El toro que no se quería morir

El quinto toro de la tarde debió parecerse a los que se lidiaban en la vieja plaza de Madrid a finales del siglo XIX. Salió al ruedo de Las Ventas el llamado “Majito”,  un toro largo de cuerpo, ensortijado su cárdeno pelo en cara, testuz y morrillo, con dos velas por pitones. Un toro duro de pelar que se frenó ante los capotes y empezó a imponer su mando, hasta que Alonso Sánchez le quitó los humos con la puya. Antonio Ferrera, su matador, se esforzaba por indicarle senderos en derechura, pero el “victorino” prefería los atajos. Esperó en banderillas, suerte en la cual el extremeño Ferrera es experto en zafarse de zunas y artimañas, clavando con deportiva solvencia los garapullos en el mejor  lugar posible, dentro de la parte alta de la espina dorsal del animal. Una “prenda”, este “Majito”. El torero, vistas las nulas opciones de lucirse según el código de la tauromaquia de nuestro tiempo, optó por sacar la cartilla de los tiempos del Guerra, es decir, un siglo largo atrás. Macheteo por la cara, lidias sobre las piernas. El poder de la inteligencia y el valor bien administrado frente a la irracional violencia defensiva. En aquel tiempo (el del Guerra y compañía) los doblones de Ferrera que hacían crujir los huesos de aquél pájaro de cuentas hubieran despertado admiración y levantado aplausos y parabienes sin fin. Ahora, no. Ahora se pitan estas cosas, porque el público de toros moderno no entiende de toros, sino de toreo fino, limpio, academicista y estiloso. Con toros como “Majito”, pocas bromas. Así lo entendió Ferrera, que desenvainó el acero, decidido a solventar la papeleta con la mayor premura y el mejor aseo posible. Los pitos del público debieron estimular el ya de por sí bien estimulado espíritu de supervivencia de aquel toro, porque cuando Antonio apuntaba con la espada al morrillo de “Majito”, el animal apuntaba la mirada a la posible salida del matador. Pinchazo va, pinchazo viene, hasta que se hundió la espada en la parte de acá de la cruz. El toro estaba literalmente sentenciado. Sentenciado, pero no muerto.

Pareció rendido aquél avispado y buscón toro de Victorino Martín. Había doblado las manos en la cercanía de las tablas del 4, cuando Manolo Rubio, ese veterano subalterno que es acreditado experto en la habilidad de meter la puntilla, se acercó al moribundo. Apenas le dio tiempo de clavar un dedo el acero de la daga, porque el toro hizo así y levantó al torero por la pierna, volteándolo sin contemplaciones. Dio la impresión de estar gravemente herido. El parte médico constató la gravedad de la herida en la región perineal y el destrozo de su rodilla derecha. Decididamente, aquél toro de ratonil viaje y revueltas tobilleras no se quería rendir sin hacer una barrabasada. Manolo Rubio fue su víctima, y aún así, siguió buscando hacer carne entre el personal de luces que le rodeaba en sus agónicos tambaleos. El toro de Victonino no se quería morir, pero rodó sin puntilla apenas un par de minutos después de que se llevaran al banderillero a la enfermería.

Entonces se produjo un hecho sorprendente. El público dedicó en una ovación cerrada a “Majito” en el arrastre y una sonora bronca a Antonio Ferrera. Un toro manso y alevoso y un torero poderoso y avezado en solucionar problemas de notable envergadura son sancionados a la inversa. Palmas para el marrajo y pitos para el valiente. El mundo (de los toros) al revés.

Y es que los toros, hasta que no son destazados tienen peligro. La historia habla del estúpido percance que sufrió en la plaza de Bayona aquél Reverte marchoso y guapetón, por arrodillarse ante un toro de Ibarra que descansaba en la arena, rendido por una estocada hasta la mano. Rendido, no muerto, insisto. La cornada que se llevó Reverte le quitó del toreo. Antes, como ahora, con los toros, ojo avizor hasta que  su arrastre se consume.

Digamos en seguida que Victorino Martín sacó nota en su primer examen: impecable, la  presentación de ganado. Después habremos de valorar el comportamiento, pero también la actitud y la aptitud de los toreros.

Cierto es que la corrida fue difícil, complicada, de mucho apostar y, quizá, poco que ganar. Quizá por ello Uceda Leal estuvo muy precavido en sus dos toros, el primero porque se acostaba por el pitón izquierdo y el cuarto porque el torero  no confiaba en la derechura de los viajes de aquél cárdeno de bella estampa que se arrancó como un león ¡tres veces! al caballo de picar. Insólito. Uceda tomó la decisión de exponer lo justo, y volvió con sus alamares plateados impolutos para el hotel. Pasaba y pasaba el toro y allí, en la plaza, no pasaba nada. No diré que su lote ofreció el triunfo en bandeja, desde luego, pero tengo para mí que los toros –como los perros—olfatean la adrenalina de los humanos que se muestran excesivamente precavidos en su presencia.

Lo de Alberto Aguilar es otra cosa. Tuvo enfrente al toro más importante de la difícil  y  fluctuante “victorinada”, el tercero. Un toro de apuesta fuerte. Un toro para plantarle cara, tirar la moneda y mandar sobre su furiosa embestida.  Primero, mandar, después, torear mandando. Alberto, aún poco curtido en situaciones tan extremas, tomó también sus precauciones, perdiendo pasos constantemente a la salida de las suertes. En estos casos, perder tantos pasos es perder la partida. Ganó el toro. Aguilar, visiblemente desbordado, fue consolado por buena parte del público con una confortante salva de aplausos. En cambio en el sexto, malo de solemnidad, poco pudo hacer. ¿Se iría de la plaza contento? Si así fuere, craso error.

Quien salió de la plaza entre almohadillas fue Antonio Ferrera. Y eso que, con creces, fue el único torero de la terna que sacó partido a un toro, el segundo de la tarde, orientado y revoltoso, difícil de someter. Antonio, cruzadísimo y provocador, consiguió, incluso, algunos pases en redondo de buen trazo.

Las amohadillas a Ferrera cuando cruzaba el ruedo camino del patio de caballos dicen muy poco del entendimiento taurino de este público de Madrid. ¡Si el Guerra levantara la cabeza!

Madrid, plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro, 27ª de abono. Ganadería: Victorino Martín: corrida impecablemente presentada, con toros musculados, finos de cabos,  discretamente veletos, ensillados, degollados de papada y afilados de hocico. Muy “victorinos”, todos ellos. Primero y cuarto se dejaron torear, el segundo se orientó pronto, el tercero fue bravo, encastado y poderoso, un gran toro, quinto, una “alimaña” y el sexto, también a la defensiva. Espadas: José Ignacio Uceda Leal (de negro y plata), pinchazo y estocada (pitos) y pinchazo y estocada desprendida (pitos); Antonio Ferrera (de tabaco y oro), pinchazo y estocada (aviso y aplausos) y cuatro pinchazos y estocada baja (pitos) y Alberto Aguilar (de turquesa y oro), dos pinchazos y media caída (aplausos) y siete pinchazos, otro hondo y descabello (silencio). Entrada: Casi lleno. Cuadrillas: Destacaron picando Juan Carlos Sánchez y Alonso Sánchez. Incidencias: tarde soleada con viento durante la primera parte de la corrida. Alberto Aguilar fue asistido en la enfermería de una herida en el gemelo izquierdo y un puntazo en la mano derecha de pronóstico leve, y el banderillero Manolo Rubio de una herida en la región perineal de 15 centímetros que contusiona la uretra y el recto y de una luxación en la rodilla derecha, con rotura de ligamentos cruzados. Pronóstico, grave.