Cuestión de conciencias

En el mundo del arte o del espectáculo, hay funciones que adquieren un título  en origen y lo mantienen a través del tiempo, aunque dicha función ya no cumpla el primordial requisito para que fue creada y le dio nombre. En la música, por ejemplo, el concierto. El concierto, que se entiende nacido como referencia a la orquestación instrumental en la que un solo instrumento se erige en concertista principal, ha derivado en tabarras de parque municipal, plazuela de barrio o teatro de feria. Hoy día, cualquier pelanas más o menos agraciado físicamente,  escaso de voz y sobrado de osadía, anuncia a bombo y platillo su actuación “en concierto”. Degradación del término “concierto”.

Con la corrida de toros de la Beneficencia pasa algo parecido. Resulta que la primera plaza de toros importante que tuvo Madrid se levantó en el lugar en que hoy ocupan las calles de Claudio Coello y Conde de Aranda, frente al Retiro, para que sus rentas fueran destinadas a subvencionar, en parte, al Hospital de la villa y corte que acogía a los enfermos de las clases menos favorecidas o los desvalidos. Las corridas eran, pues “de beneficencia” o benéficas, todas ellas. Con el correr del tiempo, la corrida extraordinaria de Beneficencia nadie sabe a beneficio de qué o  de quienes se organiza. Lo que se sabe es que toreros, ganaderos, personal de plaza y demás empleados a tiempo parcial, antes –no hace tanto tiempo algún torero–, actuaban o trabajaban de balde en tan extraordinario evento. Ahora, no. Ahora todos cobran, sobre todo toreros y ganadero, una pasta. Degradación del término “beneficencia”.

Sin embargo, es anunciarse la corrida de la Beneficencia y el público de Madrid viste sus mejores galas, cada cual en la medida de sus posibles. ¡Qué glamour, señores! Es la corrida del año, la que reúne el cartel más atractivo, la que preside desde el palco principal desde hace casi cuarenta años, el Jefe del Estado, o sea, el Rey de España.

Con la precipitación de los acontecimientos habidos en apenas cuarenta y ocho horas, la llegada a la plaza de Las Ventas de don Juan Carlos había levantado una expectación como no se conocía en muchos, muchísimos años. No se recuerda –yo, al menos, no lo recuerdo—una ovación tan fuerte y prolongada como la que el –todavía– Rey de todos los españoles recibió ayer tarde en una plaza de toros a reventar de público. Así, pues, ocurriera lo que ocurriera en el ruedo, el primer triunfador de la tarde fue el monarca que ya cuenta por horas su permanencia en el primordial espacio que ocupa en la Historia de España.

Se palpaba en Las Ventas una urgente necesidad de manifestar su gratitud a quien desde la más alta jerarquía del Estado jamás dejó de apoyar a la fiesta de los toros. Don Juan Carlos fue un rey taurino, muy taurino, más aún que su abuelo. Por eso, la ovación de entrada y salida fue justa, merecida, emocionante. Por eso, me parece un detalle de mal gusto que Fandiño no le brindara la muerte de su primer toro. En casos como este, la cortesía tradicional y el respeto a una institución de máximo rango,  está muy por encima de simpatías o ideologías.

Hechas estas primeras consideraciones, encaminadas a prologar la puesta en escena de tan extraordinario evento, entremos de lleno en el desarrollo de la corrida.

Digamos que los “alcurrucenes” de los hermanos Lozano fueron fiel exponente del fenotipo que caracteriza al linaje del que proceden: “rincones” de Núñez, con pequeñas transfusiones de Torrestrella y Domecq por vía de los hermanos Sampedro. Quienes no conozcan a fondo el encaste de esta ganadería, están en su derecho de protestar los toros finos de cara, livianos de morrillo, estrechos de sienes, largos, silletos y engatillados de cuerna, pero serán unos perfectos legos en la materia. Ése es el prototipo del toro que Manuel Rincón compró a Fernando Parladé y enajenó a la familia Núñez de los Derramaderos.

Protestaron principalmente la presencia del primer toro de la corrida, más por pertenecer al lote de El Juli que por estricta justicia “torista”. Se protestaron algunos más, pues al margen de la “conciencia monárquica” que se intuía en el público, había una indudable “conciencia antijulista” que salpicaba a distintos sectores del graderío. Cuestión de conciencias.

Y es que El Juli sale a torear en Madrid concienciado de que va a tener que superar un calvario en cada toro. Un vía-crucis con tiempo de descanso, podríamos decir. El primer toro, un cinqueño que enseñaba las palas de los cuernos y estaba vareado de carnes, blandeó ligeramente en el primer tercio. ¡Para qué queremos más! La gritería se oía en la que ahora se llama calle 30; pero fue un toro noble, aunque le faltara fondo. A fondo se empleó Fandiño en un quite escalofriante por gaoneras, al que replicó Julián con otro variado y vistoso. La faena, toda ella, fue una lucha con la poquedad de energía del toro y la iracundia de los de arriba. En cualquier caso, la nobleza del “alcurrucén” fue notable, tan notable como el esfuerzo del torero por encadenar muletazos templados y largos, con estrechura máxima. La estocada, impecable. Pañuelos al viento. No hay petición suficiente, pensamos. No lo creyó así el presidente, que sacó su pañuelo. Oreja, pues. Se aferró a ella el torero, pero dio una vuelta al ruedo en medio de una clamorosa división de opiniones.

Lo del cuarto fue otra cuestión. Toro de bella estampa, al que picó superiormente Salvador Núñez, en dos puyazos que el animal aceptó empujando sin un solo derrote y por derecho, el segundo de ellos previa puesta en suerte por el matador con tres verónicas y media sencillamente soberbias. Lástima que el toro remitiera en su empuje a medida que avanzaba la faena de muleta. Empujaba El Juli al toro en su afán porque tirara para adelante, pero no acabó de redondear la tarde. Su segunda tarde en San Isidro. Su segundo via-crucis en la Monumental.

Con Fandiño es otra cosa. A pesar de que le protestaron intermitentemente su ardorosa labor en el segundo toro, otro cinqueño que peleó bravamente en varas y estuvo bien picado, le tienen colocado el listón de la repulsa mucho más bajo. El toro del no-brindis se le arrancó como un obús en el comienzo de faena, pero fue mojando su pólvora conforme el torero le plantaba cara y reducía su genio defensivo arrastrando la muleta por la arena. El quinto, manso y huidizo en varas,  escarbador e incierto, embistió como una locomotora con las calderas al rojo en las dos primeras tandas de muletazos que Iván le administró en los medios ¿Ligero? Tú verás, con la velocidad que traía el muy serio castaño chorreado. Poco a poco, se va imponiendo el torero, hasta lograr dos series muy buenas de naturales, por ceñimiento y templanza. Conste que no fue fácil el toro. Había que imponerse a su arrogancia y Fandiño lo consiguió: el toro acabó agotado y el torero fue el arrogante. Se volcó tanto en la estocada que el pitón derecho del “alcurrucén”  le abrió un jirón en la banda de la taleguilla. Esta vez, la oreja fue incontestable.

Poco que decir de Talavante. Un toro manso en varas, pero dócil en la muleta y otro también manso que se engalló en el tercio final y protestaba cuando tropezaba en las telas fueron la prueba a que hubo de enfrentarse. Dos mansos de distinto cariz, pero de poco sustancia. Alejandro ni se congenió con el primero ni se dio coba con el segundo. Tarde en blanco. Ni gana ni pierde.         

Fue la tarde del glamour de clavellina en tendidos y barreras y de tallo de espinas en la arena. Fue la última tarde de toros de un Rey de España. Aunque solo fuera por este motivo, una tarde histórica.

Madrid, plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro, Corrida de Beneficencia, fuera de abono. Ganadería: Alcurrucén: Corrida en la tipología propia del encaste, es decir, toros estrechos de sienes, largos, ensillados, encornados hacia adelante y arriba. Muy “en Nuñez”. De variado comportamiento en varas, mansearon tercero, quinto y sexto, cumplió el primero (el más flojo) y empujaron de firme cuarto y quinto. Les faltó fondo al primero, segundo, cuarto y quinto y se vinieron arriba tercero y sexto. Espadas: Julián López “El Juli” (de tabaco y oro), gran volapié (oreja con división de opiniones) y media estocada muy trasera (palmas); Iván Fandiño (de barquillo y oro), buena estocada (silencio) y estocada entregándose (aviso y oreja) y Alejandro Talavante (de grana y oro), estocada tendida y atravesada y tres descabellos  (silencio) y media estocada tendida y trasera y cuatro descabellos (silencio). Entrada: Lleno de “No Hay Billetes”. Cuadrillas: Destacaron picando Manuel José Bernal y Salvador Núñez. Juan José Trujillo saludó tras colocar un arriesgado par de banderillas. Incidencias: Tarde calurosa. El rey don Juan Carlos,  que presidía esta corrida extraordinaria desde el palco regio por última vez, fue recibido y despedido con una cerrada y larga ovación.