calor como nos llena de granizo, en lo que concierne a una cuestión tan fundamental para la fiesta de los toros como son las novilladas, sigue siendo consecuente en su tozudez: apenas tienen respuesta de público. Ruina en los tendidos igual a ruina del futuro de la Fiesta es la ecuación que se nos ofrece, un año más, sin que a nadie se le ocurra tratar de despejar tan peligrosa incógnita.

El socavón que se está abriendo en el solar de la tauromaquia es aparatoso y grave, como las cogidas. Los novilleros miran por encima de la tapia que acota a los festejos que les incumben y ven un erial. Quitas Pamplona, en el previo de los sanfermines, y las de abono en San Isidro o Sevilla y apenas si se anuncian algunas novilladas sueltas en determinadas ferias. No hay campo para los futuribles. No hay cancha para la cantera.

¿Y saben por qué? Pues porque tampoco hay afición que desarrolle el ejercicio de escudriñar entre la gente nueva. Qué apasionantes eran aquellas novilladas en la vieja pasarela de Vista Alegre, y qué cantidad de aficionados del “foro” peregrinaba hasta Carabanchel. Aquellos vaticinios –raramente certeros—que sentenciaban o glorificaban a los que empiezan a caminar por la ruta del toreo  prácticamente han desaparecido. No hay interés por ver a ese chaval que ha causado sensación, incluso en un tentadero. Dices que has visto a un chico que “viene con la escoba” y no te hacen ni puñetero caso, es más, oyen esto algunas figuras del toreo actuales se parten de risa. ¿Con la escoba? Será cosa de brujas.

No culpemos, pues, a las empresas del presente desaguisado. La palmaria realidad es que, como no empuje el derecho del abono, a las novilladas no acude ni Rita. Vayan ustedes una tarde de domingo este verano a Las Ventas y verán un panorama desolador. Un quinto de plaza. El mismo quinto de siempre. Los del siete y algunos turistas. “La familia y uno más”, como la película de Fernando Palacios de mediados de los sesenta.  Con este panorama se enfrentan quienes vienen a torear a Madrid, novilleros con escaso bagaje en el macuto, víctimas propiciatorias de una disparatada exigencia –tanto en la corpulencia y aparato de los novillos como en el juicio inquisitorial a su labor– o de la incomprensión de un residuo indocto. ¿Resultado? Silencios, silencios, y más silencios. Cortar una oreja es prácticamente un milagro, y así y todo les aseguro que, de cortarla, no les vale a los muchachos prácticamente ¡para nada! Madrid hace ya muchos años que dejó de ser catapulta, trampolín o propulsor a chorro de los toreros.

Un quinto del aforo cubierto en una Plaza de veintidós mil y pico localidades es una catástrofe. La empresa de la Plaza de Las Ventas soporta este despropósito porque le obliga a ello un Pliego de Condiciones demencial, pero su ruina –solo temporal, es verdad—también es la del propio espectáculo y la de los pobres chiquillos que quieren ser toreros.

Me molesta tener que ir a la hemeroteca para recordar el “tirón” popular que antaño tenían los novilleros. Me molesta porque soy refractario a las añoranzas, remembranzas y a la ponderación indiscriminada de “lo de antes”; pero es cierto que hubo un tiempo en el cual los novilleros tenían tanta fama –o más— que muchos matadores de campanillas. En los albores de los cincuenta –del siglo pasado, naturalmente—, por ejemplo, la pareja Aparicio- Litri reventaban de público las Plazas, y la de Jumillano-Pedrés obligó  a la Asociación de la Prensa a que ese fuera el cartel de su tradicional corrida en Madrid. Años más tarde,  Curro Montes, Fuentes, Pallarés… y un largo etcétera llenaban las Ventas hasta la última fila de las andanadas. ¿Cuál fue la causa de tanta expectación? Fueron dos: los protagonistas y la afición. Las cualidades o calidades del producto y un gran contingente de consumidores.

En este tiempo hay calidades y cualidades, ¡no ha de haber!, pero no hay consumidores. No hay afición. La hemos desintegrado entre todos, a saber: la endogamia empresarial, la abundancia desmesurada de profesionales, una labor pedagógica errática o visceral en medios de comunicación (¡qué oportunidad perdida, Dios mío!) y, en fin, los inevitables cambios de la sociedad en que vivimos.

He aquí el silogismo perverso al que nos vemos abocados: si no asiste público a las novilladas, las empresas no las organizan, y si no las organizan se cercena inexorablemente el relevo generacional. La Fiesta se estancará, porque las novedades son imprescindibles para refrescar el escalafón. Sería como dejarla morir por “consanguinidad”.

Hace pocos días, en Burgos, la anunciada novillada matinal contó con la presencia en los tendidos de 120 espectadores. El dato es dudoso, porque hay quien asegura que llegaban a 150, después de hacer una minuciosa labor de contaduría. Quitando el “tifus” –los que entran de balde—y los familiares de los novilleros, los que caben en un autobús. Debe ser desolador torear para (casi) nadie. Un toro y un torero sin (casi) público, a puerta abierta, debe provocar una terrible angustia en quien torea. La vergonzante contrariedad no debe pasar desapercibida. Poco más de un 1% de asientos cubiertos es para llorar.

Como los encargados en la redacción del famoso Plan que está redactando el Ministerio de Cultura no acometan este problema se habrá desperdiciado una ocasión histórica para rejuvenecer e impulsar hacia delante a la fiesta de los toros, proyectándola hacia las nuevas generaciones de toreros y aficionados. El quinto de Plaza en las novilladas no es un mal, sino una situación terminal. El quinto  puede acabar con esto. Démosle la importancia que merece y apliquemos al mundo de los toros el sagrado Mandamiento: el quinto, no matar.