No me lo creo

No me lo creo. A pesar de que la noticia se ha asentado –y ha hecho fortuna– en los modernos vehículos de comunicación, me resisto a tomar por buena la iniciativa de habilitar el hermosísimo edificio de la plaza de toros Monumental de Barcelona para reconvertirlo ¡en una mezquita! No me lo creo.

Los despachos de Agencias y las filtraciones periodísticas hablan de una propuesta del emir de Qatar (antes, Catar) para comprar el suntuoso edificio, paradigma de la arquitectura taurina, y convertirlo en una  “megamezquita”, es decir, en un super- templo dedicado al culto islámico rodeado de diversos espacios  culturales o de ocio. Una especie de gran centro de oración en el que podrían concentrarse hasta 40.000 correligionarios, todo ello en el mismísimo corazón de Barcelona, a tiro de piedra de la Sagrada Familia, de Gaudí.

Dicen las “fuentes”, que el susodicho emir de Qatar (antes, Catar), Tamín bin Hamad al Zani (no sé si está escrito correctamente), le ha hecho la oferta a la familia Balañá, propietaria del inmueble: 2.200 millones de euros. Así, sin anestesia. Miro para arriba, cierro los ojos y hago un cálculo matemático mental para transportar la cosa adonde la mente del español todavía acude para buscar el contravalor con la vieja peseta y me sale una cifra mareante, tan mareante, que echo mano de la calculadora, no sea el demonio que se me hayan olvidado las cuatro reglas que aprendí en la escuela o me haya vuelto turulato. Pulso el diabólico artificio digital  y leo: trescientos sesenta y cinco mil millones de pelas. ¿Cuánta pasta es eso?

Le ponen a Balañá semejante morterada encima de la mesa y le tiemblan las canillas. No seré yo quien se lo reproche.

Es fácil, y gratuito “largar” de Balañá, de las dos generaciones familiares, de los dos Pedros  que tomaron el relevo de aquél Pedro Balañá Espinós –proclamado por la afición paradigma del empresario taurino por antonomasia–, tan ensalzado, tan reconocido y tan añorado por quienes ni siquiera le conocieron. No dudaré del talento, del genio, del trabajo de aquél viejo y astuto empresario que hizo de Barcelona uno de los estandartes taurinos durante varias décadas. Pero tampoco silenciaré que eran otros tiempos; unos tiempos en los que, por ejemplo, la plaza de Valladolid se llenaba todos los años para ver a tres novilleros en la llamada “extraordinaria” del 18 de julio. Y en la de Las Ventas se daban toros jueves y domingos, con los tendidos a rebosar. Y en La Coruña su plaza de toros era un punto de referencia del norte y había un Club Taurino la mar de majo y concurrido como pocos. Y en Cádiz se daban corridas de toros en su bello coso, a pesar de la furia del levante o del poniente. Y en San Sebastián hormigueaban los aficionados subiendo al Chofre por la cuesta que se retrata en la bahía de la Concha.   Y…, para qué seguir. Díganme ahora dónde están algunas de estas plazas de toros, en qué situación se encuentran otras y cómo se podrían defender económicamente aquellas corridas y novilladas. Si el tantas veces reclamado abuelo Balañá levantara la cabeza, le daba un patatús. Y si sus descendientes le muestran la dicha morterada de millones, otro, de propina.

Sería prolijo –y muy discutible—enumerar las concausas que abocaron a la situación de desdicha y penuria que rodea a la perla de su patrimonio.  Ahí está su emblemática Monumental, orfebrería pura de ladrillo a cara vista, enjoyada por el pespunte esmaltado en blanco y azul de la pieza ovoidal que corona sus torreones,  los entrepaños de sus ojivas o la tejería de su cubierta perimetral. Ahí está varada, encallada –encanallada, más bien–, sin oficio ni beneficio. Ahí la tienen,  cerrada a cal y canto por una falsa postulación animalista, antifaz perverso de quienes quieren perder de vista cuanto antes todo aquello que concomite con lo español. ¿Es posible que el celebrado Balañá Espinós hubiera subsistido a la paupérrima y generalizada situación que vive la Fiesta, sobre todo focalizada en su bienamada ciudad condal? ¿Hubiera impedido la debâcle? Déjenme que lo ponga en cuarentena.

A lo que íbamos: la preciosa Monumental puede ser objetivo de quien rige los destinos de un minúsculo país del llamado Oriente Medio, geográficamente identificado por una  especie de grano vertical de la península arábiga que cuando se aprieta le sale petróleo a borbotones y es el prolífico surtidor del gas natural  que nos llega a una buena tajada de esta parte del mundo. La convertiría en una colosal mezquita.  El citado emir de Qatar es lo que Guardiola llamaría “el puto amo” de la moderna oligarquía financiera ¿Será por dinero? Que se lo pregunten al Barça, cuya elástica blaugrana lleva impresa a la altura del pecho el nombre de quien le patrocina y le paga para hacer viable el ensanche de esta burbuja del fútbol que nadie sabe cuándo podrá estallar. Si los sacrosantos colores y el venerado escudo que identifica lo que Núñez definió como “algo más que un Club” se cuadran ante la pasta gansa de Qatar, ¿por qué no va a sucumbir ante la caricia de los billetes la esbelta figura de una de las plazas de toros más bellas del mundo? Pues, miren ustedes, no me lo creo. Hasta ahí podíamos llegar.

De momento, los Balañá desmienten la oferta, pero… ¡lagarto, lagarto!, dejan caer que no quieren hablar más de este tema. Las autoridades locales, con el alcalde a la cabeza, también desmienten la oferta. Todo tiene visos de no ser sino un globo sonda, para ver cómo respira eso tan heterogéneo y tan amorfo que nuestros políticos llaman “la ciudadanía”.

Pues bien, la “ciudadanía”, esto es, los habitantes de Barcelona, Cataluña, España y, si me apuran, del mundo, solo puede respirar  –inhalar, más bien– dos cosas: estupor e indignación.

No crean que la cosa es tan sencilla. Transfigurar una plaza de toros en un enorme recinto dedicado al culto de una religión ajena a la tradicional de  nuestro país supondría  no solo un problema de colisiones entre creencias, sino algo más doméstico y material, pero no menos enredoso: un serio  problema urbanístico.  Habría que consensuar una drástica modificación del Plan General de Ordenación Urbana, proyectar nuevas actuaciones y, sobre todo, argumentar muy sólidamente las cuestiones de tan traumática e invasiva operación ¿Van a permitir los barceloneses que el centro neurálgico de la ciudad sea asiento de una mezquita de gigantescas proporciones, utilizando la plaza de toros? No me lo creo.

No obstante mi incredulidad, si tal desaguisado llegase a tomar cuerpo, estaríamos en la certidumbre de la muerte del sentido común, en la apoteosis del desvarío. Por si acaso, pongámonos en guardia. Tal como se presenta el panorama político, social, económico y de convivencia en esta franja del territorio español, toda previsión entra en el terreno del más puro esoterismo, de un Expediente X. No olvidemos que el lugar de los hechos es Barcelona (Cataluña), y puede haber pelas, muchas, muchísimas, de por medio. Y la pela…