“Zahonero”, el toro de la feria

Definitivamente, hay que convenir que una corrida de Miura es un acontecimiento taurino bien diferente al resto. Una corrida de Miura es un viaje al pasado y, a la vez, una lotería taurina, porque vete tú a saber si cualquier tarde en cualquier Plaza (y Miura no lidia en cualquiera) sale ese toro que, además de mostrar facciones de sus remotos antepasados, va y se pone a embestir con tal rectitud, tan buen galope, tanta fijeza y tan palmaria nobleza que pareciera extraído de las camadas más solicitadas por la torería andante contemporánea.

Tal ocurrió durante la lidia del segundo toro de la tarde, de esta tarde última del abono del sanisidro más dilatado (treinta y un festejos, uno tras otro) de su historia. Salió al ruedo un miureño con cinco años a las costillas y 611 kilos de peso. No crean que era un toro gordo, barrigón, acochinado o atacado de carne. No. Era uno de Miura, esto es, alto y largo, duro de patas, degollado de papada, escaso de morrillo, armado con dos puñales puntiagudos. Cárdeno de pelo, de lo cual se pudiera deducir la influencia de aquellos dos machos de Arias de Saavedra (Vistahermosa) que Antonio Miura echó a las vacas “gallardas” y “cabrereñas” que fundaron la legendaria ganadería, hace ya siglo y medio. Digo esto porque me pareció extraño no ver castaños albardados o colorados ojinegros, también tan peculiares en este hierro.

Pero, en fin, dejémonos de especulaciones. Ahí está “Zahonero”, herrado con el número 28, embistiendo con templanza al capote de Javier Castaño, bajando la cara y desplazándose (“rebosándose”, se dice ahora) sin tirar una  mala cornada. ¡Sorpresa! Lo deja Castaño en suerte y toma hasta tres puyazos, el tercero arrancándose al caballo desde treinta metros. ¡Sorpresa! Galopa en banderillas y acude presto a la muleta del matador, con tranco acompasado, de toro bravo y noble. “A este le corta Castaño las orejas”, pensamos los bienpensados. Pues no. Javier Castaño le ofreció la muleta por el pitón derecho y derecho se fue el toro hacia ella, volviéndose generoso y dócil para facilitar al torero la ligazón de los pases y completar las series. Se la ofreció por el pitón izquierdo, y más de lo mismo: docilidad, viaje humillado y boyantía total; pero Castaño –quizá también sorprendido por aquél derroche de bravura y nobleza—se aturulló y se le fue de las manos el triunfo gordo, como se va el agua de una cesta: sin remisión.  Cuanto más avanzaba la faena, más se le cruzaban los cables al torero, más le enganchaba el toro la muleta, menos ceñimiento conseguía y menos ligaba los muletazos. Total, que el público decidió tomar partido por el de Miura y negárselo al de León. Estaba claro que de triunfo gordo, nada; ni mediano siquiera. Fracaso, más bien. “Zahonero”, como otros toros célebres (“Barrenero”, “Tapabocas”, “Futbolista”, etcétera…), se ganó el fervor del público y dejó cariacontecido a su certero matador, que recibió en el callejón una buena ración de lacerantes pitos mientras la ovación atronadora aclamaba el arrastre del toro, para el que se pidió la vuelta al ruedo, Yo, se la hubiera dado.

A pesar de que la lidia de ese toro marca el punto emocional más intenso de la corrida, los restantes miuras no dejaron indiferente a nadie. El primero, que embistió lento y al trote caballuno tirando gañafones al final de los pases y el sexto que desarrolló sentido y acometió rebrincado y buscón, fueron las dos piezas más desabridas del lote embarcado en Zahariche. Ni Rafaelillo ni Serafín Marín pudieron hacer gran cosa frente a toros de esta calaña, a pesar de su empeño por sacar pases más o menos convencionales por derecha e izquierda, de acá para allá. Los mataron con dignidad, y punto. Rafael tiene, además, el hándicap de su limitación física cuando se enfrenta a estos torazos. Lo hemos dicho en más de una ocasión: por más que se despatarre este torero, por más que estire el brazo, nunca acaba de pasar toro por delante de su figura en la interpretación de las suertes. Es un problema físico que se agrava cuando el torero le deja la muleta en la cara, sin tirar del toro para marcarle el viaje. El toro, entonces, puntea y engancha. Desluce el pase y, al propio tiempo, “aprende a prender”, lo cual en un miura es malévola enseñanza. Se vieron estos detalles con claridad en el cuarto toro, bravo, noble, de gran fijeza y apreciable recorrido. Menos mal que el murciano acertó a colocar una excelente estocada. Serafín, por contra, es espigado y tiene un apreciable sentido del temple. Y valor, mucho valor. Sin embargo, ayer en Madrid estuvo demasiado académico con el tercer toro, otro de los miureños que exhibió un buen caudal de nobleza. ¡Mira que le pegó pases Serafín Marín! Se los pegó con templanza, con seguridad y hasta con el regusto de quien disfruta de una inesperada facilidad en un burel de tan temido hierro. Quizá debió ir a buscar al toro, provocándolo a la salida de cada muletazo para ligar el siguiente. Pero se conformó con esperarlo e insistir en los cites con ligeros cruzamientos, lo cual  acaba por resultar premioso e insustancial. Solo en el epílogo de la larguísima faena logró tres naturales excelentes y un bello remate. Demasiado poco.

Aquí acaba la reseña de los toros de Miura que ayer salieron al ruedo de Las Ventas para poner colofón a la feria de San Isidro. El sobrero de Fidel San Román (quinto bis), cinqueño gordo que no humilló nunca y reponía terreno al finalizar las suertes, no le ofreció a Javier Castaño ninguna posibilidad de resarcirse del varapalo sufrido en su enfrentamiento con “”Zahonero”.

Estoy convencido de que los toreros guardan las tardes de gloria en el joyero que se ubica en un rincón especial de su memoria. Se acuerdan del triunfo, del clamor, del arrebato, del éxtasis que los acompañó en su apoteosis; pero pocos se acuerdan del nombre del toro o los toros que facilitaron tan gratificante momento. En cambio, el de los que propiciaron el fracaso se lo graban a fuego. Para Javier Castaño, desde luego,  el recuerdo de “Zahonero” le va a zumbar en los oídos durante mucho tiempo. Fue, para el que suscribe, el toro de la feria. Y le ganó la partida en todos los envites, en todos los tercios. Las cosas, como son.

Madrid, plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro, 29ª y última de abono. Ganadería: Miura: Corrida de espléndida presentación, toda ella  identificada con los perfiles de tan singular encaste: toro largos, altos, zancudos, de cabeza achatada y trapezoidal, bien armados, excepto el sexto; primero, segundo, quinto y sexto, cinqueños, de pelos cárdenos y negros; difíciles primero y sexto, nobles tercero y cuarto, muy bravo en varas y templado en la muleta el segundo. El quinto fue desvuelto por flojo y sustituido por otro cinqueño de Fidel San Román, deslucido. Espadas: Rafaelillo (de turquesa y oro), dos pinchazos, media y descabello (aviso y silencio) y buena estocada (silencio); Javier Castaño (de marfil y oro, con remates negros), estocada y descabello (pitos) y pinchazos, estocada y dos descabello (silencio) y Serafín Marín (de celeste  y oro), media defectuosa y descabello (silencio) y pinchazo y bajonazo (aviso y silencio). Entrada: Lleno de No Hay Billetes. Cuadrillas: Destacaron en la brega Marco Galán, Vicente Osuna y Joselito Rus, saludaron en banderillas David Adalid y Fernando Sánchez, aunque también Joselito Rus,  José Mora y Pascual Mellinas clavaron dos arriesgados pares. Incidencias: Tarde veranieg